Jackie

Los ricos también lloran. Y también pierden a sus seres queridos: en hospitales privados, en accidentes de esquí, en magnicidios que recogen los libros de historia. Pero los pierden. En eso, y en lo de ir a cagar y a mear varias veces al día, somos todos hermanos. Miembros de una iglesia que camina al encuentro del Señor. Roca. Seres dolientes que unen las manos en la fraternidad de la pérdida. En todo lo demás -y lo demás es mucho- somos dos especies de homínidos que llevan vidas paralelas, en ecosistemas separados por bosques y por autopistas, y sólo de vez en cuando nos juntamos para ver el mismo partido de fútbol en el estadio, o para aparearnos con una señora muy guapa, o con un señor muy majo, cuando las barreras sociales ceden al impulso irrefrenable del amor. Que a veces pasa.



    Una película sobre la vida de Jacqueline Bouvier-Kennedy-Onassis-Blablabla sería, para el proletario cinéfilo, para el pobretón que a duras penas se costea la entrada de cine o el Movistar + en el salón, como asistir al National Geographic de una neoyorquina que se crió en lujosas mansiones, cabalgó caballos de alto linaje, estudió en universidades prestigiosas de los andurriales y conoció a su futuro marido en una fiesta de alto copete donde se daban cita los aristócratas, los ricachones y los mafiosos vestidos para la ocasión. En una película así, biográfica en el sentido estricto de la palabra, sentiríamos una antipatía visceral por el personaje de Jackie Y-Todo-Lo-Demás, que fue una gran pija que siempre vivió a años luz de nuestras preocupaciones terrenales. Como aquella María Antonieta que se asomaba a las ventanas de Versalles y miraba sin comprender a la chusma que se manifestaba. Ni siquiera Natalie Portman -tan hermosa, tan madura, tan mujeraza ya en su sempiterna juventud- sería capaz de sostener una película que nos contara los milagros de esta mujer que fue acumulando apellidos tan ilustres como hacedandos.
    Es por eso que Pablo Larraín y sus guionistas, que son tipos inteligentes que conocen nuestra belicosa predisposición, se centran únicamente en los días posteriores al asesinato de JFK, en los que Jackie, despojada de pasado y de futuro, ya sólo es una mujer doliente, valiente a su manera, que trata de recomponerse del trauma mayúsculo. Una viuda como otra cualquiera que recompone el gesto para organizar un entierro a la altura de su marido y minimizar el dolor que puedan sentir sus hijos pequeños. Y así, gracias al milagro del cine, y al otro milagro de las neuronas espejo, esta pija ilustre ya no nos cae como una patada en el culo a los bolcheviques de la vida, y vemos en ella a cualquiera de nuestras madres que también se quedaron sin marido, y que también tuvieron que apechugar con la pérdida y con las circunstancias de la pérdida. Con los trámites y los papeleos. Los lloros y las enterezas. La compostura y la flojera de piernas.





Sacerdote: Hay un momento en la búsqueda del sentido de vivir en el que uno se da cuenta de que no hay respuestas. y cuando caes en cuenta de esa horrible e inevitable comprensión, o la aceptas o te suicidas. O simplemente dejas de buscar. He vivido una vida bendecida. Sin embargo, cada noche, cuando me meto en la cama y apago las luces, y observo la oscuridad, me pregunto: "¿Es esto todo lo que hay?" Cada alma en este planeta lo hace. Después amanece, nos levantamos y nos hacemos un café.

Jackie: ¿Para qué nos molestamos?

Sacerdote: Usted lo hizo esta mañana. Y lo hará otra vez mañana. Dios, en su infinita sabiduría, se ha asegurado de que esto sea suficiente para nosotros.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com