Loving


En la Alemania de Hitler, antes de que los ideólogos y los gerifaltes decidieran asesinarlos en los campos de concentración, los judíos eran "tolerados" en la vida social y económica bajo unas leyes muy restrictivas que tomaron el nombre de la ciudad de Núremberg, que era el enclave histórico donde los nazis montaban su parafernalia anual de banderolas y desfiles marciales. Ésa que la cineasta Leni Riefenstahl retrató en El triunfo de la voluntad, un documental tan hermoso como perverso. Tan hipnótico como deleznable.
    Entre otras cosas muy variopintas, las leyes de Núremberg impedían el matrimonio mixto entre arios y judíos, y para que no quedaran muchas dudas al respecto, detallaba, en unos esquemas muy mendelianos, casi como de clase de ciencias naturales, qué era exactamente un judío genético, y dónde empezaba el peligro de contaminación sanguínea y el riesgo de dar con tus huesos en la cárcel si te cruzabas y luego te entrecruzabas con quien no debías.



    Pocos años después, los nazis se embarcaron en una guerra que finalmente no pudieron abarcar, y los altos cargos que en 1945 todavía quedaban de pie fueron juzgados, simbólicamente, para cerrar el círculo de sus crímenes, en la misma ciudad de Núremberg donde celebraban sus pompas y circunstancias. Entre los vencedores que los juzgaban, había magistrados que vinieron de Estados Unidos para dar un ejemplo al mundo de rectitud moral, y de compromiso con el bien y con la libertad. Lo más curioso es que allí, en su país, en los estados del Sur que perdieron la Guerra de Secesión pero seguían legislando lo que les salía de sus blancos cojones, seguían vigentes las leyes Jim Crow, que en cuestiones de pureza racial, de apartheid genético de la población negra, poco se diferenciaban de las que habían regido la vida sexual de los judíos europeos. Unas leyes que fueron abolidas en una fecha tan tardía como 1964, casi treinta años después de que los nazis aprobaran las suyas tan parecidas. Unas leyes denigrantes que impidieron al matrimonio Loving vivir en su estado natal de Virginia durante diez años, so pena de cárcel, pues ella era negra, y él blanco, y sus tres hijos mulatos eran considerados tres bastardos jurídicos que ofendían la mirada de las gentes de bien, inmaculados del Mayflower o de su puta madre que presumían de genes tan blancos como la nieve. Unas leyes, las Jim Crow, que uno, que presume de lecturas y de cultura, tuvo que consultar de reojo mientras veía la película que nos ocupa, pues dudaba de que tales cosas hubieran existido en un momento tan avanzado de nuestra modernidad. Uno sabía de los asientos del autobús, de los retretes distanciados, de las mesas separadas en los restaurantes... Pero no de la prohibición expresa del matrimonio interracial. Y boquiabierto, se quedó. Qué bien han sabido tapar los americanos sus miserias y sus vergüenzas, en la cinematografía patria que los vendió al mundo como un modelo a imitar. 



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