Fuego en el cuerpo

Los hombres tenemos un cerebro independiente que vive en la polla, y su actividad neuronal, cuando se dispara, crea interferencias con nuestro pensamiento. Como dos piedras que caen al agua y provocan ondas que se cruzan. No es una realidad biológica, obviamente: es una experiencia subjetiva, esquizofrénica. Pero cierta. Algo difícil de explicar cuando las mujeres, intrigadas, nos preguntan por nuestra configuración interior. Por nuestro software de machos que las pretendemos. Si nosotros no entendemos sus ciclos, ellas no entienden nuestra dicotomía, y se rascan la cabeza incrédulas y pensativas. No es posible, musitan. Creen que las engañamos, o que pretendemos justificar nuestras contradicciones. Se equivocan.

    Si los días transcurren grises y tristes, el cerebro testicular duerme un sueño de dulce ronroneo, como un gato que descansara de sus travesuras, y nosotros, los hombres, nos sentimos en paz con nosotros mismos, casi armoniosos. Pero si una mujer hermosa se cruza en el camino, el miniyo eriza las orejas, se despereza, afila las garras, y empieza a pensar por su cuenta gatuna. Salvaje y autónomo. Nuestra polla, aunque parezca otra cosa, es la casita donde vive un antropoide que no evolucionó en los tiempos antiguos, pero que tampoco se extinguió. Uno que se quedó ahí, en nuestros bajos, agazapado, de polizón biológico, para tocarnos los cojones cada vez que emite su opinión. Mientras el deseo y la conveniencia van cogidas de la mano, el hombre y el antropoide trabajan en colaboración, y es una maravilla saber que el criterio racional y la polla ensimismada han elegido la misma mujer adecuada y bellísima. Cantan los pájaros, y se estremecen las tripas, y así debe de ser el amor verdadero que cantan los juglares, y filman los cineastas.




    Pero ay, cuando el cerebro de uno dice que sí y el cerebro del otro dice que no. Cuando la polla -enhiesta, indomable, secesionista- señala su deseo como una vara de zahorí, y nosotros, desde arriba, intentamos convencerla de que se aleje, de que no siga. De que deponga su actitud. De que acecha el peligro en esa mujer de intenciones oscuras y ademanes vampirescos. Pero tan guapa, ay, y tan sexy. La lucha entre el hombre y su mono es fiera, fratricida, y no siempre gana el ser más evolucionado. Sobre todo si hace mucho calor, y se nos pega el fuego en el cuerpo. Si la mujer que lleva el peligro escrito en la frente nos tiene cogidos por la polla, literalmente, y tiene el cuerpo de mareo, y la belleza irresistible, de Kathleen Turner en sus años mozos. Fuego en el cuerpo es una obra maestra del cine negro, pero también es una lección de anatomía sobre el macho humano. Un tratado de antropología, y de psicología básica. Una fábula moral, también, como las de Samaniego, que siempre ilustraba sus moralejas con animales. Y qué otra cosa somos, si no, cuando nos entregamos al sexo. 



1 comentario:

  1. Entre mujeres al borde de un ataque de nervios, test en los que se juega uno el aprobado dependiendo de Amelie y lobas vampiresas que seducen al albor del calor, tenemos un popurrí de tres pares de cojones, pero lo que queda claro es que aquí el hombre es el macho cabrío descerebrado y la mujer la que por distintas artimañas seduce o persigue al pobre infeliz que lo único que quiere es echar un casquete, porque su miembro viril hay momentos que tiene vida propia.
    Pues te voy a contar una cosa, mira tu, LAS MUJERES TAMBIÉN TENEMOS DESEOS SEXUALES. Así sin más, sin pretender nada más, un joder por joder, también nos ponemos cachondas y nuestro cuerpo reacciona sin más, lo único que no tenemos una polla que grite a pleno pulmón sácame de este encierro calzoncillil que estoy como un palo de tiesa, pero nuestras bragas también sufren por culpa del fuego de nuestro cuerpo reteniendo nuestros flujos y los pechos se empitonan que ni los Victorinos en San Isidro. Y por supuesto que también hay tías que se enchochan y no ven más allá de lo que cierto maromo les da.
    Así que no te creas que nos diferenciamos tanto y en malas y buenas plazas hemos corrido todos, por quė yo me pregunto, qué pensáis cuando una noche sale una tía sola a tomar una copa, pues a divagar sobre la existencia del ser humano, va a ser que no, que no se ha arreglado para eso, más bien ese día se sentía berraca y ha decidido salir a encontrar alguien con quien compartir el calor de la noche.
    Así que vamos a centrarnos o hacemos test de compatibilidad, que aquí entre tú y yo, todo el mundo miente y tanto no funcionarán ya que casi nadie pasa de la primera cita, o si hablamos de joder nos dejamos de remilgos y corazoncitos y salimos a la caza sabiendo que ambos vamos a ser la presa y el cazador, ya que somos mayorcitos y aquí ya nadie engaña a nadie y todos sabemos en qué momento manda un cerebro u otro, y si lo que buscamos es el calor de una noche o mantener el fuego encendido por más tiempo.

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