Turistas en mi playa XX

Primero desertaron los aficionados al cine clásico, que yo casi nunca abordo en estos escritos. Luego los cinéfilos de la cosa moderna, porque yo casi nunca sigo los estrenos, y porque además, perdido en los cerros de Úbeda, al final nunca digo si la película me pareció buena o me pareció mala, y la gente lo que busca en estos lugares es una opinión, una guía, y no esta literatura barata de mis entretelas. En este blog arriesgado, personalísimo, infumable como pocos, las películas sólo son la mecha que encienden mi reflexión, mi neura, mi desahogo cotidiano.

    Luego, poco a poco, casi de uno en uno, para disimular su número y su vergüenza -aunque yo les entiendo de sobra-, se fueron yendo las amistades, que al principio me leían por curiosidad, luego por obligación, y ya finalmente de Pascuas a Ramos, en los tiempos muertos de la consulta del dentista, o de la espera eterna en el aeropuerto, cuando el aburrimiento es tan denso, tan voraz, que a uno le vale cualquier cosa para entretenerse, y lo mismo es capaz de ojear una revista del Colegio de Odontólogos que echarle un vistazo al blog de aquel amigo que escribía.



    Así las cosas, con el paso de los años, me he quedado son un único lector más o menos habitual, cuatro compadres de Iberoamérica, una madre que piensa que soy el nuevo Carlos Boyero, tres chalados que buscan rarezas cinematográficas por internet y una exnovia guadianesca que busca argumentos para recordar que soy un gilipollas. Ni siquiera los pornógrafos, que antes eran legión, o al menos cohorte, sustentan ya mis pobres estadísticas. Una vez, en los albores del blog, llamé al protagonista masculino de El estudiante "pichaloca", y el registro de visitas empezó a subir como la espuma. ¡Es el reconocimiento tardío!, pensé entusiasmado. El punto de inflexión. Me ha quedado una entrada tan niquelada, tan acertada, tan de puta madre, que a partir de hoy me lloverán las visitas y los comentarios, las felicitaciones y quizá hasta los ligues con interesantes señoritas. Viví feliz durante unos días hasta que descubrí que existía una página pornográfica llamada pichaloca.com que al parecer tenía mucho predicamento entre el colectivo gay, y que eran ellos, y no los cinéfilos, ni los lectores exquisitos, ni las mujeres arrobadas, los que llamaban a mi puerta confundidos y excitados. Yo les escribí varias misivas para sacarles de su error, tan mal escritor como buen ciudadano, y desde entonces sólo algún despistado recalcitrante pincha alguna vez en aquella entrada ya mítica. En todo este verano, uno solo. El soldado japonés que allá en la isla del Pacífico todavía no se ha enterado de que Hirohito ya se rindió. Arigato, querido amigo, pero las pichas locas están en otro lugar.


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La reconquista

En La reconquista, Manuela y Olmo son dos treintañeros que se reencuentran en la noche de Madrid tras quince años sin verse. De adolescentes fueron novios, o novietes, y caminaban de la mano por los parques del barrio, alelados y felices. Cuando no podían estar juntos, en la soledad de sus habitaciones, se juraban amor eterno en cartas de papel cuadriculado que escribían con el boli de cuatro colores. Pero la eternidad, ay, duró lo que Manuela decidió que durara, ansiosa por conocer otros chicos, otras vidas, otros mundos que no constriñeran su curiosidad. Ella vive ahora en Buenos Aires, en el exilio laboral, y aprovechando unos días de asueto ha regresado a Madrid para ajustar cuentas sexuales con su pasado. Pero Olmo es un chico algo parado, con cara de panoli, que acude a la cita más curioso que excitado, y terminará convirtiendo lo que iba a ser un lance erótico en un repaso melancólico del amor que compartieron.




    Mis ojos resbalan por La reconquista sin comprenderla del todo. El guión es críptico, la realización austera, los personajes hieráticos y sosainas. Se supone que un volcán interior está a punto de reventarlos mientras guardan las formas y se ponen filosóficos y medio tontos, pero yo no soy capaz de sentir su ímpetu, su calor. El mismo título tiene algo de equívoco, porque aquí nadie trata de reconquistar a nadie: sólo echar un polvo, como mucho, si la noche se vuelve loca, y recordar luego, recostados en la cama, los momentos que marcaron su amor primerizo y despistado. Manuela vive al otro lado del charco, y Olmo vive comprometido con su pareja, y la supuesta reconquista, como mucho, se va a quedar en una batalla fugaz en la cueva de Covadonga. Me falta perspicacia e interés para seguir sus devaneos. Y sobre todo, me falta esa experiencia del amor adolescente que nunca tuve. Entre los curas, las gafas y la timidez, se me pasó el arroz de aquella paella tan sustanciosa. Quiero ponerme en la piel de Olmo y Manuela pero no puedo. Les entiendo, pero no les siento. Aquí dentro tengo un boquete, un déficit, un buen mordisco perdido en el calendario. La reconquista es una película que no termino de entender, pero que me ha puesto muy triste, al borde del llanto. Son malos tiempos para la lírica.


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1984

En 1936, cargado de ideales y de cuadernos de escritura, George Orwell desembarcó en Barcelona para combatir al ejército de Franco en la Guerra Civil. Como otros intelectuales de la época, Orwell sabía que nuestro conflicto sólo era el preámbulo de una guerra mayor que asolaría Europa poco después. El fascismo armado, en España, con sus tanques blindados y sus bombardeos sobre la población civil, sólo estaba dando sus primeros zarpazos.

    Más socialista que comunista, Orwell combatió en las filas del POUM, que era un partido trotskista muy alejado de la órbita de Moscú. Un año después, con la guerra casi perdida, las izquierdas españolas decidieron ajustar cuentas entre ellas, y el Partido Comunista sometió a todas las demás por las buenas del mitin o por las malas del disparo. Orwell, desencantado, herido de guerra, amenazado de muerte por quienes habían sido sus compañeros de trinchera, comprendió que el nazismo y el comunismo soviético sólo eran aplicaciones distintas de un mismo empeño malsano. Es por eso que años después, cuando escribió 1984, imaginó un futuro distópico en el que las democracias occidentales volvían a sucumbir y una suerte de dictaduras nazisoviéticas, o sovienazis, dividían el globo en áreas de influencia para sostener una guerra interminable cuyo único objetivo era la guerra en sí misma, para que el odio por el enemigo, el patriotismo exaltado, la maquinaria industrial que mantenía al obrero disciplinado, garantizasen el orden social en el que medraban cuatro hijos de puta con uniforme.



    Cuando llegó el año real de 1984, mientras Maceda marcaba aquel gol histórico contra la RFA de Harald Schumacher y Carl Lewis volaba sobre la pista de Los Ángeles sin comunistas en lontananza, los politólogos, reunidos en sus ateneos y en sus claustros universitarios, proclamaron que Orwell había triunfado como novelista, pero fallado como futurólogo. Al menos a este lado del Telón de Acero. A diferencia de lo que auguraba la novela, las gentes, en 1984, caminaban libres por las calles, follaban alegremente si tenían ocasión, y aún no tenían al Gran Hermano en la programación nocturna de Tele 5. Había guerras, sí, pero en selvas muy lejanas, o en montañas muy desérticas, y siempre justificadas en los telediarios independientes. 1984, la película, rodada en el mismo año como homenaje a la novela, parecía una historia muy alejada en el tiempo: a veces del pasado muy remoto, a veces del futuro muy poco probable. Terrorífica, pero inane. Una fábula moral como mucho. Nada que pudiera hacernos temer por nuestro modo de vida consolidado.



    Pero estos sabios, por supuesto, se equivocaban. El único pecado de Orwell es que no acertó con el tono de los tiempos, con el ladino camuflaje de las dictaduras. En el 1984 real ya no hacían falta desfiles de Núremberg ni gulags en Siberia para meternos la tiranía por el culo. En la superficie todo era más amable y liberal, más cachondo y colorido, pero por debajo, a dos metros bajo tierra, yacía el mismo cadáver de la utopía asesinada. La neolengua nos confunde cada mañana cuando abrimos el periódico o encendemos la radio. La guerra sigue siendo la excusa más sencilla para fabricar más armas en las catacumbas. La democracia es una ficción que escriben guionistas a sueldo de los centros financieros y de los parlamentos elegidos. El único asunto que Orwell no supo ver es que la jodienda, lo mismo en las dictaduras que en las democracias, no tiene enmienda, y que cualquier distopía del futuro que pretenda controlarnos necesitará, al menos, dejarnos esa espita para expulsar los malos humores y aplacar los ánimos revolucionarios.



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Big Little Lies



    Mientras veía los siete episodios de Big Little Lies -que si no fuera por las florituras de su director se podían haber quedado tan ricamente en la mitad- no he dejado de pensar en el personaje de Carmen Maura en Qué he hecho yo para merecer esto. Gloria no vivía en una urbanización exclusiva de Monterrey con casas de quitar el hipo; no conducía un coche de alta gama por carreteras que valdrían de paisaje para un anuncio de televisión; no tomaba batidos de frutas en terrazas con vistas al océano idílico de California. Gloria vivía en las Colmenas de la M-30, con su polución, sus calles sucias, sus bares con olor a fritanga de calamares. Sus desgracias de ama de casa son el reverso cutre, obrero, hispánico, de las desdichas transoceánicas que les suceden a estas pijas guapísimas de Monterrey que nunca dan un palo al agua.



    Gloria, a su modo, también sufre el maltrato de su marido, el sueño de un matrimonio mejor. La sospecha de que su hija -aquella especie de Carrie White a la madrileña- no es una niña normal como otras del vecindario. Gloria es una mujer desgraciada, de futuro borroso y nada halagüeño, y uno tiende a pensar que su circunstancia económica la hace más desgraciada todavía. Pero no es cierto. La teoría de la felicidad sostiene que una vez alcanzado cierto nivel básico de confort -la casa caliente, la despensa llena, las facturas pagadas- los ricos no son más felices que los pobres, ni sobrellevan mejor las penas. Ser rico te abre las puertas a mejores diagnósticos médicos, a mejores alimentos en el supermercado, a sobrellevar el estrés en parajes más selectos y apartados. Cosas que están relacionadas directamente con la salud. Pero en las cuestiones domésticas del amor y sus infortunios, la cuenta bancaria no te salva del dolor ni de la incertidumbre. Ningún armario lleno de zapatos a lo Imelda Marcos podrá compensar las hostias que recibe Celeste de su marido tan hipersexual como hiperagresivo. Ninguna casa a orillas del mar puede convertir al marido de Madeline en el hombre que ella siempre soñó, un tipo testosterónico que la folle sobre las encimeras y la lleve de aventuras por los afluentes selváticos del Amazonas. Ningún colegio privado de Monterrey podrá despejar los negros nubarrones que se ciernen sobre Jane cuando mira a su hijo y recuerda, entre sollozos silenciados, que ese crío no es fruto del amor, sino más bien de una violación, y que sabe Dios qué genes tarados habrá depositado su padre en la personalidad infantil todavía por florecer. 


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La guerra de Charlie Wilson




    Después de muchos siglos viviendo en la Edad Media, en Afganistán, a finales de los años setenta, llegó al poder un gobierno de corte progresista que prohibió la usura, promovió la alfabetización y separó la religión del Estado. Una pandilla de reformistas que aprovecharon el impulso para perseguir el cultivo del opio, legalizar los sindicatos y establecer un salario mínimo para los trabajadores. Finalmente, para terminar la faena, porque estos tipos parecían tan peligrosos como insaciables, promovieron la igualdad de derechos para las mujeres, que llevaban viviendo en el ostracismo agropecuario desde los tiempos de Alejandro Magno y su esposa Roxana -la mujer afgana más famosa de la historia hasta que apareció aquella muchacha en la portada del National Geographic- y aprobaron leyes tan alarmantes como la no obligatoriedad de usar el velo, el derecho a conducir libremente un vehículo o facilitar su acceso al mercado laboral y a los estudios universitarios.



    A los conservadores de dentro, y a los demócratas de fuera, no les pareció nada bien que este ejemplo reformista cuajara en Afganistán, así que hubo un contragolpe de Estado, tiros y arrestos, cárceles y venganzas, hasta que la Unión Soviética decidió intervenir en el asunto. Y se metió en el avispero. Los soldados de Brezhnev venían a poner orden en un país amigo, sí, pero también aprovecharon la refriega para avanzar posiciones geoestratégicas hacia el Golfo Pérsico. Una pandilla de pastores armados de kalashnikovs nada podían hacer contra el Ejército Rojo y sus vehículos blindados, así que la guerra parecía un paseo militar para los malos de la película. A los americanos, este pifostio les pilló armando contrarrevolucionarios en las selvas de Centroamérica, donde sus muchachos asesinaban a cualquiera que pronunciara la expresión "reforma agraria" o  "justicia para los pobres". Y ahí, en ese pasmo, en esa duda militar , empieza La guerra de Charlie Wilson, que cuenta cómo un congresista mujeriego, vividor, sólo pendiente de los cabildeos de Washington y de los asuntos locales de su Texas natal, se cayó un día del caballo camino de Kabul y dedicó su fe democrática a dotar de armamento pesado a los muyahidines que resistían en las montañas.



    La película, por supuesto, es un pastiche propagandístico pensado para el pueblo norteamericano. Los rusos son malvados de nacimiento, escoria comunista, y han invadido Afganistán para violar a las mujeres, acuchillar a sus bebés y ajusticiar a los buenos pastores que rezaban pacíficamente sus cinco oraciones diarias orientados hacia La Meca. El planteamiento del guión -irreconocible Aaron Sorkin- es tan infantil, tan esquemático, que sonroja a cualquier espectador medianamente informado. Es todo tan estúpido y tan maniqueo, que al final de la película, con los soviéticos ya en retirada por el Puente de la Amistad, y Charlie Wilson celebrando sus gestiones diplomáticas con mujeres desnudas y champán francés, ningún personaje se para a pensar qué van a hacer ahora con los fanáticos muyahidines armados hasta los dientes. Es como si la realidad, tozuda, fuera por un lado, y la película, aunque basada en hechos reales, pareciera colgada de una nube de algodón. Todos sabemos lo que pasó pocos años después: los amigos barbudos derribaron dos rascacielos en Nueva York y se convirtieron, de la noche a la mañana, en terroristas implacables que había que aniquilar. Uno por uno, si era posible, y si no, invadiendo los mismos desiertos y las mismas montañas que los soviéticos habían hollado en su Vietnam particular. Las ironías del destino. La otra guerra de Charlie Wilson que todavía nos ocupa.



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Breaking Bad. Temporada 4

Tengo que reconocer que mi recuerdo de Breaking Bad era confuso y equivocado. En las tertulias de café, con los amigos que se iban sumando a la serie, o con los que en su día me sumaron a mí, yo era el paladín de Walter White y sus controvertidas decisiones. Mi versión del asunto era que Heisenberg no era una personalidad real, un diablo interior que se comía al ciudadano ejemplar que enseñaba química de pie y lavaba coches arrodillado. El pobre de Walter -defendía yo- era un caballero andante que iba deshaciendo un entuerto detrás de otro, cada vez más enrevesado, cada vez más peligroso. Eran las circunstancias las que le obligaban a saltarse la ley y la moral. Defender a su familia, lo primero; procurarles un retiro de oro, lo segundo; salvar su propio pellejo cancerígeno como medalla de bronce en su loca carrera por la vida. Walter White, despojado de tragedias y literaturas, de mexicanos y alburbequeños, sólo era un hombre que miraba por la manutención de su prole. Un troglodita moderno que salía todas las mañanas a cazar el mamut en compañía de su vecino Jesse Pinkman, sólo que el mamut era cada vez más grande, más puñetero, como un alien de la saga galáctica que fuera creciendo en complejidad e inteligencia. Toda una evolución biológica separa al primer maleante que hubieron de enfrentar del atildado y retorcido Gustavo Fring de Los Pollos Hermanos.



    Pero en esta temporada, la cuarta de sus andaduras por los desiertos de Nuevo México, Walter se ha convertido en un traficante como todos los demás, como defendían mis contertulios del café, y yo me negaba a admitir en la terquedad benévola de mi recuerdo. Si en la saga de Star Wars era el miedo el que convertía a Anakin Skywalker en Darth Vader, en Breaking Bad es el orgullo el que culmina la transformación de Walter White en Heisenberg. Tras el asesinato de Gustavo Fring, Walter descubre que puede hacer carrera en el mundo del hampa. Que se le da bien, esto de navegar por el mar oscuro, y a la vista de todos, además, protegido por su disfraz de Clark Kent despistado. Donde antes había estrés, y ansiedad, y miedo a morir de un tiro o de un hachazo, ahora hay excitación, y aventura, y chute indispensable de adrenalina. Walter White el improvisador, el recto de moral, se ha convertido en Heisenberg el implacable, el cínico de vuelta de todo. El dinero ya es lo de menos. Su familia se ha vuelto secundaria. Ahora lo que importa es llegar a lo más alto del escalafón, en su gremio de la metanfetamina.. Ser el mejor en lo suyo. El orgullo de cualquier profesional.


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Anomalisa

La Anomalisa del título es Lisa, la chica simpática, rellenita, con una marca en la cara que le impide mirar de frente a los hombres por miedo al rechazo. La anomalía de Lisa es que esa noche, después de ocho años sin haber probado el sexo, por fin va a compartir un lecho desnuda, piel con piel, aliento con aliento. Ella había venido a Cincinnati a conocer a Michael Stone, pero no carnalmente, sino intelectualmente, porque Michael es un ejecutivo que da conferencias muy estimulantes sobre las argucias exitosas del markéting, y ella se gana la vida vendiendo productos por teléfono. Michael es un cuarentón que ya peina canas, de voz profunda, gesto seguro, parco en palabras. Muchas mujeres que acuden a la conferencia se pirran por sus huesos. Alguna, incluso, sueña con llevárselo al huerto tras una sesuda conversación sobre estrategias y balances comerciales. Lo que pocas sospechan es que Michael está plenamente disponible, sexualmente avizor, y que bastaría un sólo gesto, una sola insinuación, para tenerlo de profesor particular en la habitación del hotel.







    El matrimonio de Michael se tambalea, su sexualidad fogosa se marchita, y aprovechando su viaje de negocios, decide engañar a su mujer con una antigua novia del lugar. Pero la antigua novia, aunque acude a la cita, lo hace más por cortesía que por deseo, y no está por la labor de reverdecer viejos laureles en la cama. La escena terminará con gritos, reproches, un vete a tomar por el culo muy sonoro. Michael decide lamerse las heridas en su habitación del hotel, y olvidarse de la fallida aventura extramatrimonial. Pero la erección sigue allí, alegre, empecinada, como si la frustración no fuera con ella, así que Michael vuelve a probar suerte entre las huéspedes menos selectas, y así descubrirá a Lisa, que lo reconoce, y lo admira, y se deja llevar por su elocuencia viril de las tantas de la madrugada. Aunque él lo vista de romanticismo, de flechazo instantáneo, de mujer única encontrada entre la multitud sin sustancia, su deseo por Lisa es simplemente un polvo fácil, un desahogo casi asegurado para sobrellevar la pena y la soledad. Ella, tan feúcha, tan necesitada, no va a decir que no. De hecho no dice que no. Pero Lisa no es una mujer estúpida: sabe cuál es su papel, y lo interpreta a la perfección. 


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Lady Macbeth

Cuando algunas mujeres, no hace demasiado tiempo, eran vendidas como ganado para sellar pactos entre los burgueses de la ciudad, o entre los terratenientes del campo, a nadie le importaba que la muchacha tuviera sus propios apetitos sexuales. Su mundo de anhelos valía tanto como el de una vaca lechera o el de una oveja lanera. Si el marido impuesto terminaba siendo un tipo agradable, y entre ellos nacía algo parecido al cariño o al respeto, la humillación podía sobrellevarse con algo más de alegría. Si el hombre, por contra, como le sucede a esta pobre chica llamada Katherine, era un fulano de mirada aviesa, trato denigrante y nulo deseo, la vida sin pasión, cercenada de raíz, quedaba confinada entre las cuatro paredes del hogar hasta que la muerte de uno u otro llamara a la puerta. Y la muerte, en aquellos tiempos sin vacunas ni penicilina, era una dama que solía presentarse muy pronto a la cita, indiferente a las súplicas de un cuerpo que no había tenido la oportunidad de gozar ni de ser gozado.



    Katherine, que al principio de Lady Macbeth no es más que una niña arrancada de su hogar, se siente perpleja, y luego, ya directamente, desgraciada. Abandonada por su marido, vigilada por su servidumbre, sermoneada por el párroco que viene a tomar el té de las cinco, siente que todos estos hijos de puta le han robado la alegría de vivir. Pero un día, en las caballerizas, aprovechando la libertad de movimientos que le concede la indiferencia de su marido, Katherine conocerá a Sebastian, un criado mocetón y sucio, musculoso y altivo, y entre ellos, en unos segundos cruciales que valdrán por una vida entera, nacerá el deseo sexual donde antes sólo había soledad y masturbación. Y el deseo, ya se sabe, por mucho que estemos en la Inglaterra decimonónica de los cuerpos encorsetados y de los espíritus constreñidos, es un mar que no conoce puertas. Un magma que abre grietas en el suelo para arrasarlo todo a su paso. El deseo tiene la fuerza inconcebible de una gota de agua aprisionada en una roca: cuando se congela de puro ardor es capaz de reventarla en cien pedazos. Ninguna religión, ninguna cultura, ninguna sublimación de los instintos pudo jamás combatir el deseo cuando éste nace tras la primera mirada o la primera aquiescencia. Desatado el primer neutrón, comenzará una reacción en cadena que ya sólo conocerá el estallido de gozo o la destrucción de los amantes.


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Guardianes de la Galaxia

No puedo resistirme al embrujo de las naves espaciales. Otros tipos de mi generación se rinden a cualquier película que contenga patadas voladoras, coches que se persiguen, revólveres de Clint Eastwood que ejercen justicia de plomo contra los maleantes de Nebraska. A mí estas cosas también me van, lo reconozco, porque también calenté aquellas butacas en mi desordenada juventud, y algún poso vergonzante quedó de todo aquello. Pero lo mío, lo que me hipnotiza, lo que me deja turulato ante la pantalla, es el espacio intergaláctico -o intragaláctico incluso- surcado por una nave que construyeron los terrícolas o imaginaron los extraterrestres camino de la paz o de la guerra, del recurso minero o del heroico rescate. Desde que aquella tarde de mis cinco años, en la pantalla enorme del cine de León, la nave consular de la princesa Leia cruzara el espacio perseguida por un destructor imperial, he quedado comprometido con cualquier película que saque a pasear cacharros de mundos lejanos. Es una fijación infantil, un acto reflejo. Me quedo petado delante del televisor como arrebatado por un pasmo, como abducido por esa misma nave espacial que se aventura en la negrura de las estrellas titilantes. 




    Arrastrado por esta pasión irrefrenable, muchas veces me llevo una desilusión cinéfila del copón, porque las películas del género suelen salir rancias, si proceden del tiempo viejuno, o alborotadas, si las han cocinado hace poco en Hollywood. Hoy en día, con tanta persecución, tanto porrazo, tanto efecto especial que llena los rincones de la pantalla, a los espectadores veteranos, de cuarenta años para arriba, que hemos nacido con un procesador mental de los tiempos del Commodore, nos cuesta horrores mantenernos sobrios siguiendo los vaivenes y los hostiazos. Guardianes de la Galaxia tenía todas las papeletas para provocarme el vértigo y el hastío; el vómito ácido que iba a llenar de improperios la página en blanco de este blog. Pero los responsables de la aventura, cuarentones que comprenden bien el hartazgo de sus coetáneos, han introducido cachondeos, músicas, referencias cinéfilas. Nos han guiñado el ojo de vez en cuando para que no nos sintiéramos abandonados en este páramo de lo moderno y lo vertiginoso. Mientras los adolescentes se lo pasaban pipa en el tráfago de las peleas, nosotros, los adultos, habitualmente sobrepasados por estos experimentos, nos lo hemos pasado casi tan bien como ellos. Por una vez, en los últimos tiempos.



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Her

En uno de los extras que aparecen en el Blu-ray de Her, los colaboradores de Spike Jonze, al hilo de la historia romántica entre Theodore el humano y Samantha el Sistema Operativo, exponen sus propias ideas sobre el amor y sus movimientos sísmicos. Uno de los colaboradores, ya no recuerdo quién, afirma que el amor es un concepto escurridizo que se enreda en la lengua al tratar de describirlo porque tiene su origen en las entrañas, y lo que ahí sucede es tan primordial, tan instintivo, que el lenguaje, que es un atributo propio de seres evolucionados, no acierta a traducirlo en palabras. Un perrete, con sus ladridos, sería capaz de comunicar mucho mejor su sentimiento.



    Este hombre, sin embargo, que no acierta a definir muy bien el amor, sí tiene muy claro que su sentimiento contrario, su reverso negativo, es el miedo. Y es entonces, después de haber visto la película, y de haber meditado mucho sobre su moraleja, cuando comprendo que Her no es una película sobre gente que se enamora y se desenamora -de personas o de sistemas operativos da un poco lo mismo- sino una película sobre la soledad. Porque Theodore, cuando le conocemos, está solo, y es la soledad la que genera su parálisis y su miedo. Theodore ya ha superado la ruptura del amor, que duele como el chasquido de un hueso, o como el retortijón de un intestino, y ahora está enfrentando la peor fase de su enfermedad: la soledad, que es un sumidero abierto en las entrañas por el que se va la vida. La ilusión, y la autoestima, y las ganas de perseverar. La soledad no duele: aunque muerde y desgarra, horada y destroza, actúa sobre un cuerpo que ya está insensible y abandonado. Un organismo que funciona con el piloto automático del instinto, esperando quizá un milagro, una aparición, al otro lado del largo desierto que empieza a atravesarse.

    Tan solitario y triste anda Theodore con su mal, que se aferrará a la compañía de un sistema operativo para no caer definitivamente en la desesperación. No hay tal historia de amor entre Theodore y Samantha: sólo la ilusión de no estar solo en ese apartamento con vistas a la ciudad. Mejor perder la chaveta que soportar una noche más sin conversación, un desayuno más sin buenos días, un regreso a casa sin nadie esperando en el sofá.


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The Love Witch

En The Love Witch, Elaine es una bruja piruja que se ha propuesto encontrar al hombre de sus sueños. Uno que la ame de verdad, con el corazón, y no sólo con la bragueta, como suele ser costumbre. Elaine ha tenido muchos amantes a lo largo de su vida, porque ella es una jovencita de muy buen ver, con cuerpo de mareo y ojos que hipnotizan, pero a día de hoy sólo ha experimentado el deseo carnal, el instinto del macho que reprime la erección nada más conocerla. Elaine se siente desgraciada, y engañada por la vida, aunque rezume juventud y vitalidad, y sus amigas, mucho más feas y conformistas con los hombres que les tocaron en suerte, no terminan de entenderla demasiado bien.




    Elaine, desesperada, decide pasarse al lado oscuro de la seducción, y empieza a utilizar sortilegios y filtros de amor para encontrar al príncipe azul que la lleve galopando hacia la felicidad -y no es una torpe figura literaria, sino un sueño real que ameniza sus noches de soledad y masturbación. Pero no hay brujerío tal. Elaine es una chica demasiado inteligente como para creer en estas cosas, pero el ceremonial del pentagrama y de las velas encendidas le ayuda a concentrarse en el objetivo. El ritual le calma los nervios, le infunde serenidad, y la envuelve, además, en un aire psicomágico que le enturbia la mirada y la vuelve más atractiva todavía. Los bebedizos que Elaine sirve a sus amantes sólo son cócteles de vodka mezclados con unas gotitas de LSD, y sus rituales de vudú, que practica en la intimidad del dormitorio, meros desahogos de quien juega al animismo infantil con las muñecas. Elaine sabe que la única magia que seduce a los hombres es el sexo, y que sólo a través del sexo el hombre concede, y se derrite, y se vuelve vulnerable y hasta romántico. El hombre que yace satisfecho en la cama ha despejado todos los nubarrones, todas las tormentas de su cabeza, y en su cielo particular luce el sol y cantan los pajarillos. Es el amor, finalmente. Pero la borrasca es insistente, cojonera, como de planeta agitado y poco amistoso, y el hombre enamorado necesita que el anticiclón de las Azores, en forma de mujer, venga cada poco tiempo  a disolverla. Estas son las cosas que Elaine se sabe al dedillo en The Love Witch, y que explica con acertado magisterio a toda mujer que quiera escucharla. Una sabiduría ancestral que muchas mujeres confunden con la brujería, y hasta con el pendoneo, desconectadas de los viejos conocimientos por culpa del trajín de la vida moderna. 


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Alien: Covenant

Explicado el origen del bicho que aterrorizó a la teniente Ripley en Alien, el 8º pasajero -y en todas las secuelas que vinieron después- esta saga de los humanos enfrentados a los xenomorfos ya no tiene grandes cosas que contar. No, al menos, en el terreno de la biología. Según nos es desvelado en Alien: Covenant, fue el androide David, metido a doctor Mengele del espacio exterior, insuflado de una megalomanía creadora que sólo eran dos cables pelados de su ciberorganismo, el que creó los huevos que esperaban la llegada de la nave Nostromo en aquel planeta perdido. Habrá que olvidarse, eso sí, de la reina ponedora a la que Ripley chamuscaba con su lanzallamas en Aliens: el regreso. No quisiera uno entrar en debates absurdos sobre si fue primero la gallina alien o el huevo que alumbraba al octópodo. Que sean otros los que aclaren la cuestión en foros más entendidos.



    Sucede, además, para desilusión de este niño grande que ha sido fiel seguidor de la saga, infatigable espectador, proselitista entre sus allegados, que la fórmula que vertebra las últimas películas -nave terrícola, señal de origen desconocido, tripulación imprudente, bicho que se reproduce, persecuciones y muertes, heroína inesperada que arroja al alien por la escotilla- se repite ya hasta el bostezo y la decepción. Si El despertar de la Fuerza nos dejó aliquebrados con la original reconstrucción de la Estrella de la Muerte, Alien: Covenant nos vuelve a dar más de lo mismo. Todo está muy bien hecho, bien rodado, porque hay grandes dineros que sustentan el proyecto y gente muy capaz a ambos lados de las cámaras. La profesionalidad y la eficacia de Ridley Scott y compañía están fuera de discusión. Pero uno tiene la sensación molesta, el déjà vu en forma de mosca cojonera, de que en realidad, travestido de naves espaciales y de cascos astronáuticos, le están vendiendo un cine diseñado para adolescentes que anticipan el susto, lo viven con emoción, y en la recomposición del cuerpo y del espíritu aprovechan para pillar cacho en la platea o en el sofá. Y los adultos, mientras tanto, que ya no tenemos nada a lo que agarrarnos, o que ni ganas tenemos cuando podemos, vapuleados por el trabajo y por la vida, vamos transcurriendo por Alien: Covenant sin que nada de lo supuestamente trascendente que se apuntaba en Prometheus tenga una respuesta satisfactoria. ¿El origen de la humanidad? ¿El castigo que nos reservaban nuestros creadores? ¿El tipo aquél que se suicidaba al inicio de Prometheus para insuflar vida en las aguas? ¿Y quién creó a los creadores? ¿Habrá que desempolvar los viejos argumentos de Santo Tomás de Aquino? ¿Servirá todo esto, al menos, para reavivar las viejas discusiones filosóficas?


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