El fin de la comedia


Un siglo después de que Friedrich Nietzsche proclamara la llegada del superhombre, Matt Groening dibujó al infrahombre definitivo, Homer Simpson, crisol de todos los defectos y estupideces, y enterró para siempre el sueño de una humanidad superada. En aquel huevo interestelar que imaginara Arthur C. Clarke no se acercaba el nuevo hombre trascendido, sino un cerdo con poca pelambrera y escasas luces que se rascaba el culo, se emborrachaba con los amigotes y provocaba accidentes nucleares con su tontuna de trabajador sin cualificar. Un retroceso en toda regla. La desevolución que tarde o temprano nos devolverá a los árboles para rascarnos los sobacos. Nadie que haya leído Así habló Zaratustra se reconoce en ese sujeto que Nietzsche profetizó: demasiado listo, demasiado preclaro, demasiado guapo, incluso, si el libro hubiese venido con ilustraciones. En Homer, sin embargo, todos nos vemos reflejados: a veces un poco -en alguna tontería, en algún pecadillo venial- pero casi siempre mucho, y muy gravemente, en escalofríos que recorren la espina dorsal y que disimulamos con una carcajada que asusta a nuestros propios retoños, que sólo estaban allí para descojonarse con las tropelías y los trompazos de este mentecato sin parangón. Homer es todos nosotros, los hombres débiles, volubles, perezosos, desinformados, manipulables, cobardes, insolidarios, calvos incipientes y barrigudos ya consagrados. El reverso oscuro de nuestra tonta presunción, y de nuestro falso orgullo.



    Digo todo esto porque hoy he vuelto a ver El fin de la comedia, que es una sitcom que nada tiene que envidiar a las series americanas de las que bebe, y he descubierto que el personaje de Ignatius Farray es en realidad un Homer Simpson en carne y hueso, impreso en 3D, como aquel Homer que un día se escondió en el armario para huir de sus cuñadas y apareció en nuestro mundo de manos con cinco dedos. El alter ego de Ignatius es un tipo que también produce escalofríos cuando uno lo ve penar por la vida, con su humorismo sin gracia, su exmujer que lo maltrata, sus vecinos que lo miran mal, sus ligoteos sin happy end, sus meteduras de pata en cualquier lugar y circunstancia. Un tipo gordo, poco agraciado, con mirada de pánfilo o de chiflado según salga la luna, al que no le sirve de excusa tener un gran corazón y buscar siempre la mejor de las intenciones. Ignatius II es un fulano como cualquiera de nosotros, los espectadores decadentes, que lo vemos y lo simpatizamos y nos descojonamos con sus desventuras. Un bípedo implume que al igual que los patos, cada vez que se para a tomar una decisión, deja una cagada en el suelo. 


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