La comuna

Erik es un afamado arquitecto que además da clases en la universidad. Anna, su mujer, es la presentadora del telediario más famoso del país. Estamos en Dinamarca, en los años setenta, y suponemos que ambos cónyuges juntan mucho dinero cada mes. Pero sus sueldos, al parecer, no alcanzan para sufragar los gastos del palacio que Erik ha heredado a orillas del mar. Una casa excesiva, destartalada, que sin embargo lo acercaría al mundo de su niñez, y a sus sueños arquitectónicos del momento: los puertos, las escolleras, los paseos marítimos.. Sólo para mantener la casa caliente todo el año -y en esas latitudes el frío suele venir muy jodido, y muy pertinaz- necesitarían hacer números en infinitas libretas de páginas cuadriculadas.



    Erik y Anna son dos personas abiertas, sociables, muy poco exigentes con su propia intimidad, así que deciden formar una comuna de propietarios que se dividan la llevanza. Allí soltarán sus maletas un matrimonio fecundo, una pelirroja descarriada, un inmigrante sin empleo, un borrachín la mar de salado... La película se titula, inequívocamente, La comuna, y al principio uno piensa que la trama girará sobre los roces inevitables de la convivencia, los escaqueos económicos, los líos amorosos que irán surgiendo entre daneses tan liberales y enrollados. Uno se acuerda de Ignatius Farray cuando afirma que si el título y el contenido de una película coinciden, uno puede esperar lo mejor de ella, y con esa certeza me repantingo en el sofá para aplaudir y dejarme llevar.



     Pero el tema de la comuna, ay, se agota al poco tiempo de empezar la película. Allí no hay conflictos, ni adulterios, ni platos que se estrellen contra las paredes en acaloradas discusiones. Ni siquiera hay orgías entre los muchos y jóvenes inquilinos, que podrían acogerse al calor de los cuerpos para ahorrar un poco más en la factura de la luz. La paz del entendimiento civilizado sobrevuela cada comida y cada cena. El lío verdadero de la película es el escarceo sexual que mantiene Erik con una de sus alumnas, y su empeño en quedarse al mismo tiempo con su señora de siempre, en esquizofrénica y desgarradora decisión. Lo de casi siempre, vamos, llegados a ciertas edades. La comuna de propietarios que anunciaba el título queda ahí, aparcada, decorativa, como si Vinterberg se hubiera olvidado de ella, y lo que finalmente nos cuentan es un triángulo amoroso de los que ya hemos visto a millares en otras peliculas del corazón, tan correctas como insustanciales. Nada nuevo bajo el sol. Ignatius Farray, mientras tanto, sonríe socarrón. 


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