Juego de Tronos 7x04

"No se vale", decíamos de niños cuando jugábamos al fútbol en la calle y el equipo contrario, que iba perdiendo por goleada, ponía de revulsivo al primo que venía de visita, o al amigote que pasaba por allí, tíos descomunales que entraban en la cancha y desequilibraban el juego con dos empujones y tres zambombazos que nos dejaban boquiabiertos. Hombretones que tal vez jugaban al deporte federado y sabían meter el codo y el culo en los contactos, o medio quinquis del otro lado del barrio a los que nadie se atrevía ni a soplar en el cogote, por si sacaban la sirla y nos quedábamos sin balón. "No se vale", rumiábamos en cada gol encajado, pero no había reglamento al que acudir, ni árbitro al que protestar, así que nos jodíamos, y seguíamos jugando, por el bien de la convivencia en la barriada. A esos tramposos de mierda los necesitaríamos otra vez cuando no hubiera otro rival en la próxima, eterna y aburridísima tarde de verano.




    "No se vale", debieron de pensar también las huestes de los Lannister cuando vieron al puto dragón sobrevolando sus cabezas en la batalla -más bien la barbacoa- que cierra este episodio. Y mira que las huestes de los Lannister combaten disciplinadas, prietas las filas, como legionarios de Roma, que parecen el único ejército de Poniente digno de llamarse así. Los Lannister serán unos hijos de puta en la intimidad de sus dormitorios, o en la lobreguez de sus mazmorras, pero siempre pagan su deudas de honor o de dinero, y llevan sus asuntos administrativos con la eficacia que se presupone en un apellido tan honorable. Pero su ejército, modélico, aguerrido, curtido en mil escaramuzas, no puede enfrentarse a un dragón de escamas blindadas con el atraso tecnológico de sus armas medievales, del mismo modo que Napoleón, con todo su genio estratégico, ni en los mejores días de la Grande Armée, hubiera podido pelear contra un F-16 que se abatiera sobre sus filas.

    Los dragones de Daenerys son un arma imbatible, definitiva, a todas luces injusta si aquí hubiera un código de honor que regulase los combates. Si esto fuera La vida privada de Sherlock Holmes, y Daenerys Targaryen la Reina Victoria que mandó desmantelar el submarino tan poco caballeroso que su alto mando probaba en el lago Ness, los dragones se hubieran quedado en casa para custodiar la fortaleza, acojonar al personal y dar unos paseos muy bucólicos las tardes de los domingos. Sería todo un homenaje al fair play, al juego limpio, pero nos habríamos quedado, ay, sin este ratico de acción que ya echábamos de menos entre tanto reencuentro familiar, tanta filosofía sobre la naturaleza del poder y tanta oscurantismo verborreico del artista antes conocido como Bran Stark.



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