Ficción

Álex es un guionista en crisis que decide tomarse unos días de respiro en el Pirineo catalán, a ver si allí resulta más reconocible para las musas de la escritura, que, al parecer, con tanto tráfico, y tanta polución, y tanto artista creativo como pulula por Barcelona, no acaban de encontrarlo y de descender sobre su cabeza. En el Pirineo vive su amigo Santi, un veterinario de vacas y ovejas que se ha construido una choza por la que muchos mataríamos, y robaríamos, y nos dejaríamos hacer ciertas cosas, allá en los límites de la civilización donde sólo llegaba el Mistubishi Montero que un día, en el otro lado del mapa, encontró al abuelo de Majaelrayo.
    Pero Álex no es sólo un guionista sin ideas, un Barton Fink enfrentado al folio en blanco. También es un marido en crisis. Un cuarentón que pierde pelo, que descubre canas, que sonríe con desgana. Alex acaba de tener un hijo para remendar una red que encajaba goles con demasiada frecuencia. Quizá también huye de Barcelona para no caer en la tentación de la infidelidad, con tanta mujer guapa nacida en el terruño catalán, y tanta extranjera rubia que desembarca de los cruceros para remontar Las Ramblas. En Barcelona, que es una gran ciudad donde habita el vicio, puede que lanzarse a las calles para conculcar el matrimonio te lleve a una aventura parecida a la de Tom Cruise en Eyes Wide Shut, y hay que andarse con mucho ojito. Allí, en casadiós, en el hogar de su amigo Santi, no hay peligro alguno de fornicio. La única amiga disponible es Judith, que vive en el pueblo, y además gusta de acostarse con mujeres. Así que Álex lo tiene todo para concentrarse en su escritura: la paz del pene, el remanso del espíritu, y el silencio de los corderos.



    Pero los dioses son caprichosos, y juguetones, y cuando se aburren de sus propios asuntos, ponen su mirada en algún mortal atribulado. En Ficción, para reírse un poco del pobre Álex, le hacen coincidir en su monacato provisional con Mónica, que es una mujer preciosa -y una violinista precisa- que ha sido invitada a pasar unos días en casa de Judith. A los dos les basta una mirada para enamorarse, y una sola conversación para saber que su amor será imposible. Mónica está casada, es monógama, y permanece fiel bajo cualquier circunstancia. Hace unos años se hubiera llevado a Alex al huerto ecológico de la parte de atrás, pero ahora es una mujer madura y responsable. Y Álex, que a veces nota la duda en su mirada, que podría insistir para forzar un poco la situación, recuerda en cada beso guardado, en cada mirada huidiza, en cada mano encogida, que tiene un hijo de meses que ha nacido allá abajo, en Barcelona, para redimirlo de sus faltas. 



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