A Ghost Story

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Si hacemos caso de lo que nos cuentan en las películas, los fantasmas parecen más apegados a sus hogares que a sus parejas. Les tira más lo inmobiliario que lo romántico. Lo hipotecario que lo amatorio. No sé qué hacen los espectros verdaderos del folklore o de Iker Jiménez, pero en el mundo del cine, si el amante que permanece vivo se muda a otra vivienda, el fantasma prefiere hacer nesting en lugar de acompañarle en la mudanza como un ángel guardián, o como un amante que no ceja en su empeño. Es una querencia curiosa e inexplicada. Jerry Seinfeld diría que con lo que cuesta encontrar un apartamento en Manhattan, ni siquiera los muertos están dispuestos a dejarlos así como así. Y quizá tenga razón: las casas encantadas, por lo general, son casas cojonudas, de alto valor inmobiliario, caserones decimonónicos o palacetes de aristócratas, nunca un cuarto piso sin ascensor en Vallecas, o la covacha del tío Anselmo en los Ancares. En los barrios pobres no existen los fantasmas, y quizá por eso yo nunca he visto ninguno.



    En un episodio de Seinfeld, Jerry y sus amigos se pateaban los funerales de la zona para preguntar, fingiendo ser familiares o allegados, si el muerto dejaba tras de sí un apartamento apetecible, antes de que lo anunciaran en los periódicos y alguien más rápido se lo birlara. Lo que no sabían Jerry y sus secuaces es que el muerto, por muy muerto que estuviera, no iba a irse realmente del apartamento, y que en caso de conseguirlo iban a tener que convivir con una sábana blanca que les acecharía por las esquinas y por las habitaciones. Y quien dice un apartamento en Manhattan dice una casa como ésta que habitan Rooney Mara y Casey Affleck en A Ghost Story, que es una monada de vivienda, de planta única, en las afueras de la ciudad, ideal para una pareja de jóvenes fornicadores que buscan el retiro espiritual para componer sus músicas y sus artes. Cuando empieza la película, uno piensa que el espectro ya está allí en forma de Rooney Mara, porque Rooney es un ángel caído del cielo, una mujer demasiado hermosa para ser verdad, pero en realidad ambos amantes están vivos, aunque un poco lánguidos y tortuosos. Será él, finalmente, quien muera en un accidente de tráfico y decida, una vez revestido con la sábana mortuoria, en aberrante pero tradicional decisión, dejar que su pareja se vaya lejos de allí mientras él se instala en el salón a contemplar el paso de la no-vida: los nuevos inquilinos, la ruina del tiempo, el vacío de los eones... 


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