Los fabulosos Baker Boys

La película se titula Los fabulosos Baker Boys, que son dos hermanos que se ganan la vida interpretando rancias canciones de amor. Pero fabuloso, lo que se dice fabuloso, aquí sólo hay un hermano. El otro, el mayor, es un tipo bajito, gordinflón, de calvicie prematura. Un hombre derrotado por la vida que traiciona su música, su arte, su dignidad incluso, por ganar un puñado de dólares en garitos de viejos con sonotone, o de idiotas sin devoción. Frank Baker sólo quiere dar de comer a su familia, y pagar la hipoteca de su casa, y todo lo demás es secundario y negociable. Frank Baker es un tipo vulgar, corriente, sin chicha ni limoná. Un tipo majete e irrelevante como cualquiera de nosotros.




    El otro hermano, sin embargo, al que los dioses miraron de otra manera, es un tipo molón. Los designios genéticos le han hecho más alto, más guapo, más estiloso. Y también más inconformista. Cuando tiene que ganarse las perras junto a su hermano, toca el piano con sonrisa cínica y ademanes distantes. Cumple como un profesional mientras piensa en otra vida más fructífera y edificante. A él le dan por el culo los ancianos, los matrimonios, los asistentes a la boda. El público sin pedigrí. Terminada la función y cobrados los jayeres, Jack Baker busca refugio en los bares de la música incorrupta, donde el muy jodido, transmutado, despojado del frac, toca el piano como un verdadero jazzman, con aire melancólico y pensativo. Es allí donde expone su alma verdadera y dolorida. Se le transfigura la cara, y se le transparentan las entrañas, cuando acaricia las teclas como si fueran los pechos de una mujer, lo que dice mucho de su rica vida interior, y de su exitosa vida sexual. Luego se acomoda en la barra, pide un whisky, fuma con ínfulas de bohemio, y las mujeres van haciendo cola para concertar una cita en su cama. Ni la mismísima Michelle Pfeiffer -el animal más bello de su era geológica- pudo resistirse a tantos encantos reconcentrados. Ella también le sonrió, le insinuó, le acechó en la distancia, pero sin éxito ninguno. Hasta que un día se vistió de rojo ceñido, se subió al piano en un escorzo, y retozó sobre la madera barnizada como una gata en celo. O como una pantera hambrienta.  Y el macho presuntuoso abrió las puertas de su castillo. Nos ha jodido.



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