La naranja mecánica

La naranja mecánica habla sobre la violencia, y sobre el libre albedrio, y en ambos casos se ha quedado tan vieja como muchas filosofías del pasado. Si sus postulados ya han perdido interés y validez, dentro de cien años, cuando las películas de Kubrick sean rarezas arqueológicas como ahora lo son las fantasías de Méliès, no te digo nada. Será como leer aquello que decía Descartes sobre el alma humana, que según él residía en la glándula pineal, pero sólo en los tiempos del estío, mientras dura la vida.



    Los debates que propone La naranja mecánica huelen a rancio, a pis reseco. Hace mucho tiempo que el conductismo se retiró de su cátedra para vivir un plácido retiro en el campo, cultivando hortensias y recorriendo los senderos con un cazamariposas. Sus terapias nunca cambiaron a nadie de verdad. Sus monsergas sobre el condicionamiento jamás superaron al perro de Pavlov. En lo que a seres humanos se refiere, sólo sirvieron para que la gente aprendiera a comportarse en un contexto determinado. A esquivar ciertos castigos, y a obtener ciertas recompensas. Y nada más. Cálculo y disimulo. Cien bofetones, o cien golosinas, jamás sirvieron para que un hijo o un alumno dejara de ser como es. Los sistemas basados en correctivos o en gratificaciones sólo enseñan a encubrir, a no meter la pata. Fuera de los focos, de la vigilancia, cada uno vuelve a ser como dios le trajo al mundo, libre como un animalillo. El experimento Ludovico que en La naranja mecánica pretende haber borrado los impulsos violentos de Álex, sólo es una mandanga psicológica que estuvo muy de moda por aquellos tiempos.



    Y luego está lo del libre albedrío... El libre albedrío, el pobrecico, ya no está entre nosotros. Él también se retiró de su cátedra -que en su caso era doble, filosófica y teologal- para dedicarse a recoger caracoles en el campo, y a contemplar la obra magnífica de Dios. Pero duró muy poco en su pacífica jubilación. Freud ya lo había herido de muerte en un duelo que mantuvieron en los tiempos locos de la  juventud. La existencia del subconsciente fue un descubrimiento tan humillante para el ser humano -y para el libre albedrío- como la teoría de la evolución, o como la cosmología renovada de Copérnico. Pero tuvieron que pasar muchas décadas antes de que la ciencia moderna -que te pone unos electrodos en el cráneo y te saca todas las vergüenzas a la luz- demostrara que, en efecto, antes de ser conscientes de haber tomado una decisión, esa decisión ya está tomada en nuestros fogones. Nosotros sólo quitamos la campana para ver qué nos han servido esos cocineros silenciosos que urden nuestras decisiones. Si la gran cuestión de La naranja mecánica es si Álex puede optar entre el bien y el mal, entre la mesura y el pasote, entre la civilización y la barbarie, el bostezo filosófico se adueña rápidamente de nuestras mandíbulas, y ya sólo reparamos en la estética un tanto kitsch y barroca de la película, que también tiene, por cierto, algo de demodé, y de sobrepasado.
    La naranja mecánica tuvo su momento de gloria porque salían violencias nunca vistas, y pechos inusitados, y palabros provocativos que eran de mucho escandalizar. Y hasta un ménage à trois rodado sin filtros ni ángulos ciegos, aunque eso sí, pasado a la velocidad espídica de la decencia. Pero ahora, cuarenta y tantos años después, los espectadores modernos ya estamos curados de tales espantos, y ni siquiera eso nos queda de la película. Qué le vamos a hacer. 



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