La fuerza del cariño

Si hace una semana, tan sólo una semana, me hubieran dicho que iba a estar delante del televisor viendo La fuerza del cariño, me hubiera echado a reír -de la incredulidad- o a llorar -del giro imprevisto y atormentado de mi cinefilia. Uno recordaba La fuerza del cariño como un melodramón de sobremesa, pasado de época, de rosca, de efectos lacrimógenos. Pornografía sentimental. Personajes -sobre todo mujeres- que desnudaban sus filias y sus fobias, sus rencores y sus reencuentros, sus te quiero y sus te odio a veces tan contradictorios que sólo ellas entienden las mutaciones y los pasadizos secretos, mientras que los hombres, mecanismos biológicos mucho más simples, los contemplamos en las películas o en la vida real tan confundidos como fascinados.





    No entraba en mis planes, digo, regresar a los registros más pastelosos de James L. Brooks, del que prefiero quedarme con sus grandes contribuciones a la humanidad: el Lou Grant de mi infancia; el universo sin par de Los Simpson; el chalado maravilloso que encarnaba Jack Nicholson en Mejor imposible, esa película que siempre flirteaba el ridículo argumental y que gracias a él se convirtió en una comedia inolvidable.

    Fue precisamente él, Jack Nicholson, el culpable involuntario de que esta tarde, en los interregnos soporíferos del Tour de Francia, me internara en los asuntos internos de la familia Horton y su Suegra De Vil llamada Aurora. Porque estos días, entre otras lecturas veraniegas, he curioseado en la biografía del viejo Jack -el insaciable mujeriego, el director frustrado, el actor excesivo- y me ha ido picando la curiosidad por rescatar viejas glorias de su filmografía que tenía olvidadas o soslayadas. Cuando he llegado al capítulo de La fuerza del cariño, el autor de la semblanza se ha puesto muy pesadito, muy persuasivo, con la "magnífica" actuación de Nicholson en una tragicomedia "de las que ya no se hacen". Y me ha entrado como una duda, como una descreencia de mí mismo, y he pensado que tal vez mi recuerdo de la película estaba contaminado de prejuicios, de poses intelectuales. Pero nada de eso: prejuicioso o posante, sigo en las mismas. La fuerza del cariño no pertenece a mis inquietudes, a mi universo sentimental. No es una mala película: simplemente no me interesa, o no termino de entenderla. Sólo cuando aparece el viejo Jack para sonreír sus maldades, y lanzar sus eróticos anzuelos, me subo al carro de la narración y me dejo seducir por su personaje del astronauta rijoso y socarrón. Pero son pocos, ay, los minutos de felicidad. En La fuerza del cariño Jack sólo es un personaje secundario, el contrapunto gracioso de la trama, y es una pena que por aquel entonces nadie pensara en rodar un spin-off con su personaje. Better Call Garrett. 



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