El doctor




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Al final de Los caballeros de la mesa cuadrada, unos policías anacrónicos entran en escena para disolver la manifestación de tronados medievales a golpe de porra. La broma ha terminado, y ya es hora de que los personajes -y los espectadores que los seguían en sus tribulaciones- vuelvan a la realidad que les espera ahí fuera.



    Así es, también, un poco, la vida de todos nosotros: una película de los Monty Python mientras la enfermedad grave no irrumpe en el fotograma. Hay risas y llantos, amoríos y celos. Enredos de vodevil. Pequeñas tragedias que al final tienen una solución, o que se incorporan a la rutina como una molestia llevadera. La vida, mientras el cuerpo aguanta, y la mente responde, puede ser muy divertida si uno da con las compañías adecuadas, o con la bolsa del dinero en La Isla del Tesoro. Una vida, por ejemplo, como la que lleva Jack MacKee en la película El doctor. MacKee es un cirujano de prestigio, jovial y adinerado, que de momento sólo conoce la existencia del otro lado del biombo, del perímetro laboral de la mesa de operaciones. Del lado correcto del escritorio donde los diagnósticos de enfermedad grave siempre le caen al otro en la cabeza.

    El doctor no es un mal tipo en el fondo, pero trata a sus pacientes con una frialdad profesional que a veces roza el desacato. No es Gregory House, desde luego, pero tampoco parece que la asignatura de deontología fuera su fuerte en la carrera. Guardar una distancia emocional con los pacientes que sufren es una práctica saludable, necesaria, pero sólo un paso, un gesto, un broma de mal gusto, separa la prudencia del cachondeo. Jack MacKee no es consciente de ello hasta que una mala tarde de las que anunciaba Chiquito de la Calzada, siente un carraspeo en la garganta, acude a su médico de confianza y recibe, esta vez en su cabeza, sentado en el lado incorrecto del escritorio, la pedrada de un diagnóstico de cáncer. La broma ha terminado. La masa tumoral en sus cuerdas vocales ha entrado en escena para disolver la película de los Monty Python que se titulaba La vida de Jack, una comedia loca en la que había coches de alta gama, una casa de ensueño, una esposa amantísima y un prestigio profesional que nunca había sufrido una duda o una cornada.

    El doctor MacKee es desalojado del set por la policía y transportado a otro lugar donde se rueda una película mucho menos divertida: una de radioterapias y operaciones de alto riesgo que de no ser por el cuidado del guión, y por la presencia de William Hurt, sería un culebrón insufrible de la sobremesa generalista, pero que salva con nota su dignidad. 



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