La La Land

Entré en el cine muy predispuesto a que me gustara La La Land, la película que todo el mundo ha visto ya en la gran pantalla, o en los screeners lamentables que circulan por internet. Venía uno entregado a la causa, rendido de antemano, con la crítica laudatoria ya casi escrita en la cabeza: que si vaya obra maestra, que si vaya carrusel de emociones, que si menudos son los números musicales y tal y cual.
    Todo en los prolegómenos de La La Land parecía promisorio y venturoso. Hace mucho tiempo que vivo enamorado de Emma Stone, la chica de los ojos como platos y la voz como estropajo. Esa mujer de extraña belleza y talento descomunal que cada vez que aparece en pantalla me recuerda que yo nací para vivir entre anglosajonas de piel blanca y cabello rojizo. Hace mucho tiempo, también, que decidí parecerme a Ryan Gosling cuando me haga mayor, y plagiarle el estilo, y los andares, y clavarle esa mirada suya indescifrable, y esa sonrisilla suya de picarón, cuando yo alcance una cierta madurez, y una cierta prestancia, y se me vayan las lorzas al garete, y se me repueble el cabello, y se me reordenen las facciones en un milagro inédito de la ciencia. Y luego estaba el señor Chazelle, dirigiendo la función, que es un tipo al que idolatro desde su Whiplash memorable. Y el hecho, también, de que La La Land sea una película musical. y yo sea un converso a este género que antes odiaba con toda mi saña, porque me parecía risible, ridículo, que hombres y mujeres se lanzaran a cantar en mitad de las calles, como trastornados o como gilipollas, pero que ahora me creo a pies juntillas, los arrebatos y los bailoteos, porque he comprendido que la vida es en sí misma una aventura musical, cómica o dramática según las circunstancias, y que lo cierto es que siempre suena una canción en nuestros adentros, una melodía, una fanfarria, una balada de amoríos, y a veces nos sorprendemos a nosotros mismos tarareando y moviendo los pies como Gene Kelly en sus películas, trastornados y gilipollas al mismo tiempo.



    Pero empieza La La Land y noto que mi predisposición va muy por delante de mi juicio. Emma Stone sale radiante, y Ryan Gosling reluce irresistible, y el señor Chazelle se marca unos virtuosismos muy chulos y originales con la cámara. Hay amor, risas y bailes. Sueños y decepciones en la ciudad del La, La, La  que no es el Madrid de Massiel, sino la ciudad de Los Ángeles donde nunca se pone el sol, y cuando se pone, las raras veces, todo el mundo busca una vista maravillosa para darse unos picos y meterse un poco de mano. Pasan los minutos y La La Land se me escurre entre los dedos. Quiero amarla, disfrutarla, sentirla en las vísceras como el peliculón que yo presumía en los prolegómenos, pero no puedo. Y poco a poco me voy decepcionando, y me voy escurriendo en la butaca. Todo es irreprochable en la película, pertinente y muy bonito, pero hay una intención tontorrona que lo tiñe todo de cursilismo. O eso me pareció. Le falta mucha mala follá, a La La Land. Su historia es un cuento para adultos, pero un cuento al fin y al cabo. En el fondo es amable, predecible, muy poco profunda.
    Y además, para más inri, dos vejestorios que se aburrían en casa y decidieron ir al cine a dar por el culo, empezaron a aburrirse justo delante de nosotros. Y cuando dos vejestorios se aburren delante de ti, ya puedes ir despidiéndote de la función. El fulano no paraba de moverse en su butaca (¿las cervicales, la próstata, el baile de San Vito?), y la paisana, con un peinado ridículo de ricachona, no paraba de comentar todas las incidencias de la película, diálogo por diálogo: Jum, ay, pobrecita, qué cabrón, ya lo decía yo, ejem, pues vaya, mmmm, jajajá, uy por Dios... Un dar por el culo permanente, ya les decía. Y ya no digo nada cuando llegaban los números musicales, que son muchos y variados, y entre que los dos gilís no parecían entender el inglés, y que los subtítulos se quedaban muy lejos de su presbicia consustancial, estos dos porculadores ya pasaban directamente al diálogo abierto, conyugal, a voz tendida, como si aquello fuera el salón de su casa y no un lugar público donde los demás ya nos cagábamos en su molesta presencia. La La Land. Y Ga Ga Land también.


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