La red social

En un momento dado de La red social, cuando Facebook todavía se llamaba The Facebook y el invento aún no había traspasado los ámbitos universitarios, Dustin Moskovitz, informático y accionista de la empresa, le pregunta a su amigo Zuckerberg por el estado sentimental de una compañera a la que quiere conquistar con el camino despejado, sin que un novio musculado se interponga en el camino para romperle la jeta.
    -No lo sé -le responde Zuckerberg-. No la conozco lo suficiente. Las chicas no van por ahí con un cartel de "Disponible" o "No disponible"...
    Y en ese mismo instante, sin llegar a terminar la frase, traspasado por el mismo rayo de lucidez que electrocutó a Arquímedes en su bañera, Zuckerberg comprende realmente qué es Facebook, su querida criatura: una herramienta para ligar. Un propósito simple, diáfano, casi estúpido en su obviedad, pero de una trascendencia brutal. En una transustanciación inmediata, Facebook dejará de ser un divertimento estudiantil para convertirse en el siervo tecnológico del dios Sexo, que todo lo decide y todo lo impele desde su atalaya. Zuckerberg se sabe de repente millonario, y casi demiurgo de nuestras voluntades.



    La evolución sustituyó nuestras pelambreras de chimpancés por vestidos que ocultan nuestros deseos, y los gritos de macacos por gestos muy educados que disimulan nuestras intenciones. La sexualidad humana es un sudoku indescifrable de quiero pero no puedo, puedo pero no quiero, tal vez te acepte si lo intentas otra vez o como des un paso más te pego un bofetón que rebotas contra la pared. Los ojos de la gente siempre mienten, cantaban Golpes Bajos. Y más todavía sus palabras, que se inventaron precisamente para eso, para confundir, y no para comunicar. Hay que ser muy inteligente, o muy ducho en la materia, para saber quién está de verdad interesado o quién está cruzando simplemente una mirada de simpatía o de respeto. Es ésta una sabiduría muy arcana, muy filosofal, reservada en exclusiva a a los grandes sacerdotes del ligoteo, que son los dueños de la noche y de la madrugada. Como los monjes medievales fueron en su tiempo los reyes del mambo porque sólo ellos sabían leer y escribir. Los demás, en las cuestiones del cortejo, caminamos a tientas, medio imbéciles y medio ciegos, y eso fue lo que Zuckerberg comprendió en su segundo definitivo de inspiración. Facebook terminaría con los equívocos de quienes se buscan por internet o por la vida real sin encontrarse.
    Luego, con el tiempo, hemos terminado usando el juguete para jugar al Apalabrados, para compartir gustos, para contar nuestras miserias. Para ver fotos de nuestros sobrinos o reenviar vídeos de gatos que se caen de los pianos... Pero todo esto ya son usos secundarios, desnaturalizados: el reflejo de la inquietud humana -tan simiesca y tan boba-  que cuando se aburre ya no para de enredar. 



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