Sabrina

El tiempo no ha hecho mella en Sabrina. No del todo, al menos. En alguna esquina del guión -los gags de Larrabee padre son, por ejemplo, de vergüenza ajena- hay indicios de herrumbre, de resto arqueológico. Pero la estructura de la película permanece incólume, clásica, desafiando a las décadas y a los vientos. Como esa torre Eiffel que da testimonio de que la pobre Sabrina está estudiando la alta cocina de París, alejada de Long Island, de su padre, y sobre todo de David Larrabee, el playboy de los ricachones, el renglón torcido de las finanzas, el follador compulsivo de las burguesas neoyorquinas. El guapo, y atolondrado, y encantador David Larrabee, por el que Sabrina Fairchild, la hija del chófer, la cenicienta de los motores, siente un amor tan irresistible como imposible. Sabrina y David viven a escasos metros de distancia, pero entre la mansión de los acaudalados y la vivienda sobre el garaje hay un muro tan insalvable -pero tan transparente, ay- como el que separa los Siete Reinos de las Tierras Salvajes. Un muro que sólo los muertos pueden escalar sin miedo a descalabrarse. De ahí que Sabrina, ofuscada, desengañada, decida quitarse la vida con el humo de los coches, y que Linus Larrabee, el hermano gris y feo, inteligente y cuadriculado, entre en escena para rescatarla de la muerte...



    Sabrina es un clásico muy estimable, sí, pero su personaje central, la propia Sabrina, aunque tenga el encanto irresistible y la belleza principesca de Audrey Hepburn, es un personaje más bien sospechoso y antipático. Encandilada desde niña con las fiestas de alto copete que contempla desde su árbol, ha decidido que su único objetivo en la vida es casarse con un millonario -como en el título de aquella otra película- y lo mismo le da un hermano Larrabee que otro con tal de llevar la vida soñada de piscinas y cruceros, sirvientes y pistas de tenis. Para el espectador con un mínimo de sensibilidad, los hermanos Larrabee son dos fulanos muy poco recomendables, tiburón de las finanzas el primero y chulo de mierda el segundo. Uno que explota a sus trabajadores para pagarse el tren de vida y otro que explota a su familia explotadora para pegarse la gran vidorra del hijo descarriado. Dos hijos de puta, en realidad, cada uno en su estilo. Que Sabrina tenga una fijación enfermiza por estos dos impresentables dice muy poco de ella.


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