El turista accidental

Macon Leary escribe guías de viaje para hombres de negocios que viajan a su pesar. Que sólo quieren despachar sus asuntos para salir pitando de los lugares. Turistas accidentales.

    Macon Leary ha perdido a su hijo en un crimen absurdo, y desde hace un año, aturdido por la pena, también viaja por la vida como un turista accidental. Le gustaría no emprender cada mañana el viaje de vivir, pero le impele la biología, el instinto. Macon ya no sonríe. Ha perdido la fe en los demás. Su hijo muerto le persigue en pesadillas. Quiere a su mujer, pero ya no siente la alegría de quererla. Y ella, una tarde, decide abandonarlo. Macon es un buen hombre, un buen marido, pero a su lado ella se hunde, se ahoga. Macon se queda solo. Da vueltas sobre sí mismo. Se pierde en su propio laberinto. Se aparta todavía más del mundo. Se muere sin morirse.



    Y entonces, como un ángel caído del cielo, aparece Muriel Pritchett para concederle una nueva oportunidad. Como en ¡Qué bello es vivir! Muriel es una mujer extraña, impulsiva, desconcertante. Se enamora de Macon desde la primera mirada, pero Macon está ciego y sordo a cualquier sentimiento. Reacio, e incrédulo. Él sólo quiere regresar a su casa, al sofá, al derrumbamiento. A la somnolencia. Cumplir con los recados y refugiarse en el sueño. Olvidarse de sí mismo. Ni se le pasa por la cabeza que otra mujer pueda depositar en él su confianza, o su esperanza. Yo también encontré a mi Muriel Pritchett cuando menos fe tenía en encontrarla. Cuando peor lo estaba pasando. A mí no se me murió un hijo, pero se me terminó una vida. y también caminaba sin brújula, cabizbajo, hastiado de mí mismo. Atrapado en una vida insustancial, vacía, de soledades frías y sofás combados. Cuando ya nadie daba un duro por mí en las casas de apuestas, mi Muriel apareció con un maletín lleno de billetes para confiar en mi victoria.

    Ella también era locuaz, extrovertida, un puntín rara. Deliciosamente pesada y tenaz. La odié un par de veces, y la quise un centenar de ellas. Me salvó de mí mismo. Rompió mi círculo vicioso. Me dio sopapos para despertarme. Me echó calderos de agua fría. Me pellizcó, me azuzó, me clavó varias agujas. Llegó a insultarme. Y todo lo hizo por mi bien. Poco a poco fui despertando. Vislumbré una nueva vida a su lado. Cada vez pasaba menos tiempo conmigo mismo y más tiempo con ella. En cada encuentro con Muriel di dos pasos hacia adelante y uno hacia atrás. Me iba alejando de mi refugio, de mi búnker, cada vez más metros, más kilómetros, como un agorafóbico convaleciente. Conservé alguna vieja rutina, y las demás las tiré a la basura. Me sentí, por primera vez en años... vivo. Hombre. Partícipe. Yo ya no era un turista accidental, sino un viajero sonriente, y gustoso, de mi propia vida. Me empecé a interesar por el paisaje.



    Pero la vida real, ay, no es como las películas. Es más rara, más retorcida, más ingobernable. No hay guión escrito. Sucede, además, que yo no tengo la mansedumbre de Macon Leary, ni mi Muriel la santa paciencia de Muriel Pritchett. Viendo El turista accidental me he acordado mucho de ella. He sorbido varios mocos. He vertido algunas lágrimas. Los recuerdos -recientes, hirientes, como dagas recién clavadas- no me han dejado dormir. He tomado una pastilla. Me he hundido en un sueño sin Muriel. Vacío. Negro. Como una pequeña muerte. Como la vida que me espera. Hasta que pase otro ángel.


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