En bandeja de plata

El título original de En bandeja de plata es The fortune cookie: la galleta de la suerte. Supongo que en 1967 ningún españolito conocía este invento culinario a no ser que fuera alguien muy viajado al extranjero, porque tal galleta es una broma de restaurantes chinos que por entonces no existían en nuestra geografía, así que los distribuidores decidieron usar la bandeja de plata para hacer metáfora de esa estafa que perpetraban Walter Matthau y Jack Lemmon como dos pícaros de nuestro Siglo de Oro que hubieran navegado los siglos y el océano. La bandeja de plata también era el contexto histórico -y quién sabe si la broma oculta, la disidencia política encriptada en el título- de las perdices que a Franco le ponían a huevo en las cacerías, y los atunes que le arrimaban al Azor para que picaran el anzuelo.  




    En la fortune cookie que el destino tenía preparada para Jack Lemmon puede leerse la sentencia atribuida a Abraham Lincoln: "Puedes engañar a todos algún tiempo; puedes engañar a algunos todo el tiempo; pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo." Y la frase, aunque venía escrita en un papelito ridículo, estalla como una granada en la conciencia de este dubitativo estafador, que siente remordimientos por prestarse a los tejemanejes de su cuñado, esa fuerza de la naturaleza transmutada en picapleitos que no para de urdir estrategias. Inolvidable, Walter Matthau.
    Lemmon quiere abandonar la comedia del inválido con dolores: levantarse, dar brincos, coger objetos con las dos manos, pero en el último momento, cuando el plan parece condenado al fracaso, el cuñado le susurra al oído la palabra mágica: sexo. Si sigues fingiendo -le dice- ganarás miles de dólares con la demanda, y tu ex esposa, que huyó de la vida rutinaria y pobretona que antes le dabas, podrá regresar al calorcito del bienestar recobrado. Y Lemmon, que no deja de ser un hombre con su orgullo, con su testosterona que le nubla el pensamiento, se engaña a sí mismo, y vuelve a verse como un galán merecedor de los favores de su ex mujer, que en realidad es una lagarta bastante guapa y bastante independiente que lo tiene por un mequetrefe y por un tontaina. En el restaurante chino había otra galleta de la suerte que encerraba la siguiente sentencia: "Puedes engañarte por entero, mucho rato, si vas por ahí presumiendo de hombre irresistible, pero al final la vida te va a poner en tu sitio". A Lemmon no le tocó tal galleta en el menú, y tuvo que llevarse un desengaño como una hostia para comprender la estupidez de sus pretensiones.


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