Después de nosotros


Quién puso más, los dos se echan en cara,
quién puso más, que incline la balanza,
quién puso más calor, ternura, comprensión,
quién puso más, quién puso más amor.

    Así reza el estribillo de Quién puso más, la canción de Víctor Manuel sobre la pareja que se desangra entre reproches de amor. Después de nosotros, la película, prescinde de este duelo porque su pareja terminal se nos presenta ya desangrada, como las reses en la carnicería, y en ese aspecto todo parece claro entre los dos (aunque él, Boris, en las apreturas del deseo, todavía sueñe una reconciliación que en verdad ya no tiene ninguna posibilidad).

    El verdadero conflicto entre Boris y Marie es puramente económico, material -o materialista-  y el título original de la película, L'économie du couple, es bastante preciso al respecto. Boris, que es un contratista en paro con deudas que saldar, no tiene más remedio que guarecerse bajo el techo de su futura ex-mujer, que al parecer es una profesional de éxito que siempre ha sido el sostén de la familia. Mientras Boris no gane el dinero necesario para emanciparse, ambos han llegado al acuerdo de seguir compartiendo la vivienda. Pero el roce, la tensión, el desencuentro, son, a la larga, inevitables. ­­­­­­­­­­Con tintes, incluso, de pequeña lucha de clases entre el argelino-francés que no termina de prosperar y la rica oriunda que da continuidad a una estirpe de kulaks.



    El hogar que antaño fue nido de amor se ha convertido en una celda para dos recursos que no se soportan. Dos presidiarios bajo el mismo techo que además han de entenderse en el día a día de sus dos hijas en común: tú tienes razón los lunes, los miércoles y los viernes; yo el resto de los días; y los domingos, discutimos a grito pelado.

    Cindy Lauper, que nació tan lejos de la Asturias de Víctor Manuel, también cantaba aquello de que...

It's all in the past now,
money changes everything


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La versión Browning

Yo tuve un profesor muy parecido al Crooker-Harris de La versión Browning. No enseñaba griego, ni literatura clásica, sino matemáticas del bachillerato. Todo aquel galimatías alfanumérico que la mayoría hemos olvidado por completo, pero que tal vez nos ayudó a estructurar el pensamiento, a asfaltar carreteras de lógica en el cerebro. Los alumnos de Crooker-Harris ya saben de antemano que la gramática griega o la venganza de Clitemnestra también van a evaporarse de su recuerdo, así que asisten a las clases con la desidia improductiva de quien sólo está allí por obligación, para ir cumpliendo el expediente académico.



    Crooker-Harris, en algún momento de su vocación vigorosa, tal vez fue un profesor entusiasta que se creía capaz de transmitir su pasión por los clásicos. Pero tal propósito, y tal actitud, si alguna vez existieron, hace ya tiempo que se fueron por la cloaca de la rutina. En su lugar ha quedado una actitud hosca, casi hostil, de profesor hueso que señala los errores con saña y deja pasar los aciertos sin apenas desgastar los adjetivos. Los alumnos le temen, pero en el fondo le desprecian, y a él, por su parte, hace ya mucho tiempo que sus alumnos se la refanfinflan. Hasta que aparece este chaval, Taplow, que de algún modo inexplicable lo admira, y ve en él lo que los demás ya ni buscan, y un buen día le regala la versión Browning del Agamenón de Esquilo, y el profesor hijoputa, el Hitler de las aulas, el apodado vasija por aquello de los griegos, se deshace en lágrimas como un chiquillo, y se le cae la máscara al suelo, y en su lugar queda el profesor desolado, arrepentido de su proceder, amargado de su carrera ya sin solución.




    Nuestro Crooker-Harris del colegio Marista también era un tipo hiriente, a veces ofensivo, parco en alabanzas y generoso en ofensas. Estricto, exigente, implacable. Un tipo esculpido en metal, robótico, con cables en lugar de venas y un microprocesador de mala hostia en el sitio del corazón. Nos daba miedo de verdad. Pero un día, al final del curso, con la asignatura ya cumplimentada y las calificaciones ya decididas, sin que nadie le regalara la versión Browning de algún tratado matemático, a nuestro Crooker-Harris también se le cayó la máscara al suelo, y en un gesto inesperado, tanto que parecía que lo estuviéramos soñando, o flipando, nos llevó a la sala de audiovisuales para enseñarnos cuál era su pasión verdadera: no el álgebra, ni la aritmética, sino el rock americano de los años 50 y 60. Elvis, y B.B. King, y Jerry Lee Lewis. Nos puso varios discos, nos animó a seguir la música, nos dio nociones básicas sobre el nacimiento del rock and roll. Y sonrió. Era su modo -indirecto, timorato- de pedir perdón por un curso entero de puteo sistemático. Tal vez la confesión de una carencia, de un carácter incorregible. Una manera de reconocer su mala pedagogía.


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Juego de Tronos 7x05

1. Ya nos parecía extraño que Jaime Lannister se hundiera y se hundiera en las aguas del río cuando poco antes, en plena batalla contra los dragones, los caballos de su ejército lo cruzaban sin que el agua les llegara a las rodillas. Los viejos trucos de los guionistas, que ahora los millennials llaman cliffhangers. Salvado está, de cualquier modo, este personaje principal que ningún espectador quiere ver desaparecido.



2. No sé si las relaciones sexuales entre tía y sobrino pueden considerarse, técnicamente, un incesto. Pero son, como poco, incestuosas. Lo que sí tengo claro es que en el caso de Daenerys Targaryen y Jon Snow, la ignorancia exime del delito, si lo hubiese. Ellos son jóvenes, guapos, supervivientes de las mil y una aventuras. Ambos regresaron de la muerte en su momento, ella salvada por su piel incombustible y él resucitado por la bruja Melisandre que luego ejerció de celestina. Cómo van ellos a figurarse que la misma sangre corre por sus venas. Sólo Bran Stark está al tanto de semejante vínculo, un breaking news que cambiaría el entramado de alianzas de los Siete Reinos. Pero Bran está a otras cosas, obnubilado, misterioso, y no parece tener mucha prisa en desvelarlo.



3. El otro incesto, el indudable, sigue al parecer tan productivo como siempre. Los Lannister (se) cabalgan de nuevo.


4. Hemos tardado siete temporadas en saber que la Hermandad sin Estandartes que peregrina sin descanso por el mapa de los Siete Reinos -encabezada por ese actor tan parecido a William Hurt que yo pensaba que era él, aunque sin ser mencionado en los títulos de crédito- iba, en realidad, a combatir a los Caminantes Blancos que siguen su lento avance entre las nieves. Acabáramos, pues.



5. No sé si Lord Baelish es el personaje más hijoputesco que aparece en Juego de Tronos, porque aquí, en ese apartado, en la competencia es tremenda y veterana. Pero su cara de malvado se lleva la palma de nuestro reconocimiento. Su sonrisa ya es historia de la televisión.


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Comanchería

El título original de la película es Hell or high water, que es una frase hecha que viene a decir: "Haz lo que tengas que hacer, no importan las circunstancias". Y eso es, justamente, lo que hacen los hermanos Howard en la película: cumplir con su deber, que en su caso es atracar bancos de medio pelo en los villorrios polvorientos de Texas. No para enriquecerse, ni para buscar el placer del puro delinquir. Simplemente para saldar las deudas que mantienen con su propio banco -curiosa ironía- y romper el círculo eterno de los infortunados de la tierra. Del mismo modo, los rangers de Texas que los persiguen también cumplen puntillosamente con su deber, y en este esquema tan simple de policías y ladrones se desarrolla esta película que no necesita viajar al siglo XIX para ser un western en toda regla, uno muy entretenido, y muy crepuscular.



    Como la expresión del título no se iba a entender por estas tierras, los distribuidores han rebautizado la película como Comanchería, porque la acción transcurre en el territorio comanche que se extendía entre las llanuras de Texas y Oklahoma. Y porque ellos mismos, los hermanos Howard, aunque son anglosajones de ojos azules, y descienden del hombre blanco que usurpara aquellas praderas, se consideran herederos de la rebeldía cimarrona de los oriundos. Los Howard también son hombres acorralados que luchan por su tribu, por su hacienda, solo que en vez de montar a caballo y disparar el rifle Winchester a horcajadas, han decidido proclamar su comanchería cabalgando autos robados y disparando armas de fuego sofisticadas. Si los indios fueron arrinconados por sus antepasados, ahora son ellos -quizá en justo y demorado castigo- los que son exterminados por el sistema financiero. Un enemigo terrible, pero incruento, que ya no necesita al Séptimo de Caballería para imponer su ley y su presencia. Simplemente instalan una oficina, esperan con paciencia la ruina o la desesperación de las gentes, y se apropian de los terrenos sin más armas que un préstamo abusivo y un bolígrafo para firmarlo.   



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Breaking Bad. Temporada 2

La deriva hacia el mal de Walter White -que acarrea la destrucción de su matrimonio, la desdicha de Jesse Pinkman, y la locura homicida que se lleva por delante a varios personajes- no se hubiera producido si en Estados Unidos existiera una Seguridad Social que sufragara operaciones tan costosas como la suya. Si Walter White hubiera vivido en Albuquerque, provincia de Badajoz, y no en el otro Albuquerque, estado de Nuevo México, nos hubiéramos quedado sin esta serie modélica, y sin Better Call Saul, además, que vino antes, o después, según se mire. En el Albuquerque original, cuna de quienes pusieron nombre a la ciudad en el desierto, no habrá tantos adelantos de la vida moderna, pero al menos, allí, ponerse enfermo de gravedad no implica necesariamente cargarse de facturas, de hipotecas, de apreturas.




    El primer delito de Walter White obedece a la necesidad de dejar un dinero a su familia para cuando él ya no esté. Varios fajos de dólares que paguen la manutención de los hijos y sus futuros estudios universitarios. Y que cubra, además, las necesidades de su esposa Skyler hasta que pueda valerse por sí misma con un empleo, o conozca a otro hombre que llene el vacío de su vida. En un momento dado de la segunda temporada, Walter decide dar por concluida su carrera delictiva. Ya tiene el dinero que necesitaba para pagar la radioterapia y la quimioterapia, y los peligros de distribuir la metanfetamina en la ciudad casi acaban con su vida. La serie se habría terminado ahí de no ser porque su cáncer remite contra todo pronóstico, y permite ser extirpado junto a un buen trozo de pulmón. Pero la operación, ay, cuesta muchos miles de dólares, centenas de miles, y el seguro médico de un simple profesor de bachillerato no puede cubrirlo en absoluto. Así que Walter volverá a la cocina impoluta de sus matraces y sus alambiques, y emprenderá un camino criminal que ya no tendrá vuelta atrás. Para su desgracia, sí, pero también para nuestro regocijo de espectadores.


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Vivir de noche

Vivir de noche ha pasado en mal momento por mi cinefilia. Así que todo lo que escriba sobre ella será injusto, o parcial, o contaminado por las circunstancias. Mientras Ben Affleck le dedicaba un homenaje al cine gangsteril de la Ley Seca, uno, la verdad, estaba a otras cosas, ocupado en cien pensamientos espinosos, en cien cábalas que no terminan de resolverse. Mis ojos veían, y mi cerebro procesaba, pero el plexo solar estaba ardiendo, incandescente, y de él brotaban olas de calor y náusea que lo volvían todo como irreal: la película, y mi salón, y yo mismo, sentado en el sofá, viendo la enésima película de mi vida mientras la realidad -que es esa cosa disonante e inaprensible que transcurre a mis espaldas -se va por la cloaca haciendo un ruido como de mierda que borbotea,



    De todos modos, entre las brumas de mi pesar, intuyo que Vivir de noche es una película demasiado larga, demasiado pretenciosa. Aburrida, en una palabra. Porque después de ella, incapaz de conciliar el sueño, con el plexo solar a punto de volverse úlcera sangrante, he puesto dos episodios de Breaking Bad y he notado ese alivio sedante que procuran las ficciones bien hechas. El dolor no desaparece con ellas, pero se queda como un ruido de fondo, como el runrún del frigorífico, o del tráfico ensordecido. Y uno, en el despiste del dolor, puede aprovechar para coger la postura y echarse un rato a dormir.




    Ben Affleck es un actor que participa en muchas basuras para ganarse el jornal de las grandes estrellas, pero luego, cuando se pone tras la cámara, deja ver que es un tipo enamorado del cine, del cine clásico además, aunque quiera remedarlo y no pueda. A su personaje de Vivir de noche, Joe Coughlin, que es un pistolero tan duro como hierático, le pasan muchas cosas propias de los gángsters -la mujer fatal, el tráfico de alcohol, la regencia del casino, la pérdida de un colega, la traición de un amigo, el polvo del siglo, el tiro del que sobrevivir, el duelo a muerte con las metralletas Thompson- pero todo está como puesto en pegotes, sin progresión dramática. Cada escena por sí sola tiene su enjundia, y su buena factura, y hasta su punto de maestría, pero la película viene de ningún sitio y se encamina entre amoríos y disparos hacia ningún lugar.
    Los personajes, además, hablan del mismo modo sentencioso y rimbombate que emplean en la novela de la que proceden, y eso, en una película, es un chirrido dialogado que te saca del embrujo. Es una convención estúpida, lo sé, pero funciona así. Al menos en mis caprichosos y delicados oídos. 


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El secreto de vivir


En la última escena de Las sandalias del pescador, Anthony Quinn I anunciaba, desde el balcón engalanado del Vaticano, que la Iglesia empeñaría todos sus bienes para ayudar a los millones de chinos que sufrían una hambruna sin igual, e impedir, así, una escalada de tensión internacional que desembocara en la III Guerra Mundial. La película acababa con el papa sollozando, las masas vitoreando su iniciativa, y los líderes comunistas del mundo -que seguían el anuncio por televisión- esbozando una sonrisa de gratitud como si en verdad acabaran de conocer a Jesucristo que regresaba a la Tierra tras su triunfal gira interestelar.

    No tengo constancia de que Morris West escribiera las nuevas andanzas de tan hidalgo pontífice, así que nos quedamos sin una novela -y sin una película- que por fuerza tenía que ser altamente interesante: ¿cómo se las arreglarían los cardenales, la CIA y el Fondo Monetario Internacional para cargarse a este fulano? ¿Utilizarían a la consabida monjita que sirve el café envenenado con una sonrisa? ¿Contratarían a un asesino para que se lo cargara de un disparo certero desde la azotea? ¿O simplemente lanzarían una campaña de difamación que lo tildara machaconamente de comunista, de bolivariano, de filo-terrorista etarra, para que su mandato divino fuera terrenalmente revocado?



    En El secreto de vivir, Gary Cooper es un pueblerino lejanamente emparentado con un ricachón de Nueva York que acaba de morir. La suma que heredará será de veinte millones de dólares, que si ahora es dinero, lo era mucho más en el año 1936, y en plena Gran Depresión además. Cooper es un simplón que vivía tan feliz en Mandrake Falls tocando la tuba, regando hortensias, haciendo el bien entre los demás, y no necesita tanto dinero para vivir. Al revés, la lluvia de millones lo atosiga, lo llena de responsabilidades, y varias veces en la película siente la tentación de renunciar a su fortuna y regresar a la aldeana frugalidad. Pero en su corazón ha brotado el amor, y el amor por Jean Arthur, además, nos ha jodido, así que permanecerá en Nueva York y aprovechará sus muchos caudales para cortejar a tan bella y seductora dama.





    Alejado de su aldea, Cooper conocerá la realidad hambrienta, desesperada, de gran parte del proletariado americano, y en un arranque de generosidad sin igual, decidirá gastar su fortuna en comprar tierras, dividirlas en parcelas y entregárselas a los trabajadores más necesitados. Su anuncio, como el del papa en la otra película, provocará un estallido de júbilo entre las masas, pero las fuerzas vivas del capital rápidamente maniobrarán para amordazarlo. Como esto, después de todo, es una película de Frank Capra, y los malos siempre son un poco de opereta, y un poco merluzos, en vez de cargárselo con un atropello, o con el disparo de un gángster, decidirán, simplemente, denunciar ante los tribunales que Cooper está loco, loco de remate, por ser tan desprendido y tan poco responsable con el dinero. Una estratagema bastante tontaina que sin embargo pondrá al millonario contra las cuerdas, y nos regalará ese juicio del final que no tiene ni pies ni cabeza, inverosímil, infantil, pero que sin embargo logra arrancarnos la sonrisa tonta, la lágrima bonachona.


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Juego de Tronos 7x04

"No se vale", decíamos de niños cuando jugábamos al fútbol en la calle y el equipo contrario, que iba perdiendo por goleada, ponía de revulsivo al primo que venía de visita, o al amigote que pasaba por allí, tíos descomunales que entraban en la cancha y desequilibraban el juego con dos empujones y tres zambombazos que nos dejaban boquiabiertos. Hombretones que tal vez jugaban al deporte federado y sabían meter el codo y el culo en los contactos, o medio quinquis del otro lado del barrio a los que nadie se atrevía ni a soplar en el cogote, por si sacaban la sirla y nos quedábamos sin balón. "No se vale", rumiábamos en cada gol encajado, pero no había reglamento al que acudir, ni árbitro al que protestar, así que nos jodíamos, y seguíamos jugando, por el bien de la convivencia en la barriada. A esos tramposos de mierda los necesitaríamos otra vez cuando no hubiera otro rival en la próxima, eterna y aburridísima tarde de verano.




    "No se vale", debieron de pensar también las huestes de los Lannister cuando vieron al puto dragón sobrevolando sus cabezas en la batalla -más bien la barbacoa- que cierra este episodio. Y mira que las huestes de los Lannister combaten disciplinadas, prietas las filas, como legionarios de Roma, que parecen el único ejército de Poniente digno de llamarse así. Los Lannister serán unos hijos de puta en la intimidad de sus dormitorios, o en la lobreguez de sus mazmorras, pero siempre pagan su deudas de honor o de dinero, y llevan sus asuntos administrativos con la eficacia que se presupone en un apellido tan honorable. Pero su ejército, modélico, aguerrido, curtido en mil escaramuzas, no puede enfrentarse a un dragón de escamas blindadas con el atraso tecnológico de sus armas medievales, del mismo modo que Napoleón, con todo su genio estratégico, ni en los mejores días de la Grande Armée, hubiera podido pelear contra un F-16 que se abatiera sobre sus filas.

    Los dragones de Daenerys son un arma imbatible, definitiva, a todas luces injusta si aquí hubiera un código de honor que regulase los combates. Si esto fuera La vida privada de Sherlock Holmes, y Daenerys Targaryen la Reina Victoria que mandó desmantelar el submarino tan poco caballeroso que su alto mando probaba en el lago Ness, los dragones se hubieran quedado en casa para custodiar la fortaleza, acojonar al personal y dar unos paseos muy bucólicos las tardes de los domingos. Sería todo un homenaje al fair play, al juego limpio, pero nos habríamos quedado, ay, sin este ratico de acción que ya echábamos de menos entre tanto reencuentro familiar, tanta filosofía sobre la naturaleza del poder y tanta oscurantismo verborreico del artista antes conocido como Bran Stark.



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La vida de Calabacín

Tengo un perrito adoptado que se llama Eddie. En sus últimos tiempos de vagabundeo, se presentaba frente a la casa de unos amigos para jugar con el perro que sacaban puntualmente a pasear. Como un niño con reloj que esperase a que su amigo bajara al parque, o a la cancha de futbito. Mis amigos terminaron apiadándose de él, siempre solo, sucio, hambriento, tan juguetón que daba gusto verlo, y una noche decidieron abrirle la puerta y dejarle un hueco en el sofá. Una semana después, tras varios intentos frustrados de colocarlo, Eddie durmió su primera noche en mi casa. Yo llevaba meses con la intención de volver a tener un perro, pero la sola idea de presentarme en la protectora de animales y tener que elegir una mirada entre tantas que ansiaban irse de allí -escapar del hacinamiento, del abandono, de la muerte- me producía una congoja intolerable. El bien que iba a hacerle a un perro concreto no podía compensar la desolación de ver a esos perros otra vez desdeñados, defraudados, quizá ya resignados a su destino perruno y puñetero.





    En La vida de Calabacín, Calabacín es el niño huérfano que termina recogido en un hospicio de los valles suizos. Allí, como en las perreras, Calabacín y sus compañeros de infortunio esperan al visitante que un día se presente buscando una mirada particular, una sonrisa cautivadora, y los saque de la institución donde transcurren los días entre juegos y gamberradas, clases de matemáticas y ensoñaciones en el patio. El hospicio de Calabacín no es precisamente el infierno de humillaciones y mierda que alojó a Oliver Twist, sino algo más parecido al orfanato que regentaba Michael Caine en Las normas de la casa de la sidra. Los niños-muñecos de la película no son príncipes de Maine, ni reyes de Nueva Inglaterra, pero están bien tratados, comen caliente, y cuentan con el cariño administrativo de los encargados del lugar. Pero no son, obviamente, felices. Se amoldan, como cualquier niño, porque los niños son verdaderas máquinas de adaptación, y son lo más parecido que hay en la naturaleza a esas bacterias que arraigan en los ecosistemas más inesperados, en las charcas intoxicadas con metales, o en las profundidades volcánicas de los océanos. Pero necesitan algo más. Un hogar en el que sentirse especiales y mimados. Recuperar la autoestima de quien ha sido elegido para recuperar la felicidad, y proporcionar, de paso, la felicidad a las personas que lo escogieron. Mientras veía La vida de Calabacín me he acordado mucho de aquel perro que nunca rescaté de la protectora de animales. Eddie, el superviviente callejero, el canelo de patas blancas más listo que el hambre, duerme en su lugar. 


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El tren

Horas antes de que los aliados tomaran París y se hicieran con el control de las vías férreas, un tren cargado con las obras maestras de la pintura francesa salió de la estación de Vaires, en la periferia de la capital, camino de Alemania. Era el despecho final del Tercer Reich en su retirada hacia la frontera: robar las grandes obras de Gaughin, de Manet, de Renoir, y depositarlas en algún museo oculto de Alemania para ejercer la última humillación sobre la orgullosa nación que ahora los expulsaba.

    En la película El tren -que es la adaptación muy libre de un hecho histórico- es el coronel Waldheim quien perpetra el expolio, y el jefe de estación Labiche quien tratará de impedirlo con mil astucias de ferroviario veterano. En la vida real, el tren salió de Vaires y empezó a dar vueltas en círculo por los alrededores de París sin que los alemanes -por una vez más tontos en la realidad bélica que en la ficción- se coscaran de que la Resistencia iba cambiando los rótulos en las estaciones. La película retoma al principio estos ardides tan ingeniosos, pero luego los trasciende para hacerse más trepidante, más belicosa, y el tren de los cuadros sufre tantas peripecias como La General de Buster Keaton, siempre a punto de chocar, de descarrilar, de ser bombardeado por la aviación aliada.



    La gran pregunta que plantea El tren es si merece la pena morir por rescatar una obra de arte. Arriesgar la vida por unos cuadros que en realidad nadie tenía la intención de destruir, sino simplemente trasladar de lugar, aunque fuera más allá de la frontera de Mordor. Y aunque fueran a destruirlos, ¿pesa más una vida humana que un cuadro desgarrado o arrojado al fuego? Los miembros de la Resistencia Francesa no dudaron ni un instante. Lo más juicioso, seguramente, hubiera sido esperar al fin de la guerra y recobrar las piezas expoliadas sin pegar un solo tiro de más. Pero la grandeur y el honneur parecen palabras que a los franceses les vuelven muy locos, muy inflamados.


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Breaking Bad. Temporada 1

1. Hace mucho tiempo, en una galaxia personal muy diferente, daba comienzo en mi televisor la primera temporada de Breaking Bad. El mundo de los enterados iba ya por la segunda temporada, y desde su puesto avanzado en la expedición anunciaban que esta serie era distinta a todas las demás. Existía un consenso infrecuente sobre una ficción que decían singular, violenta, dramática, ingeniosa, cómica por momentos. Leías el periódico, comprabas la revista, escuchabas la radio, y todo era Breaking Bad por aquí y Breaking Bad por allá. Ya no recuerdo si primero descargué algunos episodios en internet y luego, ya convencido, compré los DVDs en las rebajas, o si me lancé directamente a por ellos en un acto de fe religiosa. Sólo sé que antes de enfrentar la primera tabla periódica con el Br-omo y el Ba-rio que sobresalían, salía un tío en calzoncillos en mitad del desierto, armado con un revólver, enfrentado al destino policial que venía aullando por la carretera. Aquella extravagancia podía ser el inicio de una gran decepción o de una gran aventura. El resto ya es historia.



2. Ninguna ficción permanece mucho tiempo en la superficie de mi memoria. No diré que me parezco al protagonista lamentable de Memento, pero casi. Incluso las series más amadas, o las películas más estimadas, se hunden sin remedio en mi fango neuronal, y sólo de vez en cuando, como burbujas de gas que pronto explotan, emergen escenas sueltas o diálogos aislados que se quedan temblando en el ambiente. Paso mucha vergüenza cuando me pillan en estos olvidos, que son mares, más que lagunas, pero esto de ir desmemoriado por la vida tiene una gran ventaja: puedo rescatar las series del barro y volverlas a ver como si fuera la primera vez. Es lo que estoy haciendo ahora con Breaking Bad. Todo me parece nuevo, sorprendente, vestido para el estreno. Sólo algún recuerdo vago y fastidioso ensombrece esta experiencia incomparable, tan cercana al nirvana de la tábula rasa.



3. El dinero no cambia a la gente: sólo la descubre, dice la sabiduría popular. Algo parecido ocurre cuando se padece una grave enfermedad. Su primer efecto es que rompe las máscaras, desanuda la lengua, libera el espíritu. Deshace los fingimientos, las tonterías, las filosofías impostadas.  En el caso de Breaking Bad, el cáncer de pulmón no cambia al personaje de Walter White. No lo "vuelve malo", haciendo una traducción chapucera del título. Sucede que el verdadero Walter White vivía sepultado, acobardado, sujeto por las convenciones. Llevaba muchos años creyéndose un fracasado, un pusilánime, un ciudadano como los demás. Pero era mentira. La enfermedad que va a matarlo en pocos meses caerá sobre él como un rayo que romperá los barrotes de su prisión. La inteligencia sumada a la desesperación creará ese gánster de leyenda que en Albuquerque y alrededores llaman Heisenberg.




4. Dice Vince Gilligan en los extras del DVD que el secreto de su serie es que trabajan a contrarreloj para cumplir con los plazos, y así no tienen tiempo para estropear lo que ya estaba bien planificado. En las películas, sin embargo, donde todo es más premioso, y el afán de perfeccionismo lo invade todo -la sombra del auteur- hay tiempo de sobra para enredar, para revisar, para volverlo todo del revés, hasta estropear las grandes ideas que nacieron felices a la primera.


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Z. La ciudad perdida.

Cuando a principios del siglo XX el coronel Fawcett regresó de su expedición geográfica al Amazonas -donde había ido a trazar la frontera que separaba Bolivia de Brasil para impedir un conflicto armado, y sacar alguna tajada de paso para el Imperio Británico-, se presentó ante la Royal Geographical Society afirmando que había encontrado las ruinas de una ciudad perdida, una de cultura extrañamente avanzada, impropia de la selva que sólo poblaban los indios atrasados. La llamó Z porque, según él, la ciudad amazónica era la última pieza que completaba el puzle de las civilizaciones humanas.



    Nadie le creyó. La primera explicación plausible -que venía avalada, supuestamente, por los diarios de unos exploradores portugueses del siglo XVIII, a medio camino de la narración y la fantasía- es que tal ciudad, de existir, sería el vestigio de la civilización atlante que desapareció en las brumas de la historia muchos siglos atrás. El Dorado, quizá, que tan afanosamente buscaron los españoles y los portugueses, en una fijación infructuosa que terminó convirtiéndose en un lugar común de la lengua para describir los sueños imposibles. La segunda explicación es que los propios indios -tal vez una tribu especialmente dotada- hubieran sido capaces de trascender su atraso secular al menos una vez en la historia, y crear una cultura que estuvo a la altura de otras que florecieron en lejanas latitudes y longitudes.



    Pero los miembros de la Royal Geographical Society no estaban dispuestos a admitir ninguna de las dos conjeturas. La primera opción era descabellada, mal documentada, prácticamente indemostrable, a no ser que el propio Fawcett -como así hizo, y en ello se le fue la hacienda, y la vida- regresara allí para obtener pruebas concluyentes. La segunda posibilidad era, sencillamente, imposible. A comienzos del siglo XX el racismo no era la palabra cargada de connotaciones que es ahora. Racista era, prácticamente, todo el mundo, y no sólo los antisemitas que ya en Alemania caldeaban el ambiente para lo que vino después. Ni los miembros del Ku Klux Klan que en el sur de Estados Unidos seguían cometiendo sus "travesuras" nocturnas. Ni siquiera los círculos intelectuales se salvaban del prejuicio racista, que entonces no era considerado como tal, sino científico saber, consenso racional. Los indios, los negros, los melanesios, todos esos humanos que habitaban zonas tropicales con mucho calor y muchos mosquitos, eran genéticamente inferiores, y sólo había que comparar una ametralladora con una lanza para cargarse de razones. Para las mentes más avanzadas de la época eso no justificaba la esclavitud, la explotación laboral, la esquilmación de los bienes y los territorios. Pero pretender, como pretendía el coronel Fawcett, que los indios fueran capaces de construir por sí solos, sin el magisterio del hombre blanco, o a lo sumo del hombre chino, una ciudad prodigiosa en el interior del Amazonas, era casi como plantear una broma entre colegas de profesión.

    A día de hoy, por cierto, la Ciudad Perdida de Z sigue sin aparecer. Se acumulan las pistas, los indicios, las aproximaciones, pero casi un siglo después de que Fawcett y su hijo desaparecieran en las espesuras, el misterio continua vivo. O muerto, según se mire. 


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Leaving Las Vegas

"No puedo recordar si empecé a beber porque me dejó mi mujer, o si mi mujer me dejó porque empecé a beber".

    Es una frase brillante, ambigua, que lo explica todo y no explica nada. Así le responde el personaje de Nicholas Cage a Sera, la prostituta que acaba de conocer en Las Vegas, cuando ella se interesa por la razón de su perpetua borrachera. De su afán por seguir bebiendo hasta caer muerto, literalmente, sin que nada, ni nadie, ni siquiera el amor que ha nacido entre los dos, puede disuadirle de su intención. Bebo, y punto, viene a decir Ben Sanderson. El origen del vicio es lo de menos. Si mi destino era ser abandonado, la bebida resultó ser la medicina; y si mi destino era la bebida, el matrimonio estaba condenado antes de nacer. Así que... qué más da. Se trata de la bebida en cualquier caso. Bebo, y punto. Es todo lo que tienes que saber, guapa señorita. Y todo lo que podremos averiguar nosotros, los intrigados espectadores, por muchas veces que veamos la película, porque el alma de Ben Sanderson es una caja forrada de plomo que ni siquiera los rayos X podrían traspasar.



    Pero la memoria es traicionera, y selectiva, porque Leaving Las Vegas no es en realidad una película sobre el personaje de Nicholas Cage, que una vez presentado, y expuestas sus razones, o sus no-razones, languidece poco a poco en su melopea diaria que dura las veinticuatro horas. El personaje que se adueña de Leaving Las Vegas es Sera, la prostituta que acoge a Ben Sanderson en su casa, y lo arropa, y lo cuida, y asume sin rechistar su deseo de darse muerte. Sera es la prostituta del corazón de oro, la mujer atrapada en su soledad. Al principio vive sometida por chulo, y no nos sorprende que una mujer de belleza palmaria, de encantos indiscutibles, lleve la vida indeseada de puta de lujo en la ciudad del pecado. Pero luego, al parecer, Sera queda libre de su proxeneta, y aún así es incapaz de corregir el rumbo, de plantearse una vida mejor.



    - Una joven guapa como Ud. puede conseguir al hombre que quiera. ¿No lo sabe? -le dice el taxista apiadado, y Sera sonríe tímida, incrédula, como diciéndole "te lo agradezco, pero tú qué sabes". Porque su personaje es tan opaco, tan inescrutable, como el del borracho que vive acogido en su hogar. Las razones de Sera también se nos escapan, y de ella sólo conocemos su profundo dolor por la vida, y su profundo cariño por Ben. Lo demás es conjetura, sospecha, y eso hace que el efecto dramático de Leaving Las Vegas se multiplique por dos cuando llega su desenlace, y lejos de enfadarnos por no entender, se nos escapa la lágrima tonta que al final es profundamente comprensiva. Porque todos, al fin y al cabo, nos vamos labrando nuestra propia desgracia, y cuando nos preguntan por el rumbo equivocado pero empecinado que un día tomamos para estrellarnos, tampoco sabríamos muy bien qué responder. Es la vida, que nos lleva. El carácter, que nos condena. La desesperanza, que nos hunde.


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Lone Star

Llevamos tantos años viendo ficciones de americanos que se aman y se odian en los parajes de su patria inabarcable, que sus geografías se nos han vuelto familiares, casi como de casa, y vamos aterrizando en ellas como quien llevara viajando allí toda la vida, dos o tres veces por semana.

    Por Texas, en concreto, que es el estado de la estrella solitaria en la bandera -la Lone Star del título- uno hace memoria de sus visitas y se acuerda de Harry Dean Stanton vagando amnésico por el desierto en París, Texas; de Javier Bardem perpetrando el mal absoluto en No es país para viejos: de James Dean volviéndose loco tras extraer su primer petróleo en Gigante; de Montgomery Clift y John Wayne guiando ganados hacia Abilene en Río Rojo. De J.R., también, haciendo de las suyas en Dallas, en ese recuerdo borroso y culebrónico de mi infancia en blanco y negro. De John Wayne, otra vez, pereciendo junto a sus compañeros en la defensa heroica de El Álamo. De la geografía de Texas, de su historia, de sus gentes, de sus recursos económicos incluso, sabe uno más que de La Rioja, o de Murcia, o del Bajo Aragón, que son regiones tan cercanas como ignotas que nunca salen en las películas, pero que también tienen su idiosincrasia, y su crisol de culturas, y sus mil batallas por el territorio, y uno siente vergüenza por tal desapego, y tal alienación por los motivos del Imperio.



    Lone Star es una película tejana al cien por cien, con sheriffs de sombrero tejano -valga la redundancia-, mexicanos que trabajan en el subempleo o en la economía sumergida, y espaldas mojadas que baten records de atletismo no homologados perseguidos por las patrullas fronterizas. Americanos rubísimos y de ojos claros que rajan de sus vecinos del sur a todas horas porque no hablan en cristiano y se reproducen como conejos, pero que al mismo tiempo se atiborran de tacos, y de nachos, y de enchiladas y dicen preferir a las morenas calientes que a las gélidas anglosajonas de más arriba.

    En este paisaje, y en este paisanaje, habrá de desenvolverse el sheriff Sam Deeds para resolver la desaparición de otro sheriff anterior, el violento Charlie Wade, al que nadie echa de menos, pero al que todo el mundo quiere olvidar, y dejar que su cadáver enterrado en el desierto se deshidrate tan ricamente. Pero Sam, aunque entiende las razones de la omertá, no puede esquivar el asunto porque el principal sospechoso del asesinato es su propio padre, el también ex-sheriff Buddy Deeds, que además es héroe local, y busto de piedra en la plaza principal. Lo que se dice un conflicto de intereses. Y el amor, claro, que ronda por allí, en los recesos de la investigación...


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Juego de tronos 7x03

El otro día, en la tienda de segunda mano, no fui capaz de comprar los DVDs de la quinta y sexta temporada de Juego de Tronos. Y eso que tenían un precio más que razonable. De baratillo, casi, lo que habla muy mal de su desprestigiado contenido. Hice el ademán de estirar la mano hacia las carátulas movido por un acto reflejo, pero a medio camino el brazo se me convirtió en piedra al estilo de sir Jorah Mormont, y me quedé así, paralizado por dos fuerzas idénticas que pugnaban en mi voluntad. ¡Se trataba de Juego de Tronos, por los dioses!, y mi colección, allá en la estantería del salón, reclamaba la presencia de sus hermanas perdidas como hijas de los Stark que no encontrasen el rumbo a casa. Pero lo cierto es que eran dos temporadas decepcionantes, tontonas, plagadas de tipejos sin chicha, de personajillas sin nada que aportar. Indignas de una estantería selecta, de postín, que sin embargo cuenta con un presupuesto limitado para sus sucesivas ampliaciones.



    La séptima temporada, por contra, está cumpliendo con las expectativas. O incumpliéndolas, mejor dicho, para nuestro gozo de espectadores. Para nuestra vergüenza de apóstatas maledicentes. No era tan difícil. Sólo había que sacar más a Tyrion Lannister y a su hermana Cersei, que estaban casi perdidos entre la multitud de fruteros y verduleras que hablaban por los codos y se daban empujones por asomarse a la pantalla. En este tercer episodio, los hermanos Lannister, con Jaime incluido, han vuelto a cobrar el protagonismo de antaño -Tyrion con su sabiduría, y Cersei con su hijaputez, y Jaime con su apostura marcial lo mismo en la batalla que en el incesto- y ha sido como regresar a los viejos tiempos de la serie, cuando los Lannister eran asunto central de la trama, y casi todo era brillante, y malévolo, y sexualmente turbio, y era como estar viendo una obra de Shakespeare sobre algún reino perdido de la Edad Media, con el poder y la gloria, el sexo y la traición, la trascendencia y los apellidos.

    Estamos a tiempo. Los Lannister cabalgan de nuevo, el Hielo y el Fuego se han conocido por fin, y los Caminantes Blancos, que daban vueltas en círculos sin mucha prisa -porque a los muertos el concepto del tiempo se la trae al pairo- , por fin se dejan ver en el Muro fronterizo. Juego de Tronos, en una labor de poda muy estimable y muy necesaria, se está desprendiendo de lo accesorio, de lo secundario, y lo hace, además, con mucha imaginación. Y mucha mala hostia. Las ninjas de Dorne eran bastante insoportables, pero sus últimas guerreras no se merecían un final tan cruel. El guionista que le escribe las maldades a Cersei Lannister debe de ser un tipo bastante inquietante.  


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Fargo 3ª temporada

Leo, desconsolado, no diré que con lágrimas empañando la lectura pero casi, que Noah Hawley, el creador de la serie, ha dejado sin fecha la producción de una cuarta temporada. Estoy muy liado, no es el momento, ya veremos... ha venido a decir en las entrevistas. Noah Hawley es un tipo que además de guionista es productor, y novelista, y director ocasional, y anda muy enredado con esa otra serie titulada Legión que si llega a pillarme en la adolescencia me hubiera hecho inmensamente feliz, pero que ahora, a los cuarenta y tantos años, me coge ya muy lejos del universo de los X-Men, yo que devoraba los cómics, y me creía un mutante en ciernes que haría justicia entre tanto imbécil minesótico que poblaba los recreos de León. A hostia limpia, o leyéndoles la mente, o volando sobre sus cabezas para ejecutar goles imposibles.




    Lo cierto es que la fórmula de Fargo parece... ¿agotada? Y que me parta un rayo al expresar tal sospecha. Su tercera temporada es de lo mejor que ha pasado este año por mi triste televisor, pero de vez en cuando, filtrándose por debajo, me ha llegado como un olor a berza recocida. Un aroma hogareño, bienvenido, pero impropio de los anteriores lujos de alta cocina. La estupidez reina en Minnesota una vez más, la maldad se enseñorea con los pobres inocentes, y los asesinatos siguen teniendo ese punto tragicómico que nos hace sentir culpables mientras nos rascamos lo huevos en el sofá. Nada ha cambiado en paisajes nevados de Minnesota: a los personajes inolvidables de otras temporadas se han sumado los hermanos Stussy, que son como Caín y Abel pasados por la tontuna, y Nikki Swango, que empieza siendo la Kathleen Turner de Fuego en el cuerpo y acaba siendo Nikita, el ángel vengativo, y por supuesto V. M. Varga, un malo de los de verdad, puro, sin mácula alguna de bondad, coeniano, o hawleyano ya. Fargo sigue siendo mucho Fargo, la verdad, pero quizá tenga razón su creador: llegó la hora de veranear, y de replantearse el próximo invierno criminal. 


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La gran evasión

La gran evasión que ahora nos preocupa en España es la que perpetran en cada ejercicio fiscal los mangantes protegidos por la ley, porque la ley cacarea mucho pero pica poco, y ya no sabemos si fulano sigue en la cárcel o si está de vacaciones en la cubierta de su yate riéndose de todo el mundo en su quinto o sexto recurso contra la sentencia.



    La otra gran evasión, que es mucho más banal y divertida, es la película que cuenta cómo unos ingleses listísimos -y un americano más listo que nadie, of course- se escaparon del campo de concentración de Nosedóndeberg, cerca de la frontera Suiza. Aunque hay que decir que se escaparon para tocar los cojones a los alemanes, para crear un caos interior que allanara el camino de las tropas, porque Nosedóndeberg es más bien un retiro espiritual, un monasterio de militares que trabajan la huerta, destilan su alcohol, se reúnen en el claustro y vagan libremente por el recinto que custodian los demonios ametrallados. Un retiro dorado. No diré que el campamento parezca un balneario -como afirman las malas lenguas que critican la película- porque en ningún momento se ven aguas termales ni tumbonas con toallas. Pero casi.

    Algunos días, en las fiestas del santo patrón de cada nación, los reclusos juegan al béisbol, izan banderas, celebran cuchipandas, y podrían sodomizarse en alegre fraternidad sin que ningún oficial alemán les diera orden de parar. En La gran evasión ya se huele la derrota de los nazis, y el jefe del campamento, el tal Von Luger, sólo quiere que los prisioneros no le causen muchas molestias -fundamentalmente que no se escapen-, y poder presumir de estadísticas ante sus superiores en Berlín. No es que los alemanes parezcan idiotas, poco espabilados, incapaces de adivinar que sus huéspedes están horadando no un túnel bajo sus pies, sino tres, y máxime cuando todos los prisioneros tienen en común un largo historial de fugas. Ocurre, simplemente, que los guardianes ya no están por la labor, y que del mismo modo que los ingleses desean regresar a Londres para abrazar a sus darling, ellos, que también tienen su corazoncito, y están hasta los cojones de pelear por una causa perdida, también quieren volver cuanto antes a Berlín para achuchar a sus Braut. Y se vuelven pasivos, condescendientes, hasta vagos, diría yo, si esa palabra existiera en el diccionario de los alemanes. Digamos que se vuelven... funcionariales, rutinarios, y permiten que Steve McQueen se largue por la alambrada principal aprovechando que allí los focos de las torretas no convergen. ¿Hacían falta los túneles, entonces?


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Crisis in six scenes

Según se cuenta en los mentideros de internet, Woody Allen rodó Crisis in six scenes maldiciendo, desde el primer momento, la decisión de haber aceptado el encargo. Como si no se viera capaz de afrontar el desafío, y le doliera en el alma haberse vendido al pastón que le ofrecía Amazon por hacer una serie de qualité. Allen es un tipo rutinario que rueda su película anual, toca su clarinete los lunes y las fiestas de guardar, y dedica largas horas del día a ver deporte en la televisión, y ya nos parecía extraño -cuando saltó la noticia en los medios- que a sus ochenta y tantos tacos aceptara un encargo tan ajeno a su currículum. No debe de ser casualidad, por tanto, que su personaje en Crisis in six scenes, en la última escena de la serie, recostado en la cama como quien se ha desprendido de un peso mayúsculo, diga:

    "Quizá debería pasar de esa chorrada de serie de televisión y brindarme una última oportunidad de escribir un libro".



    Crisis in six scenes no es una mala serie, ni un fiasco, ni una puta mierda como afirman por ahí sus detractores masculinos, y su ejército de detractoras femeninas, que están a la que salta con el personaje. Allen lleva tantos años en el oficio que es incapaz de rodar algo que sea basura o desperdicio. Sin embargo, en los últimos tiempos -que se alargan ya en demasía- el genio que le inspiraba los grandes chistes y las grandes ocurrencias parece haberlo abandonado, y sus películas se suceden como si fueran un compromiso con sus productores, o consigo mismo, pero ya no con el público que lo veneraba -y que lo sigue venerando gracias a los viejos DVDs.



    Crisis in six scenes es una serie extraña, indefinible, tal vez porque en realidad no es una serie, sino una película de140 minutos repartida en seis párrafos que se van separando con un punto y coma. Allen ya no está para los trotes de la comedia vertiginosa, chispeante, "a la americana", y la serie le ha salido discursiva, premiosa, divertida sin más. Provoca varias sonrisas, pero ninguna carcajada. Lo mejor es que Allen vuelve a hacer de sí mismo, y a reírse de sí mismo, de sus neuras y manías, hábitos e hipocondrías, y es como regresar a los viejos tiempos de sus películas añoradas. Lo segundo mejor es que sale mucho Miley Cyrus, y Miley Cyrus es una chica que está muy rica, y además hace de revolucionaria que se acuesta con Panteras Negras y pone posters del Che Guevara en las habitaciones, y eso, en el corazón de un bolchevique que ya va para viejo verde, es una excusa erótico-política para que florezca un deseo muy inocente y muy nostálgico por la muchacha.


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Colossal

El odio es un sentimiento rocoso, granítico, más perdurable que el amor, que es una emoción orgánica con tendencia a la oxidación celular. El odio está hecho de un material inorgánico mucho más resistente, y no hay tiempo ni evidencia que lo erosione. Al menos en el tiempo geológico de una vida humana. Cuando surge del magma de un rencor, o de una humillación, el odio se solidifica al instante en contacto con el aire, y se queda ahí, petrificado en el corazón, en la entraña, como un carbón negro cuyo calor nunca se extingue.



    El odio es una cosa muy jodida, y genera calcificaciones en el alma. Sobre todo en quien odia, porque  el odiado sólo tiene que cambiar de acera, o hacerse el loco, y a veces ni se entera de su condición, mientras que el odiante lleva su oficio todo el día, en el forro de la piel, como una segunda naturaleza que a veces lo enciende y lo domina. Colossal, la película inefable de Nacho Vigalondo, habla de odios que nacen en la infancia y son capaces de construir -literalmente, sí- monstruos gigantescos que arrasan las calles de Seúl en la otra punta del mundo. Es un planteamiento absurdo, sin pies ni cabeza, pero una vez aceptada la premisa, Colossal se sigue con cierto interés antropológico. Porque no hay -en efecto- odios tan puros, tan cristalinos, tan puñeteros como un diamante, como los que surgen en la infancia. Y mira que odiamos, a lo largo de la vida: al gobernante que nos asfixia, al compañero que nos jode, al vecino que nos molesta, al examor que nos traiciona. Pero nunca llegamos a odiar con la pureza, con la inocencia, con la saña virulenta, de la niñez. Todo odio posterior tiene algo de racionalización, de explicación científica, pero allá en el colegio, o en el parque del barrio -donde Anne Hathaway pone el pie y destroza un rascacielos en Corea del Sur- los odios son como las cenizas que cayeron sobre los pobres pompeyanos, que los dejaron en la misma pose, y en el mismo gesto, para toda la eternidad de los museos.



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