Dunkerque

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    A la guerra van tres tipos de personas: los héroes, los profesionales y los mandados.

    Los héroes, a los que en Dunkerque representa el personaje de Mark Rylance, el valeroso que se lanza al mar con su barco de recreo para cruzar el Canal y rescatar un puñado de soldados, son hombres muy evolucionados que han trascendido la biología, la dictadura del gen y el mandato de la supervivencia, y son capaces de jugarse el pellejo para defender unas banderas, unos ideales y unas fronteras sagradas, que no son más que, por este orden, unos trapos de colores, unos discursos de la clase dominante, y unas líneas imaginarias dibujadas en el mapa. Los simbolismos... El problema de los héroes, desde que los griegos empezaran a reírles sus hazañas, es que arrastran a los demás en su tontuna bélica, en sus sueños de transcendencia, y provocan grandes penalidades en los inocentes que les siguen como Sancho Panza montado en su burro. Que se lo digan al pobre chico que acompaña a Mark Rylance en su quijotesca aventura de los mares...



    Luego están los profesionales, claro, los que se ganan la vida en el negocio militar a veces por vocación y a veces porque no quedaba otra para comer. Peritos de la guerra como el piloto que encarna Tom Hardy en Dunkerque, un tipo que realmente preferiría no estar allí, suspendido en el aire con su Spitfire, pre-muerto en su ataúd de metal, jugándose la vida al cincuenta por ciento en cada lance con el enemigo, pero que encara su tarea con el aire funcionarial de quien se levanta una mañana, le ordenan que haga una jornada matinal de varias horas sentado en la carlinga, y va despachando a los Messerschmitts y a los Stukas como quien va poniendo sellos en los formularios o archivando documentos en las carpetas.



    Y finalmente, para que la guerra sea realmente multitudinaria y pase a los libros de historia, la carne de cañón: el recluta, el mandado, el chico que vivía tan feliz en su granja o en su suburbio, tonteando con las chavalas y haciendo cafradas con sus amigotes, y que un día, sin tener ni puta idea de por dónde van los tiros de la alta política o de los intereses industriales, se ve reclamado por el gobierno, vestido de recluta, estrujado en un transporte, confinado en un barracón, enfrentando al amanecer con una ametralladora enemiga que escupe muerte o gangrena en cada siseo. Una puta locura que transcurre en apenas unos días. De estos chicos en Dunkerque los hay a miles, a cientos de miles en realidad, que son todos los soldados británicos y franceses que se quedaron varados en aquella playa, a la espalda los alemanes, delante el mar bravío. Vienen los barcos a rescatarlos, sí, pero también los submarinos a torpedearlos, y los aviones a bombardearlos, y todo es un sálvese quien pueda muy poco heroico, muy poco profesional, en el que sólo sobreviven los más listos o los más afortunados. Hagan juego, señores.


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