Yo, Daniel Blake

El proletariado británico lleva años sufriendo una campaña de difamación en los medios de comunicación. Concretamente desde que Margaret Thatcher decidió que la fiesta se había terminado, y que ya estaba bien de que los trabajadores cobraran sueldos decentes y luego se echaran a la bartola los fines de semana. Panda de vagos, y de vividores. Lo explica muy bien el periodista Owen Jones en su libro La demonización de la clase obrera. Cada pillastre que cobra irregularmente un subsidio de desempleo, o una pensión por incapacidad laboral, es aireado en la prensa amarilla, o en los telediarios paniaguados, como la enésima confirmación de que todo trabajador esconde en su interior a un pícaro español del Siglo de Oro. Y claro, el votante medio se solivianta, y los ancianos conservadores refunfuñan, y los imbéciles toman la excepción por la regla, y cada vez que llegan las elecciones gana un partido político que propone más recortes sociales y darle más estopa al precariado. Que se jodan los parados, como gritó Andrea Fabra en un parlamento que no era precisamente el británico, aunque ella, tan sofisticada y tan burguesa, gaste un cabello rubio muy propio del norte de Europa, algo oxigenado y mechado quizá.



    Es por eso que cuando el pobre Daniel Blake, el carpintero sexagenario, se presenta en las oficinas de empleo a buscar un trabajo, o se planta en los negociados de la seguridad social a que le reconozcan su incapacidad, los funcionarios le vuelven loco y le ponen mil trabas burocráticas. O le obligan a cumplir los trámites por internet para no verle más la jeta y no tener que pasar por el mal trago de denegárselo todo "in person". (Ordenadores, al bueno de Daniel, que sólo los conoce de verlos en sus oficinas, y siempre por el culo).
    El sistema no es caótico, ni kafkiano, como pudiera pensarse en una primera lectura. Daniel Blake no es un Josef K. perdido en los vericuetos británicos del siglo XXI. El sistema está perfectamente diseñado para disuadir al solicitante: para aburrirlo, marearlo, desesperarlo en su empeño. Conseguir que el Estado se ahorre unos buenos dineros que luego gastará en cualquier otra gilipollez. En cualquier cosa, menos en ayudar a estos jetas que se aprovechan del contribuyente. Pero estos jetas, como bien explica Owen Jones en su libro, sólo se llevan el chocolate del loro. Las migajas del presupuesto. Pero qué bien les vienen, a los gobernantes, para demonizar a todos los demás currantes sin recursos. A los obreros honrados como Daniel Blake, o a las madres solteras como su vecina Katie. Que se jodan todos, seguro que también piensa algún político muy bien trajeado del Parlamento Británico. Uno que seguramente no vive en Castellón, pero que tal vez veranea por allí. 



2 comentarios:

  1. Mira es para lo único que si somos Europeos, al obrero lo joden lo mismo aquí, que en la democrática Bretaña, pero ya sabes España va bien.
    https://youtu.be/kC9Ott_C44o

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    1. Querrían exterminarnos, a los pobres. Pero como no pueden, porque nos necesitan, se conforman con putearnos. Como al pobre Daniel Blake. Un saludo.

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