Tarde para la ira

Si la venganza, como dicen los cocineros más afamados, es un plato que ha de servirse frío para conquistar los paladares, el ajuste de cuentas que prepara Antonio de la Torre en Tarde para la ira es un producto que dejará satisfechos a los gourmets más exigentes. Un mazacote ultracongelado hecho de bilis, rencor y mala hostia que lleva ocho años esperando su oportunidad junto a los guisantes y las croquetas que son el pan nuestro de cada día. Mientras llega el día del despiporre y de la última descojonación, Antonio de la Torre mata los días jugando a las cartas, tonteando en internet, cuidando a su padre postrado en el hospital. Y, sobre todo, como un sereno diurno de los antiguos, rondando el bar donde algún día habrá de toparse con el objeto hijoputesco de su rencor, y dar rienda suelta a los bajos instintos de su lupara, que también lleva ocho años conteniéndose las ganas y los tiros.
    Con la vida resuelta, la novia que no llega, y los hijos en el limbo, nuestro ángel justiciero no tiene más que cabras que ordeñar que sentarse en la terracita del bar -o en el taburete de la barra si hace mucho frío- y  esperar a que el Ministerio de Justicia, o el Ministerio del Interior, o el de su puta madre que lo parió, mueva ficha y rompa la calma chicha de esta venganza que nunca termina de concretarse. Antonio de la Torre vive la no-vida de quien en realidad está invernando como un oso en su madriguera, y aunque parece un hombre normal que tiene los ojos abiertos y los oídos atentos, su mente está en dos sitios muy alejados del presente, y en los dos al mismo tiempo, como una partícula subatómica sometida a las leyes de la mecánica cuántica. En un extremo del tiempo, nuestro protagonista rememora continuamente el momento traumático, luctuoso, que acabó con su vida de tipo normal y corriente; en el otro extremo, anticipa con regocijo ese día en el que habrá de disfrazarse de San Pedro de Puerto Urraco para dictar la única sentencia válida y razonable. Lo demás es un tránsito, una sala de espera, un espacio vacío. Y una película cojonuda. 



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