El hombre de las mil caras


Algo falla en El hombre de las mil caras cuando en un momento de la película empezamos a sentir pena por Luis Roldán, ese hombre. Le vemos tan enamorado de su señora -y quién no estaría enamorado de una señora como Marta Etura-, le conocemos tan asustado por su futuro, tan arrinconado en ese piso-zulo de París donde Paesa y sus adláteres lo engañan como a un chino -o como a un laosiano-, que la simpatía empieza a ganarle terreno a nuestra repulsa, y casi dan ganas de levantarse del sofá para besarle la calvorota a este ladronzuelo tan entrañable, que entre la alopecia, la barriga incipiente y la cara de tonto que se le va poniendo bien podría ser cualquiera de nosotros, los infortunados de la vida. Pero uno se rehace rápidamente de esta compasión innoble, de este humanismo inadecuado, y vuelve a cagarse en las muelas de este funcionario que arrambló con los dineros públicos, y se llevó la pasta gansa, y lejos de devolver lo robado contrató al hombre de las mil caras para que se lo pusiera a buen recaudo en Singapur.



    Roldán es un chorizo, un delincuente, un chiquilicuatre de la corrupción noventera -nos esforzamos por recordar- y en ese esfuerzo que no debería ser tal nos sentimos incómodos, y algo engañados, porque nosotros veníamos a ver una película de malos muy malos urdiendo sus trapicheos, sus puñaladas por la espalda; el espectáculo siempre fascinante de ver cómo trabajan los fontaneros del Estado y los especuladores del sistema, que son tipos que suponemos de hierro, de sangre de horchata, verdaderos "nasíos pa' robá" que tienen su aplomo y su prestancia. Y cuando nos encontramos al hombre que duda, que llora, que casi se arrepiente de haber metido la mano en la caja -que es tan débil y tan poca cosa como cualquiera de nosotros- nos sentimos un poco contrariados. Nosotros veníamos a ver hombres muy hombres, decididos, el reverso tenebroso de nuestra triste figura, y nos encontramos con un Luis Roldán abrazado a su maletín de no-secretos como un niño se agarra a su cartera escolar. Y a Francisco Paesa, el verdadero protagonista de la película, viviendo de prestado en un chalet de Las Rozas como si la dueña le hubiera puesto un piso de mantenido, y no al revés. Está visto que incluso los ladrones, y los liantes de altos vuelos, tienen poco glamur en nuestro país.



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