Westworld

Westworld es un parque temático enclavado en el mismísimo Monument Valley donde John Ford rodaba sus películas de vaqueros. Los turistas, muy selectos, pagan una pasta gansa por vivir la experiencia única del Far West: caminar por la calle polvorienta armados de pistolas; entrar en el saloon dando una patada a la puerta batiente; presumir de asesinatos ante el barman calvorota que sirve whisky peleón. Liarse a hostias con el primer desafeitado que cruza la mirada y luego curar las heridas con las prostitutas que esperan solícitas en el primer piso.



    Westworld también ofrece otras actividades lúdicas a sus clientes, como ir a buscar oro con los mineros, o adentrarse en las tierras salvajes de los indios, pero los turistas, en su mayoría, prefieren quedarse en el poblado a descerrajar tiros y luego echar un polvo para aliviar la tensión. Alguno podría pensar que para este viaje no hacían falta tantas alforjas: que total, para disparar un arma, y satisfacer los bajos instintos, existen mil sitios en el mundo real que son más baratos que esta recreación casi almeriense de los poblachos ultramisisipianos. Pero no es lo mismo: la gracia de Westworld es que allí no rige ninguna ley -como casi no regía en el Far West original-, y que el turista, básicamente, puede hacer lo que le dé la gana con sus residentes, que no son actores contratados como en el Tren de la Bruja, o como en la Casa del Terror, sino robots de alta tecnología que se prestan a cualquier abuso porque están programados para la indefensión, y además van armados con revólveres de fogueo.



    Westworld, aunque haya alcanzado la pericia biónica de los Nexus 6, y cuide los detalles al máximo para que ningún friki pueda quejarse de inexactitudes históricas, en realidad es un asco de sitio donde todo se reduce, esencialmente, a que un turista borracho lo siembra todo de cadáveres y varios operarios salen por la noche con las mulillas a recoger los destrozos, como si de una corrida de toros se tratase. Plasma y arena. Un divertimento chusco y algo cañí. Y lo peor no es eso: lo peor es que Westworld, la serie, tampoco responde a las expectativas que crearon los articulistas en sus foros, y los amigos de morro fino en sus recomendaciones. Será que estoy viviendo una mala época, o que la serie me ha entrado por un mal sitio del ojete. No lo sé. Llevo tres episodios reprimiendo los bostezos y al final he decidido bajarme del caballo. Me quedaban otros siete episodios por cabalgar, y otros diez de la segunda temporada que ya están anunciando a bombo y platillo. Demasié para mi body, que está hecho de carne molida y huesos muy poco pacientes.
    Supongo que en los próximos fascículos la conciencia se irá abriendo camino entre los robots como la vida se abrió paso en aquel otro negocio desastroso de Parque Jurásico. Supongo que en algún episodio intermedio, dada la rebelión incipiente de los sirvientes, los responsables de Westworld enviarán al teniente Deckard para dar caza a los díscolos que reclaman encontrarse con su creador. Supongo que esta mezcla extraña entre las 800 balas de Alex de la Iglesia y la Ex Machina  de mi amada Alicia Vikander terminará como el rosario de la Aurora, y que quizá, como me siguen asegurando los entusiastas, los últimos episodios merezcan mucho la pena. Pero son muchas millas las que me quedan para llegar hasta allí, y el paisaje, por lo que adivino en el horizonte, va a ser igual de aburrido. Tiros a mansalva, diálogos grandilocuentes, personajes indescifrables... Sólo la belleza de Evan Rachel Wood -que es tan hermosa que te funde los plomos metafóricos- me distraía de la realidad amarga que me oprime el pecho. Quizá no era el momento de ponerse a ver Westworld. A veces no falla uno, ni la serie, sino el contexto. 



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