The Wrong Mans

En un cajón olvidado del portátil he encontrado la serie británica The Wrong Mans, que filibusteé hace tanto tiempo que ya ni me acordaba de tenerla. Ni siquiera recuerdo quién me la recomendó, o qué reseña leí para lanzarme sobre ella. Son las cosas preocupantes que a veces me suceden con las series, incidentes que supongo comunes a todos los seriéfilos que no damos abasto con tanta tentación y tanta novedad. Pero a mí la salud mental de los demás me importa muy poco, la verdad, y en cambio vigilo mucho la mía, que me trae a mal traer cuando se producen estos lapsus injustificables, y se alarma, y se enmohece, y se toma dos cervezas para olvidar que se olvidó.



    The Wrong Mans simplemente estaba ahí, como caída del cielo, acurrucadita en su letargo informático de meses o de años. Daba como pena despertarla, con sus seis episodios tan juntitos, tan cortitos, de media hora de duración, como una camada de lechones o de perretes. Seis episodios juguetones, divertidos, que -ahora lo recordaba- iban de dos panolis que se ven involucrados en un asunto mafioso de trascendencia internacional, con espías del MI6, agentes soviéticos, ministros corruptos, mujeres fatales y chinos muy peligrosos que persiguen maletines con dinero... Algo así como una parodia de las películas de Jason Bourne, que siempre se las apañaba para salir indemne de sus movidas con su potra inconcebible y su habilidad de agente superentrenado por la CIA.

    La otra forma de salvarse cuando te persiguen los malos armados hasta los dientes es ser un imbécil integral, y en el caso de The Wrong Mans, estos dos tipos son bastante imbéciles, bastante impredecibles, y es precisamente esa conducta errática -como dos moscas en una habitación- la que va minando la paciencia de los asesinos mejor entrenados del panorama internacional, los británicos a un lado, los agentes de Putin al otro.



    The Wrong Mans está bien, casi muy bien, y me he reído como un tontaina con estas aventuras que parodian el género James Bond y similares. Pero me he reído en voz baja, sin molestar, para que los episodios, a los que tuve que despertar uno a uno, no rompieran a llorar con mi presencia. Los vi, los disfruté, y los devolví a su cunita para que allí, en la videoteca de series indultadas, sigan durmiendo un sueño reparador. Hasta la próxima visita. 

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