Los últimos Jedi

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Los últimos Jedi es una gran sandez. All right. Pero es mi sandez. El universo de Star Wars es mi infancia, mi nostalgia, mi felicidad pura de espectador acrítico y embobado. Antes de que llegara el adolescente con ínfulas de opinador, el cultureta con aires de intelectual -antes, incluso, de que llegaran estas gafas a dibujarme un rostro que en verdad no me pertenece, pues soy un espectador más bien cortito y simplote- hubo un niño que se sentaba en las plateas y se teletransportaba a la galaxia muy lejana con los pelicos erizados de la emoción, y la boca abierta del pasmo interestelar. Star Wars sigue siendo mi pequeña patria, mi otro universo, mi recreo escolar. Mi ritual de cada año, o de cada dos años, según como administren el cuentagotas los dueños del tinglado. Condenado por la neurosis y por la pereza, apoltronado en el sofá de prevejestorio achacoso, ya sólo piso los cines para volver a ser un niño feliz, enajenado, viajero del tiempo y del espacio, gilipollas perdido y a mucha honra además.





    Pero terminada la película, el niño se queda allí, en la butaca, hasta la próxima entrega de la saga, o hasta el próximo spin-off , y es el adulto quien se sienta ante este teclado para emitir su opinión. Y lo cierto es -para qué engañarnos- que nunca fue una gran noticia que Disney comprara la sagrada franquicia. Todo se ha simplificado, infantilizado, banalizado... Diluido. Cualquier día de estos un X- Wing aterrizará en la selva donde Baloo y Mowgli sobreviven comiendo plátanos. El rey Louie y su corte de macacos serán los próximos encargados de destrozar los AT-T tambaleantes. Y no es, por supuesto, que el universo de Star Wars fuera antes una trilogía de Ingmar Bergman, ni un empeño personal de Abbas Kiarostami. Siempre hubo bichos, muñecoides, filosofadas bobas, ensuciando la trama que hablaba de la caída y auge de los caballeros Jedi. George Lucas, no lo olvidemos, se construyó el rancho vendiendo los peluches y no las películas.  Pero aquello era... otra cosa. Había un cierto interés en currarse el guión, en estructurar una trama. Dentro de la ilógica del cómic, de la magia de la Fuerza, de la improbabilidad de salir siempre airosos de los tiroteos, los personajes de Star Wars guardaban una coherencia y una personalidad. Con Darth Vader te cagabas de miedo, con Han Solo te partías de risa, y con Luke Skywalker casi volvías a creer en Jesucristo. Era cine para adultos disfrazado de película infantil, o viceversa. Pero ese equilibrio de la Fuerza taquillera ya se terminó. Ahora los chavales son los amos y señores de la galaxia. La estructura del videojuego se ha impuesto finalmente a la estructura de las películas. Se suceden las pantallas donde hay que derribar la nave, matar al malo, salir pitando, pilotar un cascajo, enfrentarse a duelo, armar un motín, destruir un caza, encontrar la isla desierta..., y poco importan las transiciones o las explicaciones. Todo sucede porque sí, porque mola, o porque ya toca, o porque los targets comerciales así lo demandan. Lo más triste de todo es que a los veteranos de las Guerras Clon nos regalan dos guiños y dos nostalgias de las viejas películas y salimos del cine tan contentos, prestos a volver. Somos así de poco exigentes, o de mucho románticos. 



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