I am not your negro

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En el documental I'm not your negro, James Baldwin, en una conferencia impartida en los años sesenta, soñaba con que algún día, a la sociedad norteamericana, ya no la iba a conocer ni la madre que la parió, ni siquiera los padres fundadores que eyacularon en su vientre, y que en cuarenta o cincuenta años Estados Unidos tendría un presidente de raza negra que sería como el Mesías que vendría a clausurar el pasado de violencia racial, y todos los acontecimientos que empezaron con Rosa Parks negándose a ceder su asiento en el autobús, y siguieron con el asesinato de los líderes que pusieron en jaque al sistema de segregación, serían el último coletazo de las convulsiones y vómitos, diarreas y malas digestiones, que fueron conformando ese país de historia tan corta como violenta.



    Los que ya vivimos en la era post-Obama sonreímos cuando escuchamos los sueños despiertos de James Baldwin. El protagonista de este documental, el novelista que vivía exiliado en París y regresó a Estados Unidos para arrimar el hombro en la lucha por los derechos civiles, acertó de pleno con su profecía. Lo del presidente negro en la Casa Blanca era un asunto que todavía producía incredulidad en 1998, treinta años después de sus palabras, cuando vimos a Morgan Freeman gestionar desde el Despacho Oval la llegada del meteorito que iba a extinguirnos a todos, negros y blancos, chinos y polinesios, racistas y biempensantes. Y sin embargo, sólo diez años después, Barack Obama cumplió el sueño profético de James Baldwin dentro del calendario previsto, y fueron muchos los que se pellizcaron, los que se arrancaron pelillos de la nariz, los que se dieron de tortas para saber que seguían despiertos y no flipaban en colores.

    Sin embargo, la sociedad norteamericana que James Baldwin había conocido, y padecido, seguía más o menos como estaba. Con más corrección política, eso sí, más concienciación entre la juventud, quizá, con discriminación positiva y actores negros en la gala de los Oscar, pero por debajo de todo esto, en el subterráneo, en la fontanería de la civilización, la misma desconfianza y el mismo racismo. Lo de Barack Obama sólo fue una victoria simbólica. Con él no se abrió ningún Nuevo Testamento.


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