The Young Pope

The Young Pope no es una serie de televisión. Son dos.

    La primera consta de seis episodios, y basta con ver sus primeros quince minutos para quedar enganchado, y recomendársela a todo el mundo. Es como si Paolo Sorrentino no hubiera dejado de rodar La gran belleza, pero ahora, en vez de seguir las andanzas sandungueras de Jep Gambardella, traspasa los muros del Vaticano para seguir los primeros días en el papado de Lenny Belardo, el cardenal norteamericano que es elegido contra todo pronóstico por el Espíritu Santo. Porque ha sido Él, sin duda, y no el cardenal Voiello, el hacedor de papas que se ha quedado pasmado, quien ha designado a un tipo tan inesperado como contradictorio: guapo, joven, atlético, fumador..., y ultraconservador hasta meter miedo.



    Pío XIII -y la elección de este nombre no es, por supuesto, casual- ha cogido el testigo de San Pedro para cercenar cualquier afán aperturista o reformador. La Iglesia, bajo su mandato, regresará a las posturas beligerantes e intransigentes. Se desacoplará del curso del calendario para poco a poco, ir desandando el camino hasta perderse en los tiempos decimonónicos, cuando todavía era una institución poderosa, de extensos territorios, que acojonaba a sus feligreses con solo levantar un dedo. Belardo ha optado por el camino oscuro para salvar a la Iglesia como un Darth Vader vestido de blanco. Si la gloria estaba en el pasado, piensa Belardo, volvamos a él. A la misa en latín, al papa que no viaja, a las amenazas del infierno... Los cardenales, asustados, no dan crédito a sus ojos, ni a sus votos, y rápidamente conspirarán para defenestrar al nuevo papa. Este, mientas tanto, tan cínico como encantador, tan frío como inteligente, pasea por los jardines de sus dominios como una estrella del rock and roll.



    La segunda parte de The Young Pope tiene cuatro episodios, y es como si a Sorrentino le hubiera dado un telele, o una ausencia, y le hubieran sustituido unos guionistas de culebrones para rematar la faena. Lo que antes era intriga política y debate teológico, se convierte ahora en torrente de sentimientos, en pulsión de los corazones, y aquí la serie embarranca, y nos confunde. Hay lágrimas, pudores, confesiones, arrepentimientos. Padres ausentes que parecen sacados de una película ñoña de Steven Spielberg. Si la serie nos tenía fascinados porque el Vaticano que proponía Sorrentino era tenebroso en los fondos pero bellísimo en las formas, de pronto, como en la película de Manuel Summers, aquí to er mundo é güeno, y encuentra su redención, y su camino, y su perdón, y el Vaticano vuelve a ser ese lugar de gentes buenas y afables que nos narraban los curas de nuestra infancia. El País Encantado de los Hombres sin Sexo. Sólo faltan las campanas tocando en el cielo, como en el final de Rompiendo las olas.


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