Que Dios nos perdone

Que Dios nos perdone, sí. A todos. Porque todos somos, en último término, irascibles. Sapiens violentos. Monos que vamos por ahí armados con el fémur cachiporril de 2001. A unos se les nota mucho porque lo llevan en la cartuchera, o sobre el hombro, o la blanden contra los manifestantes. Otros lo llevan en el gesto, en el insulto, en la actitud macarra de quien va meando cada esquina y cada papelera. Incluso nosotros, usted y yo, los autodenominados civilizados, que somos gente de paz y de bien, llevamos un garrote metido en el culo, en un por si acaso, y del mismo modo que al salir de casa nunca olvidamos las llaves ni la cartera -y ahora, en los últimos tiempos, ni el teléfono móvil- tampoco olvidamos la cachiporra que tenemos metida en el paragüero, y siempre caminamos envarados, dándonos un aire serio y respetable que en realidad sólo es el troncho que nos endereza la columna, porque nunca se sabe qué charca habrá que reconquistar, ni qué monolito descenderá sobre el camino.



    Esto es, más o menos, lo que viene a decir Que Dios nos perdone, la película de Rodrigo Sorogoyen: que la ira viene de serie, implantada en nuestro motor, y que es un vómito oscuro, desagradable, que a veces nos desborda las entrañas en un eructo involuntario. La mayoría de las veces, por fortuna, se nos queda dentro, y sólo es un regusto amargo, un reflujo digestivo, y la mierda no llega al río. Así somos los monos más afortunados, los que nunca nos metemos en líos. Los que sublimamos el instinto viendo deportes en la tele o matando marcianitos en el ordenador. La gente buena. Pero otros congéneres no tienen tanta suerte. Algunos nacen tarados del culo y la ira les conduce al macarreo, al maltrato, al crimen. Al lado bueno de la ley incluso, como los dos policías de la película, pero con la vida destrozada de tanta mala hostia almacenada. Unos dicen que por culpa del ADN, y otros que por culpa de una infancia devastada. Da igual: no queremos verlos ni en pintura. Renegamos de estos personajes. No tienen justificación. Pero no están tan lejos de nosotros. Somos de la misma especie, de la misma carne. Que los dioses, que nos hicieron así, nos perdonen.


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