La tentación vive arriba

Para el código Hays, que en 1955 regía lo que se podía ver o no en una pantalla de cine estadounidense, el adulterio no debía mostrarse de manera precisa, ni ser tratado como un acontecimiento erótico-festivo, de adultos que juegan a los médicos alegremente, o buscan una segunda oportunidad en el amor. La cana al aire, si venía impuesta en las exigencias del guión, tenía más bien que adivinarse, que inferirse de ciertas miradas entre los adúlteros, o de ciertas puertas que permanecían sospechosamente cerradas. Y los amantes, aunque fueran contumaces en su osadía, tenían que aparecer no demasiado felices, no radiantes como bobos -o como bonobos- y nunca, en ningún caso, ver mejorada su situación afectiva de partida, que era el sacrosanto matrimonio que ellos conculcaban con sonrisa torva y lúbrica mirada.



    El rodaje de La tentación vive arriba fue una lucha continua contra el código Hays. Billy Wilder y George Axelrod quisieron contar la juguetona historia de un adulterio consumado: el de Tom Ewell, que se quedaba de rodríguez en el verano neoyorquino, y la chica sin nombre que alquilaba el apartamento de sus vecinos de arriba. Una rubia canónica, explosiva, algo inocente, que se prestaba a cualquier tipo de malinterpretaciones con tal de conseguir un soplo de aire acondicionado. Los responsables de aplicar el código Hays reaccionaron con prontitud, y ahora, en los extras del DVD, pueden verse varias escenas originales que no entraron en el montaje definitivo. Demasiado pícaras, demasiado obvias, dobles sentidos que escandalizaban a las viejas y sonrojaban a los guardianes de la moral. Wilder y Axelrod se dejaron las meninges en el empeño de salvar la esencia de su comedia. Negociaron, idearon, sortearon, le dieron mil vueltas a los chistes sexuales, pero al final, para su desconsuelo, tuvieron que firma un guión que se quedaba muy lejos de sus pretensiones. El propio Wilder, en entrevistas posteriores, siempre se mostró muy insatisfecho con el resultado final.



    Sin embargo, vista hoy en día, La tentación vive arriba es una película inequívocamente provocativa. Escandalosa, diría yo. Al final no hacía falta enredar tanto con el guión. La mera presencia de Marilyn Monroe enciende la pantalla, y aunque el adulterio con su vecino finalmente no tenga lugar, el apartamento de Tom Ewell huele todo él a deseo, a sexo, a pecado de pensamiento que lo impregna todo de lujurias. Marilyn habla, sonríe, se contonea; se tropieza con muebles, tira macetas, derrama líquidos; se levanta la blusa para disfrutar un soplo de aire fresco. Sale a la calle y se deja levantar las faldas por el aire que llega del suburbano, y en cada cosa que hace o que dice el espectador moderno también se queda alelado, como sus antepasados de hace más de sesenta años, que se rascaban la comezón del séptimo aniversario en cines atestados de gente, sin un triste DVD o Movistar + que preservara su intimidad. Y Marilyn allí, gigante, en las alturas de la pantalla, como una tentación que viviera arriba, suspendida.




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