Toni Erdmann

Los cinéfilos como yo, que estamos a medio camino del crítico sesudo y del populacho sin criterio, que lo mismo celebramos un spin-off de Star Wars que la última maldad de Michael Haneke, somos una especie de pegamento que une los dos extremos irreconciliables. Los tipos como yo nacimos en provincias alejadas, desperdiciamos la juventud en tonterías, nos ganamos el jornal en cosas muy alejadas del séptimo arte, y nos hemos quedado a vivir en un barrio cinéfilo que no tiene los chalets de la aristocracia ni los pisos mugrientos de la plebe. Somos la clase media que un día soñó con escribir en revistas, con publicar en periódicos, con hacer crónicas de los grandes festivales y vivir de la gran pasión que anima nuestras vidas, y que nos salva de la desesperación. Y a veces, incluso, de la desaparición. Somos la burguesía ni fu ni fa que se quedó en el intento porque los genes no acompañaron, y las circunstancias tampoco, y ahora vivimos en una especie de limbo, de tierra de frontera, donde a veces nos damos ínfulas de  ilustrados analfabetos. De incultos con pretensiones.



    A veces le damos la razón a los gurús de la cinefilia -esos suertudos del carajo que nos quitaron el puesto y la vocación- y nos sentimos partícipes de su gusto exquisito, de su formación contrastada, y celebramos con ellos el último éxito del cine iraní, o la última rareza del cine islandés, mientras el proletariado brama contra esos ejercicios de la pedantería, o vive tan feliz sin saber que tales películas existen, todo el día hozando entre la mierda del mainstream. Disfrutando esas películas nosotros nos venimos arriba, los de la middle class, y nos sentimos partícipes de un círculo muy exclusivo. Pero luego, ay, llegan películas como Toni Erdmann que nos ponen en nuestro sitio. Que nos recuerdan que somos unos advenedizos de la cultura, unos farsantes de la intelectualidad.  Películas como Toni Erdmann que los críticos aplauden al unísono, sin excepción alguna: que ponen por las nubes, que califican de obra maestra, de clásico instantáneo. Tonto el que no lo vea, imbécil el que no la comprenda. Insensible, el que no se regocije.
    Y uno, que venía muy subidito de éxitos anteriores, muy cultureta con sus gafas de concha y su blog de cinefilias y cinefobias, se pone a ver Toni Erdmann y a los veinte minutos piensa: "No me río una mierda, como me anunciaban, pero ya arrancará..." Y a los cuarenta minutos piensa: "Sigo sin reírme. Sin pillarle la gracia. Pero es que estoy muy cansado, muy pensativo de otras cosas..." Y a la hora clavada se descubre dormido, con la babilla resbalando por el mentón, y decide trasladar la cita con Toni Erdmann al día siguiente, a ver si hay más suerte, y más tiempo disponible, porque además la peli se las trae, con casi tres horas de metraje. Y al día siguiente uno se toma dos cafés, y cancela las citas, y crea la atmósfera propicia, y vuelve a seguir al señor Toni Erdmann en sus locas aventuras por Bucarest, con los dientes postizos, y sus aires de jamado, y sus ocultas intenciones, y al cuarto de hora uno se rinde, ya cautivo y desarmado, y comprende que esta vez no va a estar a la altura de los grandes críticos que sí supieron ver el arte, el misterio, el salero y la gracia de estos alemanes hieráticos. Esta vez uno no tiene más remedio que aliarse con la plebe, y descojonarse de esta película que pretendía descojonarnos a nosotros. Un producto de qualité que no se hizo para la boca del asno. Quizá. O tal vez un despropósito, una tomadura de pelo. Así opinan todos en la taberna del pueblo, los de la boina y los del palillo en la boca, y yo, esta vez, estoy medio borracho con ellos. 



2 comentarios:

  1. Pero que necesidad hay de que te guste algo que los gurús dicen que es la repanocha, pues sino te gusta ya está, me imagino que si que hay cosas de una película que no son discutibles como vestuario, fotografía, efectos especiales.... Pero el argumento o te llega o no te llena no hay más y ya lo puedo decir el Papa Francisco. Yo es que debo ser muy anarquista en esto de las ideas y como ya peino canas la verdad ni me importa lo que piensen o lo que les gusta a los demás lo mismo que yo no me justifico en lo que a mi me gusta o cuáles son muy ideas, no tengo necesidad de pertenecer a ningún grupo ni que me admitan en su acalarre porque además con la edad creo que a los grupos se pertenece por dos razones una la soledad y es una manera de estar integrado y otra por ególatra y te encanta ser el que más sabe escucharte hablar que los demás lo repitan como un mantra y si no piensas lo mismo que los expertos desciendes a primaria porque claramente tu no tienes ni puta idea.Yo como la dolescencia ya la deje atrás hace lustros pues si está película no hace ni puta gracia pues ya está no hay más vueltas digan lo que quieran los expertos, esto es lo mismo que cuando una película gana 200 Oscars tiene que ser buena por cojones pues Land Land o Titanic para su puñetera madre. Yo creo que llegaremos a ser una raza superior no cuando un hombre un voto nooooo cuando cada uno tenga realmente su propio pensamiento sin estar atado a nada más y pueda decir en alto esto es una mierda porque aunque sea de provincia hostia mira tu tengo opinión y pensamiento y me creo que cuando voy por mi pequeña calle paseo con la cabeza bien alta como si pisara la Castellana. Porque ellos dirán qué de Madrid al cielo pero desde las pequeñas provincias al infinito. Coñoooo ya con que somos mas pequeños.

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    1. Gracias por participar. Un saludo. Y vivan las provincias...

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