Con faldas y a lo loco

Las películas como Con faldas y a lo loco siempre las veo con un diablillo sentado sobre mi hombro. Un miniyo mal afeitado, y de gesto sombrío, que compra entrada y palomitas cuando la película es un clásico venerado. Cuando suenan las fanfarrias de los viejos estudios, el diablillo trepa por mis entrañas, se sienta al lado de mi oreja, y empieza a tocarme, figuradamente, las pelotas.  Él sólo viene a reírse, a sacar defectos, a soltar maldades. Viendo Con faldas y a lo loco me ha repetido diez veces que algunos gags se han quedado desfasados, y que los señores travestidos ya no arrancan las carcajadas del respetable. Que es intolerable, además, en los tiempos que corren, hacer comedia con unos personajes que se pasan el día pellizcando el culo de las señoras, y que luego soportan sus desplantes, o sus bofetones, con la sonrisa bobalicona de quien cree encontrar una gata salvaje y respondona. A veces, mi diablillo, tiene un ramalazo muy feminista; y yo, a veces, por supuesto, tengo que darle la razón.




    Mi diablillo es un nihilista de las películas antiguas, un iconoclasta del cine clásico, y quiere que yo exponga aquí sus argumentos para que me fustiguen los ortodoxos, y me bostecen los heterodoxos. Es tan malintencionado, y tan cabroncete, que me ha llegado a susurrar que los pechos de Marilyn Monroe no son simétricos del todo. Que aun sabiendo que, en puridad, nunca existen dos iguales en la naturaleza, uno de los de Marilyn apuntaba más o menos hacia delante, y el otro, ya no sé si el izquierdo o el derecho, erraba el tiro en un ángulo evidente y mensurable. El diablillo me ha tirado de la oreja cuando ella se vestía para cazar millonarios, o cuando cantaba I wanna be loved by you con esa transparencia de vértigo en el hotel Ritz. He tenido que decirle por dos veces que sí, que tenía que razón, pero que no eran sus pechos, sino los vestidos, que se los ponían tan ceñidos que de puro oprimirlos los dislocaban. Y el diablillo, viendo que yo no estaba muy receptivo a sus apostasías, y que tratándose de Billy Wilder casi siempre hago oídos sordos a su quejas, se ha quedado callado el resto de la película, tomando notas misteriosas en su cuadernillo. Sólo al final, en las persecuciones tontorronas del hotel, ha vuelto a suspirar irónicamente. Había ahí mucho slapstick, mucho resbalón, mucho encontronazo tonto para regocijo de las mentes simples. Y yo le he sonreído de soslayo. 


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