Ladykillers

Que dos mentes privilegiadas para escribir guiones cayeran en el pecado mortal de hacer un remake, nos hizo comprender que los hermanos Coen, cuando emprendieron la adaptación de Ladykillers, se habían tumbado a la bartola, o se habían quedado sin ideas. O vieron una comicidad particular que podían trasladar al profundo sur americano, donde el río Mississippi riega los campos y a veces siembra las tontunas. Y les salió una película divertida, de las suyas menores, con mucho personaje estúpido que lleva pintado en la cara su destino funesto. Ladykillers no es una mala película, pero tampoco es buena, y te deja varias veces a media sonrisa, y echa mano de escatologías impropias para el currículum, y uno, tantos años después, que encontró la película por casualidad en los canales de pago tras la resaca futbolera, todavía se pregunta qué necesidad había de volver a rodar El quinteto de la muerte, que ya era una obra modélica, un clásico venerado. Quién iba a superar la malevolencia de Alec Guinness o la cara de tonto que tenía Peter Sellers haciendo sus pinitos. Los remakes son para los cineastas sin recursos, para las productoras sin argumentos. Pero no para ellos, los hermanísimos, que tanto habían demostrado, y tanto demostraron después.



    Sucede, además, que los Coen olvidaron una de las leyes fundamentales sobre la estupidez que enunciara Carlo Cipolla: que los estúpidos, amén de ser muy abundantes, muy pocas veces aparentan su condición. Viven camuflados en cualquier actividad humana, en cualquier clase social, en cualquier rincón de nuestra vida cotidiana. Puede ser el camarero que nos sirve el café o el jefe que nos espía por las esquinas; el contertulio con el que hablamos de fútbol o el doctor en Filosofía que diserta en la radio sobre la modernidad. O nosotros mismos, incluso, que vagamos en la ignorancia de nuestro yo más profundo. Pero no todos somos estúpidos, porque si no, la definición no tendría sentido. Es en ese conflicto soterrado que mantenemos con ellos, o que los cuerdos mantienen con nosotros, donde los Coen construyeron sus películas inmortales. Estúpidos que triunfan a pesar de todo, o que terminan pegándosela después de ponerlo todo patas arriba. Nicholas Cage en Arizona Baby; Tim Robbins en El gran salto; Willian H. Macy en Fargo. Pero en Ladykillers todos los personajes son imbéciles, y se comportan como tal, y además ponen caras de gilipollas todo el rato, y es como si uno estuviera viendo un sainete, una broma entre cuatro amigos que parecen algo tarados, y no la lucha secular entre los estúpidos y los inteligentes que lo mismo sirve para construir las grandes tragedias que las grandes comedias. Y Ladykillers, ay, no lo es.


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