Dos en la carretera

Desde que la sociología se preguntó si las personas casadas son más felices que las personas sin pareja, la respuesta es que sí, en cualquier estudio que se encargue, en cualquier cultura que se escrute. Y parece obvio, la verdad, casi de Perogrullo. Un gasto innecesario de tiempo y de papeleo. Las personas casadas son cuidadas en la enfermedad, consoladas en la desdicha, satisfechas en el sexo. O al menos así se presupone. Se dice, con mayor o menor romanticismo, que las personas casadas -o emparejadas- están "completas", como si conformaran un círculo, o un tándem, o un puzle de dos piezas tan básico como necesario. Es la tesis que defiende con música maravillosa de Henry Mancini Dos en la carretera, la road movie que protagoniza el simpático matrimonio Wallace. Que no son Marcellus y Mia Wallace conduciendo por Los Ángeles en Pulp Fiction, sino Audrey Hepburn y Albert Finney surcando un verano sí y otro también el mapa de Francia, camino de la Riviera. Desde su primer viaje de jovenzuelos que hacen autostop y se alojan en los pajares del extrarradio, hasta el viaje crucial, ya de señores maduros y con mucho dinero para gastar, en el que habrán decidir si su matrimonio les sigue mereciendo la pena.



    Si en algo acierta Dos en la carretera es que el dinero no hace la felicidad conyugal. Sólo si te saca de la pobreza extrema, de la necesidad material. Con el techo cubierto, el estómago lleno y las facturas pagadas, la felicidad crece en una pendiente muy poco pronunciada por más lujos que se le añadan. El matrimonio Wallace no sonríe más ancho ni está más satisfecho por alojarse en hoteles caros y pedir langostas de plato principal. Pero Dos en la carretera, como las encuestas unánimes de la sociología, tal vez se equivoque en considerar el matrimonio como la panacea de los corazones infelices. Ayer mismo, antes de dormir, clausuraba uno el libro Sapiens, de animales a hombres, que tanto ha dado que hablar en los círculos intelectuales. Y también en los círculos intelectualoides, que es donde uno se mueve como pez en la charca. Curiosamente, en sus últimas páginas, el autor se hace varias preguntas sobre la felicidad del Homo sapiens, y una de ellas, a la que dedica un sustancioso párrafo, plantea la posibilidad de que el matrimonio no haga a las personas felices, sino que sean las personas felices las propensas al matrimonio. De tal modo que los Wallace sólo estén dando vueltas en círculo por los caminos de la filosofía conyugal -condenados como están a entenderse-, mientras conducen en línea recta hacia las playas soleadas del Mediterráneo.

    "Es verdad que los casados son más felices que los célibes y los divorciados, pero esto no significa necesariamente que el matrimonio produzca felicidad. Podría ser que la felicidad cause el matrimonio. O, más concretamente, que la serotonina, la dopamina y la oxitocina provoquen y mantengan un matrimonio. Las personas que nacen con una bioquímica alegre suelen ser, por lo general, felices y contentas. Son cónyuges más atractivos, y en consecuencia tienen una mayor probabilidad de casarse". 


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