Mindhunter

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Como está basada en un libro que no parece demasiado gordo ni tiene segunda parte conocida, empecé a ver Mindhunter creyendo que sólo constaba de una temporada. Una cosa de agradecer en estos tiempos de ficciones que se estiran y se estiran sin que uno encuentre el tiempo ni las ganas de terminarlas. Pero me equivoqué. Lo que cuentan en Mindhunter es demasiado complejo, demasiado perturbador, y con diez horas de metraje, Joe Penhall, el padre de la criatura, y David Fincher, el padrino del bautizo, casi no tienen tiempo ni para exponer las primeras liturgias. Así que habrá una segunda temporada, y posiblemente una tercera, porque el bicho del horror, como el xenoformo que nos acojonaba en Alien, crece en cada episodio como una criatura de pesadilla.

    Pero uno, en lugar de bufar de fastidio, y de maldecir la hora en que tomó este barco que abandona aguas territoriales para adentrarse en los mares inabarcables, aplaude con regocijo de espectador satisfecho, de teleadicto cautivado, y no le importa añadir Mindhunter a la lista de series que habrá que guardar en la carpeta otras veces cansina de Continuará...





    Tal vez Holden Ford, el agente del FBI que decidió abrir los melones metafóricos de los asesinos en serie a ver qué había allí dentro, pensaba que su trabajo iba a consistir en sentarse frente a unos cuantos convictos, cotejar datos sobre su infancia traumática o su adolescencia perturbada, y crear una ciencia predictiva sobre cómo se forman -o se deforman más bien- estas mentes criminales. Pero en Mindhunter cada psychokiller es hijo de su madre y de su padre, y mata por motivaciones muy diferentes, y con artesanías muy variopintas. Hay tantos perfiles criminales como criminales esperando su entrevista con el señor Holden. No parece haber un patrón, un hilo conductor, una ecuación válida que despeje la incógnita del horror. A esta nueva ciencia de los asesinos le van a hacer falta muchas entrevistas por hacer, muchas discusiones por abordar. Mucha reflexión profunda sobre si el psicópata homicida nace o se hace. Si se cuece a fuego lento o si se abrasa en un golpe de fogón. Si la culpa es del metabolismo de los genes o del mundo que me hizo así... Para dilucidar todo esto van a hacer falta un montón de episodios que ya tengo presentes en mis oraciones, para que los demiurgos de esta ficción no tarden mucho en pergeñarlos.



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