El ciudadano ilustre

El ciudadano ilustre de la película es Daniel Mantovani, argentino de cuna y premio Nobel de Literatura. Un escritor que lleva años sin producir nada valioso, y que un buen día, llevado por la nostalgia, y tal vez por el afán de inspiración, acepta una invitación de las autoridades para regresar a Salas, su pueblo natal, a muchas leguas al sur de Buenos Aires.

    Mantovani vive afincado en Barcelona, y hace décadas que no pisa el terruño donde pasó su infancia y juventud. Como cualquier persona con inquietudes que nace en un pueblo perdido de los páramos, o de las serranías, Mantovani hizo un día la maleta y buscó la gloria literaria en otros ámbitos más propicios, en otras compañías más ilustradas. Sin embargo, nunca ha abandonado mentalmente sus orígenes. Su literatura entera vive de los recuerdos de ese pueblo agropecuario, polvoriento, como un Macondo sin selva que viviera expuesto a los cuatro vientos. Al aceptar la invitación quizá piensa que le debe una visita a sus recuerdos,  y a sus ancestros enterrados, antes de entregarse a la  lánguida vejez muy lejos de allí.



    Aunque algunos de sus paisanos no saben leer, y la mayoría de los otros no ha leído ninguno de sus libros, Mantovani es recibido como un prócer de la cultura, como un héroe de las letras bonaerenses. Le invitan a dar charlas, a impartir magisterios, a ejercer incluso de jurado en concursos locales. Le pasean por las calles en un coche de bomberos como a un futbolista que hubiera ganado la Copa de Europa, o la Copa Libertadores. Le invitan a comer asado argentino por aquí y por allá. Hasta una jovenzuela de muy buen ver se le cuela en el hotel dispuesta para el amor, arrobada por su literatura, seducida por sus canas de intelectual. Mantovani, por supuesto, se siente halagado con tanta lisonja a su arte, y con tanta caricia a su cuerpo, pero a los pocos días de estancia, el hombre ilustre, el hombre homenajeado, empieza a comprender que ha cometido un terrible error. Dice el refrán que uno es de donde pace, y no de donde nace, y Daniel Mantovani, que lleva años paciendo en otros prados, ha nacido para poner su nombre en el libro de firmas. Y no es que se crea superior a nadie, ni especial en nada. Sucede, simplemente, que no se reconoce en el paisanaje. Que se pierde en los rostros, que se abisma en las conversaciones, que se siente extranjero en su propio hogar. A los dos días la gente le empieza a caer gorda, y el sentimiento se vuelve poco a poco recíproco. Mantovani nació en Salas, pero no pertenece a Salas. Sufrió, como tantos otros, el desvío postal de una cigüeña que volaba borracha o despistada.


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