Good bye, Lenin!

Una señora franquista que hubiera entrado en coma tres días antes de la muerte del dictador, y reviviera hoy mismo, a sus ciento y pico años, en la habitación soleada de su clínica privada, no necesitaría que ningún hijo la engañara sobre el estado político de la patria. En Good bye, Lenin!, sin embargo, la mamá de Alex, que sufrió su infarto justo antes de la caída del Muro, necesita todo un paripé familiar para no saber que la Alemania Oriental ya no existe, que el comunismo ha sido finalmente derrotado, y que sus sueños de miembro del Partido, de proletaria combativa, de soñadora de fraternidades universales, han ido a parar a los basureros de la historia... Ocho meses después, a su Berlín resistente y pobretón, orgulloso y mal abastecido, ya no lo conoce ni la madre que lo parió. Las gentes visten distinto, sueñan distinto, comen hamburguesas del McDonald's, y en la televisión aparecen mujeres semidesnudas y anuncios de Ferraris derrapando por Miami Beach. Sus ideales viajan por las cloacas camino del mar, y sus allegados tienen que sudar tinta china para hacerla creer que nada ha cambiado en el paraíso socialista.



    Nuestra señora franquista no necesitaría tantos desvelos de los familiares congregados ante su cama. Apenas extrañaría nada al encender el telediario de La 1, o al escuchar las tertulias de la radio. El rey actual, tan guapo y mocetón, es el hijo de aquel otro que designó el Caudillo con un simple capricho de sus cojones -o de su cojón, según las malas lenguas. La democracia -aunque sólo mencionarla le produzca gases y le altere la tensión a la señora- la están gestionando los nietos de aquellos patriotas que ganaron la Guerra Civil, y es muy probable que sólo estén disimulando para complacer a los americanos y a los europeos, siempre tan meticones e idealistas. El ejército sigue desfilando cada 12 de octubre, los obispos siguen bendiciendo las fiestas de guardar, y los equipos de fútbol siguen dedicando sus títulos a la Virgen del terruño. Las banderas del águila imperial siguen exhibiéndose por las calles como si no hubiera pasado el tiempo, y los cachorros de buena familia, aprovechando las manifas, siguen ahostiando como se merecen a los rojos que quieren traernos el ateísmo y el reparto de la riqueza.

    Lo único que a esta señora habría que ocultarle para que no se muriera de otro soponcio, es saber que ahora las mujeres abortan, que los maricones se casan, que los jovenzuelos compran condones como quien compra chicles en el kiosco. La liberación de las costumbres... Cuánto tendrían que callar esos mismos nietos que la sonríen disimulando, que le dan la razón como a los tontos. Los asuntos de la jodienda, sí, y el asunto de Cataluña, claro. Pero eso, lo de los sediciosos catalanes, se soluciona con un par de tanques y con un par de hostias, a la antigua usanza. Lo otro, lo de los indecentes, ya es mucho más difícil de encauzar...


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Desayuno con diamantes

El amor, en la vida real, casi siempre es un cruce de malentendidos. Un diálogo para besugos. Un trasiego de flechas que rara vez aciertan en el blanco. La mayoría de las veces nos enamoramos de quien no nos corresponde, o recibimos el amor de quien está condenado a sentir nuestra indiferencia. Las miradas suelen perderse en la desgana; los sueños, en una nube; las flores, en un contenedor. En los tiempos modernos, nuestros anhelos terminan silenciados en el whatsapp, bloqueados en el facebook, estrujados en la papelera de reciclaje. El amor, en nuestra existencia mamífera, en nuestro deambular por las aceras, es una lotería de los más afortunados, el premio más apetecible y raro del Un, dos, tres...



    Y sin embargo no nos rendimos, porque somos románticos y enamoradizos, y seguimos saliendo a las calles, y a los bares, y a los patios de internet, a perseverar en nuestro sueño de mágicas coincidencias. Y de eso tienen mucha culpa las películas -como antaño fueron culpables los bardos, o los poetas- porque ellas nos siguen vendiendo el sueño de la reciprocidad, la ilusión de la plenitud. Publicidad engañosa, pero maravillosa, ante la que suspendemos cualquier suspicacia o raciocinio. Las películas como Desayuno con diamantes son clásicos cursis, inverosímiles, de personajes tan literarios como improbables, y precisamente por eso los adoramos, y nos enternecen, y nos hacen llorar en la última escena del beso, aunque hayamos jurado cien veces no caer de nuevo en tan ridícula debilidad. Ellos nos devuelven la esperanza del amor. En sus vidas de película todo es tan fácil, tan accesible... Casi un trámite administrativo. Si no fuera porque las películas tienen que durar dos horas para dar de comer a tantas personas que trabajan en ellas, las damiselas requebradas otorgarían su sí a los cinco minutos de metraje, y el resto de la trama ya sólo sería el relato porno de sus muchos encuentros con el galán, y el relato trágico, en los minutos finales, de cómo el amor antaño maravilloso se fue diluyendo y marchitando. Y eso, por supuesto, ya no queremos verlo. No nos interesa la vida pedestre de las 22 horas diarias sin cine...


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El mismo amor, la misma lluvia

Uno de los libros que más me han ayudado a entender el mundo en el que vivo se titula La supervivencia de los más guapos. En él, Nancy Etcoff, que es una psicóloga americana muy lista y muy intuitiva, cuenta que ser guapo, o guapa, no es sólo una ventaja evolutiva que permite encontrar más y mejores parejas sexuales. También en el ámbito laboral, en el mundo de las amistades, en las colas de las panaderías o en las mesas de los restaurantes, a los así agraciados se les abren puertas que a otros se nos cierran en las narices. Se les conceden oportunidades que a los demás se nos deniegan con mal gesto. Los guapos nos seducen, nos confunden, nos secuestran la voluntad. La simetría facial tiene algo de hipnótico; los ojos bonitos son como ascuas brujeriles que nos hechizan; los cuerpos bien formados nos acomplejan, nos aturullan, nos vuelven serviciales y sumisos. A un hombre de bandera, o a una mujer de rompe y rasga, les perdonamos cosas a que nuestros congéneres de la fealdad, a nuestros hermanos del infortunio, a nuestros cofrades de la intrascendencia, tardaríamos mucho tiempo en olvidar. Y nadie es culpable de todo esto, ni los seductores ni los seducidos: es la biología en marcha, el instinto en acción...




    En El mismo amor, la misma lluvia, el personaje de Ricardo Darín es un fulano bastante execrable que pone los cuernos a su pareja, deniega la ayuda a sus amigos, extorsiona a los artistas para escribirles una buena crítica en su columna... Un tipo de conducta errática, caprichosa, que sin embargo sale bien parado de todos sus lances porque tiene ojos azules de niño, sonrisa pícara de truhán, verborrea argentina de la que sale hasta por los codos para enredar las voluntades ajenas. Un tipo muy peligroso. Un superviviente nato. Un estafador biológico de primera categoría. Incluso el personaje de Soledad Villamil, que es una mujer guapísima que podría tener a cualquier hombre que deseara, sólo con chascar los dedos de su santa voluntad, cae rendida, una y otra vez, en las muchas encrucijadas de la película, a los encantos de este fulano que mientras se la tira, sonriendo con cara de amante beatífico, de hombre comprometido para la causa, ya está pensando en el próximo movimiento sexual de su partida de ajedrez. No sé de dónde han sacado que El mismo amor, la misma lluvia es una película romántica... Despojada de músicas y de lirismos, la cinta de Campanella es el crudo National Geographic de un macho alfa que medraba en el ecosistema argentino de los años ochenta.


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Larry David. Temporada 9

A veces me sube una congoja del alma y pienso que ya se terminó el tiempo de las grandes alegrías. Que el trabajo gordo, por así decirlo, está finiquitado, y que sólo queda esperar, y reírse lo más posible, mientras llegan los nubarrones de la salud. Las grandes esperanzas, y los grandes proyectos, son cosas del verano de la edad, de cuando uno andaba viril, y descamisado, y los días parecían no tener fin. Cuando la vida se asemejaba a un musical americano de jornaleros en el campo, jóvenes y vigorosos. Ahora, en el otoño del cromosoma, habrá que medir las cosas con raseros más humildes. Vivir una película francesa, melancólica, pausada, con bonitos atardeceres y cafés con croissant en la terraza. Una peli de Rohmer, por ejemplo, estilosa y lánguida, una que podría titularse El cinéfilo del villorrio, tan del estilo del maestro.



    Hace ya varios años que uno fía su felicidad a las pequeñas alegrías: que te llame un amigo para charlar; que el análisis de sangre salga sin subrayados en rojo; que el Madrid conquiste un título importante a finales de mayo. Que los seres queridos no se tuerzan por el camino. La tertulia en la radio, el estreno en el cine, la joya perdida en el ordenador... Que te sonría una señorita en el autobús. No morir de un infarto al subir el repecho en bicicleta, y emprender el descenso con la sonrisa boba y el orgullo salvaguardado. Que refresque por las noches, en estas canículas a destiempo que las meteorólogas anuncian con una sonrisa tan bonita como ahostiable. Mi reino por una brisa. Que prorroguen, si es posible, las series de televisión que me calientan en invierno, y me refrescan en verano. Que le concedan una temporada más, por ejemplo, a Larry David, cuando ya habíamos perdido toda esperanza de continuación, sus locos seguidores. Lo he leído esta mañana, al abrir el ordenador, y sólo de pensar que  Larry ha vuelto a coger el yelmo y la lanza para retar en duelo a los gilipollas y a los estúpidos, me ha brotado la sonrisa tonta, y me ha dado por silbar la pegadiza sintonía mientras barría y fregaba los cacharros. 



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Morir de pie

El primer episodio de Morir de pie me engancha. Me abre el apetito de ver la temporada completa. Y eso, en esta sobreabundancia de series que nos abruma, en este sin vivir de elegir una ficción entre otras cien, o entre mil, como quien acude a la protectora para salvar a un perrito solo, es un mérito incuestionable. Cuando estos jovenzuelos y jovenzuelas, aspirantes a la fama, desvergonzados y sinvergüenzas, salen al escenario y cogen el micrófono para soltar sus visiones ácidas sobre la vida, yo me descojono como un adolescente en el sofá. Hay mucho sexo, mucha cafrada, mucha mala follá... Son de la escuela de Lenny Bruce, estos muchachos. Pero es que luego, además, entre bambalinas, cuando se cruzan amores y envidias, amistades y puñaladas, los diálogos son igualmente chispeantes, lúcidos, tan buenos como los monólogos que les dan precariamente de comer, hasta que llegue la invitación de Johnny Carson para aparecer en su programa nocturno y se hagan de oro con las ofertas de trabajo.



    El problema de Morir de pie es que su segundo episodio es igual al primero, y el tercero al segundo, y así sucesivamente, como en una tira de muñecos de papel. He llegado al quinto episodio con la sensación de estar viendo siempre lo mismo... Y he decidido devolver el animal. El flechazo amoroso se ha tornado pesadez y pereza. Lo poco agrada y lo mucha cansa, o algo así, que decía el refrán.

    Lo de hacer chistes con las mamadas, por ejemplo, está muy bien. Lo mismo en el escenario artístico que en la vida cotidiana. Tal práctica sexual se presta a todo tipo de ingeniosas malevolencias. Es sucia pero divertida. Escatológica pero excitante.  Dice mucho de quien la practica, o de quien no la practica. De quien la enaltece y de quien la condena. Es como una prueba del algodón, para detectar personalidades, y hacer chanza o escarnio de ellas. A las mamadas las puedes volver del derecho y del revés. Sirven para pasárselo muy bien, para fortalecer el vínculo, para escalar posiciones en la vida... Es material cómico de primera categoría. Yo mismo, que me crié en el arrabal, y me rodeo de gente muy poco selecta, tengo un amigo que basa su éxito social en contar chistes sobre mamadas, allá en el vino del mediodía, o en la cerveza del nocturneo. Las primeras cien veces yo me partía el culo con él... Ahora me sale la risa forzada. No hay más registros en su repertorio de comediante. Si mi amigo fuera un personaje de Morir de pie, y no una persona a la que quiero tanto, ya le habría cambiado por otro fulano menos cansino...

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Blade Runner

Antes de morir, Roy Batty, el Nexus 6 al que da vida Rutger Hauer, se vanagloria de haber visto cosas que los humanos no conocen. Ningún espectador sabe qué son los rayos C, ni dónde queda la puerta de Tannhäuser, pero dichas por el replicante suenan a experiencias bellísimas e irrepetibles. Como si le hablaran de sexo salvaje al adolescente por estrenarse... En sus cuatro años de vida programada, el replicante había contemplado las maravillas del Universo. Los humanos de la Tierra, en cambio, sólo habían visto la mugre, la contaminación, la lluvia ácida persistente. Roy, por supuesto, no quería morir, y lamentaba que sus recuerdos se perdieran en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Pero en su testamento final se adivina un poso de orgullo. Él, condenado a la pronta caducidad, había vivido. Intensamente. Esta es la cuestión de fondo que plantean los replicantes de Blade Runner: ¿la vida larga y aburrida de los casados, o la vida corta y excitante de los rockeros? Escribía Charles Bukowski en El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco

    “Lo terrible no es la muerte, sino las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte. No hacen honor a sus vidas, les mean encima. Las cagan. Estúpidos gilipollas [...] Son feos, hablan feo, caminan feo. Ponles la gran música de los siglos y no la oyen. La muerte de la mayoría de la gente es una farsa. No queda nada que pueda morir”.



El año 2019 que imaginaron los guionistas de Blade Runner tiene pinta, a dos años vista, de haberse quedado muy corto en algunos avances, y muy largo en otros. Pero esto sucede en todas las películas que tienen la osadía de poner una fecha concreta en el primer fotograma. A día de hoy, la ingeniería genética aún está dando sus primeros pasos, los coches de policía no salen volando tras ponerte una multa, y las colonias espaciales son proyectos descomunales aparcados hasta el fin de los tiempos. En Blade Runner, sin embargo, como sucede en muchas películas de ciencia-ficción, no se ve a nadie con teléfono móvil, ni con iPod, y los ordenadores de hogares y oficinas parecen unos cacharros tan lentos como rudimentarios. No parecen existir cosas tan básicas como Internet o el Whatsapp, que en este Año del Señor hasta las ancianas ya manejan con soltura. En el sector de las telecomunicaciones, lo más avanzado de Blade Runner parece ser la videollamada, como ya lo era en el 2001 imaginado por Arthur C. Clark.  Como cuando uno era niño y llamaba al portero automático del amigo, para que bajara a jugar al fútbol, y se quedaba boquiabierto al descubrir, en aquella comunidad de vecinos con posibles, que habían instalado el ojo vigilante de HAL 9000...


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Breaking Bad. Temporada 5

En mi estado de whatsapp -esa herramienta tan útil como perversa- llevo escrito, como lema que nunca borraré, "Todo es vanidad". Tal afirmación viene recogida en el Eclesiastés, que es un libro de la Biblia que contiene sabidurías muy enjundiosas. Pero yo, como soy hombre de escasa cultura, y de olvidadas lecturas, conocía el proverbio por una canción de Javier Krahe, que es un poeta moderno no reconocido por la oficialidad. El maestro, en la canción, lamentaba no tener valor para suicidarse y comprobar que, efectivamente, polvo somos y en polvo nos convertiremos. Y que si los amantes, como decía el otro poeta, sólo son polvo enamorado, cuando no estamos enamorados sólo somos polvo que presume de ridículas trascendencias. Polvo amontonado y parlante, nada más.



    Todo es vanidad... Me reconozco en ella, y reconozco en ella a mis semejantes. Porque el orgullo estúpido guía todos nuestros actos. Todo es competición, engallamiento, a ver quién mea más lejos... Por las mañanas, nada más pisar la acera, escondemos nuestro yo bajo la piel y nos convertimos en seres sociales que se miden y se pavonean. Los pequeños orgullos nos sostienen en el día a día, y alimentan nuestro ego con bolitas de pienso para cachorritos. Pero para sentirnos plenos, vivos, reconciliados con la vida, necesitamos un orgullo mayor. Un hueso de brontosaurio para roer. Una vanidad suprema que nos convierta en especiales, en únicos. Una habilidad, una fortuna, una mujer espectacular, o un hombre incomparable, que nos bese delante de los demás...  Walter White, en Breaking Bad, llevaba una vida tranquila pero humillada, decente pero fracasada, hasta que, forzado por las circunstancias, descubrió que era el mejor chef de la metanfetamina en muchos contornos a la redonda. En un momento dado, cegado por la vanidad, se olvidó de que estaba delinquiendo para proveer a su familia, y en la quinta temporada de la serie, que es como un western violento en el que todo quisque muere al final, o se salva por los pelos, todo el emporio creado por Heisenberg, y Heisenberg mismo, se va al carajo en el desierto premexicano y vengativo. 



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Los exiliados románticos

En Los exiliados románticos, tres amigos residentes en Madrid cogen la furgoneta de Scooby-Doo y se lanzan a las autopistas camino de Francia, a retomar el amor fugaz que una vez mantuvieron con tres bellas extranjeras. Es verano, tienen tiempo libre, y no parece que en los madriles tengan mucho éxito con las mujeres. Aunque son jóvenes y cultos, leídos y aventureros, uno de ellos es tímido hasta la psicopatología, y además empieza a perder un poco de pelo; otro tiene cara de alelado permanente, como de no terminar nunca de despertarse; y el último, el más feo, el que parece más cultureta y alternativo, tiene un parecido inquietante a Ignatius Farray cuando a éste le pega la chaladura. Nada grave, quizá, en otras circunstancias sociales, en otro contexto más amable del coqueteo y del folletear. Pero las españolas, últimamente, como bien sabemos los españolitos que llamamos a su puerta, o escalamos a su ventana, están anhelando por encima de sus posibilidades. Están muy exigentes, muy desconfiadas, muy de que les rellenes un test con veinte ítems que son trampas mortales sobre tus costumbres y tus manías. Muy de pedir currículos inmaculados, romanticismos de Pretty Woman, sentidos del humor que sólo están al alcance de machos muy profesionales...



    Han pasado cuarenta años desde que Alfredo Landa y José Luis Vázquez buscaran el amor entre las vikingas que arribaban a nuestras playas. Ellas eran europeas, liberales, de pocos melindres, y lucían un bodi muy lustroso entre las dos piezas del bikini. Los Landas y los Vázquez de aquel entonces también eran, a su modo paleto y franquista, unos exiliados románticos, como los de la película de Jonás Trueba, aunque ellos no viajasen al extranjero porque entonces era caro de narices, y los viajes en carretera resultaban agotadores. Ahora, en la modernidad, cuando cualquiera puede coger un avión o recorrer un autopista, y todo quisque puede entenderse con el inglés macarrónico, los españolitos sin suerte en el amor, como los sin suerte en el trabajo, vuelven a mirar hacia Europa para arreglar su vidas descosidas...


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Baby Driver

Termino de ver Baby Driver, en la madrugada del sábado al domingo, y me pregunto, una vez más -y en estos tiempos la pregunta es un nubarrón geoestático suspendido sobre mi cabeza- qué he hecho con mi vida para llegar hasta aquí, a este derrumbamiento en el sofá, a esta soledad sin perspectivas. Qué cadena de acontecimientos, de encrucijadas, de decisiones mal tomadas desde que el mundo es mundo, si tiramos por lo alto, pero más concretamente desde que tengo raciocinio o se supone que lo tengo, me ha traído a esta película tan moderna y prescindible, tan molona y tan vacía, en esta fiebre del sábado noche que uno debería estar disfrutando por ahí a la luz de unas velas, en la barra de un pub, en la vida verdadera que no es ni película ni celda monacal... Qué cojones hago aquí, en la noche calurosa e impropia de octubre, viendo una película que en realidad ni me va ni me viene, que sólo estoy viendo porque las películas apetecibles están en la otra habitación, a veinte metros-luz del salón, y me pesa tanto el culo, y la pereza, y el mal jerol que estoy gastando, que soy incapaz de incorporarme y de poner fin a esta Baby Driver que sólo va, básicamente, de unos tíos que atracan bancos y luego salen pitando a toda hostia por los asfaltos atestados.



    Cuando en la película luce el sol, y Baby, el driver, el prota, bailotea las canciones de su iPod sobre las aceras, marcándose unos swings, o unos funky steps, o unos cruces de brazos muy de rapero, consigo olvidarme un poco de mí mismo, por un rato, y me dejo llevar por el ritmo de la música, que es muy molona, y por las persecuciones de coches, que son de mucho infarto, muy bien rodadicas, con su goma quemada, y sus piruetas imposibles, y sus coches policiales que siempre conducen unos merluzos que se estrellan contra el primer obstáculo que topan. Pero luego, ay, en Baby Driver se hace de noche, porque los delincuentes también duermen, o se meten en garitos para repartirse el botín, y entonces, al fondo de la pantalla, un poco difuminado, aparece un personaje nuevo en la película, uno que soy yo mismo reflejado, un intruso, un paria de la trama, como esos fantasmas no previstos de las fotografías, y entonces vuelvo a tomar conciencia de mi mismidad, de mi gilipollez, de mi destino varado en una playa...


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María (y los demás)

Según la teoría cinematográfica de Ignatius Farray, María (y los demás) debería ser una obra maestra porque da justo lo que promete en el título. Aquí la protagonista absoluta es María, una treintañera guapérrima en plena crisis existencial, y los demás, que son su familia, y su follamigo ocasional, bailan a su alrededor en papeles secundarios que sólo explican su circunstancia. La película, sin ser desde luego una obra maestra, es una historia estimable, fresca, de personajes creíbles que hablan como usted y como yo, nada literarios, y que se enfrentan a problemas que todos entendemos -el matrimonio, el primer hijo, la madurez anhelada- nada de salvar al mundo, ni de huir de los capos de la droga, ni de encontrar la paz en el quinto risco del Himalaya.  



    El problema de María (y los demás) es que Bárbara Lennie, su actriz principal, es una mujer demasiado hermosa. Cuando ella aparece en escena, en cualquier película que protagonice, el espectador masculino siempre tarda en arrancar, en ponerse en situación. En su interior se desata una lucha titánica entre el cinéfilo y el antropoide, entre la sublimación y el instinto, y aunque siempre gana la civilización en estos casos, porque uno está a lo que está, al arte y a la película, el mono, contrariado, se pasa el resto del metraje enredando desde su neumático, lanzando besos y piropos irreproducibles.

    En María (y los demás), concretamente, Bárbara Lennie está tan guapa que está fuera de lugar. Su personaje necesitaba una actriz menos atractiva para darle verismo a la desventura. Un error de cásting morrocotudo. Y eso que Bárbara, que es una actriz excelente, se curra sus composiciones: en hora y media de película ella llora, sorbe los mocos, se rehace, sonríe, duda, ama, se traga el rechazo, se comporta como una cría, se disfraza de adulta, se queja, se adapta... Es un despliegue descomunal, el de la Lennie, un muestrario completo de emociones y sentimientos. Luces y sombras, valles y montañas. Pero su físico, ay, sus labios, y su mirada, la traicionan en todo momento. Se supone que ella es el patito feo de la familia, la desnortada que no encuentra el amor, la inmadura que da vueltas alrededor de tipos que no la quieren en realidad. Y eso, con Bárbara Lennie en pantalla, es un despropósito metafísico. Una mujer como ella sólo tiene que chascar los dedos para encontrar un hombre que la idolatre. Si su personaje aún no ha sentado la cabeza es, sencillamente, porque no le ha dado la gana. Porque vive muy a gusto en su mariposeo follacional. A qué vienen, pues, tantos suspiros y sufrimientos.



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Perdición

El otro día, en la radio, un humorista de ingenio afilado afirmaba que el hombre no era el sexo fuerte -como afirma la filosofía tradicional, y la tontería cotidiana- sino el sexo bruto. Que parece lo mismo, pero no es igual. Cuatro millones de años más tarde, tras tanta evolución y tanto darwinismo, seguimos siendo unos simios agresivos que esconden dentro del cráneo dos engranajes muy sencillos y una monda de plátano olvidada en la merienda.

    Competición con otros machos y apareamiento con otras hembras: nosotros, los hombres, no conocemos otra cosa. Todo lo demás sólo es una variación de la misma melodía. Somos monos estrábicos que con un ojo vigilan al competidor, para que no se nos adelante, y con el otro a la gachí, para que no se nos despiste. Una labor tan involuntaria y tan omnipresente como el respirar. Una fatiga cotidiana de la hostia, un desvelo, un runrún que no cesa. Un trabajo de 24 horas al día que nos acorta la vida varios años. Vivimos al acecho permanente de la oportunidad sexual, y eso no hay cuerpo estresado que lo aguante. Hemos venido a este mundo para expulsar espermatozoides por el grifo, y lo demás sólo es literatura, o pasatiempo, o disimulo.



    Perdición es un clásico inoxidable porque su meollo, su tuétano, es éste tan triste que yo les cuento. Y aunque en la película todos los fulanos llevan sombrero, y los teléfonos funcionan con trompetilla, y los trenes alcanzan velocidades irrisorias, en realidad es una película tan moderna que parece rodada ayer mismo. Fred MacMurray es un simio muy bien trajeado que se gana los plátanos vendiendo seguros en el territorio de Los Ángeles. Solterón empedernido, porque el matrimonio sólo es para los que no pueden ligar chascando los dedos, MacMurray aprovecha sus viajes por la comarca para bichear solteras sin compromiso, amas de casa hartas de su marido... El butanero de la época, para entendernos. Hasta que un día soleado en los cielos, pero nublado en el destino, encuentra la perdición en forma de mujer felina, algo feúcha, con una peluca rubísima que canta demasiado, pero que desprende sexo en cada hálito, fuego en cada mirada. Sudor precoital en cada músculo accionado. Y, además -pero eso MacMurray no lo sabe- una maldad muy putrefacta en cada pensamiento. Una femme fatal de manual. La femme fatal por antonomasia, quizá. Hasta que varias décadas más tarde, en Fuego en el cuerpo, que es un remake encubierto de Perdición, Kathleen Turner, que además era más hermosa, y aparecía desnuda por la permisividad de los tiempos modernos, nos dejó a todos los simios con la mandíbula desencajada, tocando el suelo de las plateas, turulatos perdidos. 


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El regalo

Esta película, El regalo, ya la había visto hace unos años. Transcurría en París, se titulaba Caché, y la dirigía un filósofo metido a cineasta -y a tocapelotas- llamado Michael Haneke. En ella había otra pareja de burgueses encantados de conocerse hasta que un psicópata empezaba a acosarles, a entregarles paquetes, a filmarles clandestinamente en la intimidad... Todavía siento escalofríos al recordarla. Caché era puñetera y malsana, inquietante y perversa, como todo el cine perpetrado por Haneke. El austríaco es un cabronazo que te mete la mano por la garganta, o por el trasero, y hace operaciones muy dolorosas en los territorios del miedo o de la culpabilidad. De sus películas siempre sale uno tocado, como si una nube negra se instalara sobre la cabeza y te quitara los rayos del sol y la alegría de vivir.



    El regalo, como Caché, es una película sobre fantasmas de las navidades pasadas que de pronto se hacen carne molesta y peligrosa. Tipos a los que no veíamos desde la infancia, y a los que habíamos olvidado por completo, que sin embargo se acordaban muy bien de nosotros. Que, más aún, nos llevaban grabados a fuego en su rencor. Niños a los que un día, por hacernos los guays, o los chulos, por vengar la injusticia de unos cromos escamoteados o de unas canicas ganadas en mala lid, acusamos de algo que no era verdad, o que no era verdad del todo. Un agravio que fue creciendo sin control, tomando forma, creando malentendidos, hasta que acabó con la reputación y el buen nombre del chaval. Una vida tal vez arruinada, tal vez irrecuperable, que tuvo su origen en una maledicencia de patio de colegio, o de intercambio de clases. Sobre mí, en aquellos tiempos, mis archienemigos del balón o del sobresaliente vertieron más de una injuria que por fortuna no llegó a nada. Mi desgracia en la vida me le he ido labrando yo solito. Yo, en venganza, o en pura maldad, también solté varias andanadas al aire, a ver si colaban... Nunca supe si acertaron de lleno o se perdieron en el mar. Tal vez algún día, en la cola de un supermercado, o en la terraza de una cafetería, me encuentre a un tipo de rostro vagamente familiar que me enseñe la herida, y me devuelva el proyectil en una bolsa.  


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Doce monos

Como ya sucediera en Brazil, que era otra película barroca y deslumbrante, el artificio de Doce Monos sólo es el envoltorio que utiliza Terry Gilliam para contar una historia de amor. Doce Monos -con sus viajes en el tiempo, su humanidad arrasada, sus gadgets de Mortadelo y Filemón- sólo es una película de ciencia-ficción en apariencia. Gilliam, por debajo de esa creatividad desbordada, de esa fama de ex miembro pirado de los Monty Python, sólo es un romántico incurable que esconde sus sentimientos bajo toneladas de cacharros y efectos especiales. Un tímido que se pondría rojo como un tomate rodando directamente una comedia romántica, o una pasión amorosa de las que anegan los ojos y mojan las camas, o viceversa.



    Pero claro: los amoríos que ocupan a Terry Gilliam son de un tipo muy raro, altamente infrecuente. Son esos amores que uno crea en la imaginación y luego sueña continuamente en la profundidad de la noche, o en el marasmo del día, como una obsesión enfermiza, ectoplasmas bellísimos y sonrientes que de pronto, por el azar de un milagro -como le sucedía a Jonathan Pryce en Brazil- o por el capricho de una paradoja temporal -como les sucede a Bruce Willis y Madeleine Stowe en Doce Monos- se vuelven reales, tangibles, y uno no termina de creérselos del todo hasta que la realidad de la carne se impone con un bofetón o con un beso.

    Cuando en Doce monos, el viajero del futuro y la psiquiatra del presente cruzan sus miradas por primera vez, no pueden evitar un primer conato de atracción, pero también, surgida de la galería de los sueños, como una voluta de humo que de pronto se solidifica, una extraña sensación de reconocimiento. Un déjà vu que la doctora, tan racional, tan formada en su materia de trastornados, achacará a la fiebre primeriza de todo enamorado. Porque ella todavía no sabe -como sí sabe el viajero del tiempo- que ellos ya se conocían de mucho antes, de otra línea temporal aún más fantástica que los sueños...


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Brazil

Brazil es la versión muy particular que hizo Terry Gilliam de 1984, la novela de George Orwell. Mientras Michael Radford, por las mismas fechas, y en las mismas islas británicas, rodaba su versión canónica y aburridísima, Gilliam se dejaba llevar por su desbordante imaginación y se las tenía tiesas con los productores de la película, que estaban convencidos de haber financiado a un verdadero demente. Un tipo que se meaba en los presupuestos, en la taquilla, en el happy end, siempre a medio camino de la genialidad y del borderío irresponsable.

    A Gilliam se la soplaba la distopía política. La reflexión sesuda sobre el soviefascismo que vaticinaba la novela. Para él, el mundo terrible de Orwell sólo era el marco perfecto para contar una historia de amor. En un entorno de pesadilla, el amor de Sam Lowry tenía que ser como la flor que brotaba entre tanta miseria moral, entre tanto sueño secuestrado. En el mundo real de Brazil se escucha el desfilar de los soldados, el ajetrear de la burocracia, el carcajeo histérico de las señoritingas. Es una cacofonía desquiciante y deshumanizada. Sin embargo, en los sueños de Sam, siempre suena Aquarela do Brasil en el hilo musical, y en el cielo despejado, azulísimo, brasileiro por antonomasia, él es un ángel alado que respira la libertad muchos metros por encima de su empleo funcionarial, de su existencia sin alegría. Un ángel enamorado que vuela en pos de su mujer amada, otro ángel de cabellos rubios que se le ofrece ingrávido y semidesnudo, envuelto en gasas que su deseo habrá de retirar con suma delicadeza...




    Así transcurre la vida miserable de Sam Lowry, el hombre gris a la luz del día, el Ícaro enamorado en la oscuridad de la noche, hasta que un día, en su quehacer laboral, conoce a Jill Layton, la proletaria que protesta airada en todas las ventanillas, y se queda boquiabierto al descubrir que ella -no poéticamente, no metafóricamente- es la mujer que aparecía en sus sueños. Sam se cree afortunado, elegido para una nueva vida de felicidad. ¿Cuántas veces los sueños de amor se hacen carne exacta, literal, como concedidos por un santo benefactor, por un genio de la lámpara maravillosa?. Pero, Sam, el pobre, todavía no sabe que Brazil, la película, más allá de ese mundo kafkiano y grotesco, de esa mezcla imposible entre 1984 y El proceso, es la historia de un hombre que vivía tan ricamente, se enamora de la mujer que no debía, y asiste, desquiciado, y torturado, al espectáculo escatológico de su vida yéndose por el retrete.


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The Bomb

Uno pensaba que The Bomb, el documental producido por la PBS, y recomendado por un amigo muy fiable, iba a ser más crítico con el asunto nuclear de los norteamericanos. Que desde la concepción de la bomba atómica en el "Proyecto Manhattan", hasta la locura irracional que vino después en la Guerra Fría, The Bomb iba a narrar el lado oscuro de esta locura tecnológica, de este juego irresponsable con la aniquilación. Una historia de orates que sólo al principio, quizás, tuvo su razón de ser, cuando en la II Guerra Mundial las democracias tuvieron que adelantarse a los nazis en el empeño de llegar primero a la fisión nuclear.



    La PBS es esa televisión pública de la que tanto se ríe la familia Simpson porque sus programas son aburridos, sesudos, con intenciones educativas, y mi amigo siempre ha sido un tipo de buen criterio que hablaba de escandalosas revelaciones en el documental. Sin embargo, una hora y cincuenta minutos después, me he quedado como estaba, sin haber aprendido nada nuevo. Y sin ningún asomo de crítica, además, entre los muchos historiadores que asoman el jeto por The Bomb para dar "doctas" opiniones que ya conocíamos todos los espectadores. Nos tuvimos que adelantar a los nazis, los japoneses se merecieron su final, y los soviéticos eran mucho más perversos que nosotros. Una historia patriotera, básica, de libro de texto para una escuela de Kentucky. Un resumen moral que hubiera suscrito cualquier halcón de las Fuerzas Armadas. Cualquier iletrado de la familia Bush. Sí: murió gente en Hiroshima. Pobrecicos. Sí: murió gente en Nagasaki. Qué mala pata tuvieron, porque el objetivo inicial era la ciudad de Kokura, que estaba cubierta por las nubes. Algún pescador japonés, es verdad, se vio afectado colateralmente por las pruebas de la bomba de hidrógeno en el Pacífico. Peccata minuta, en comparación con el esfuerzo moral, supremo, casi mesiánico, de salvar al mundo del comunismo. El verdadero peligro nuclear de la actualidad lo tienen los hindúes, y los pakistaníes, que están como cabras. A nosotros que nos registren...

    Menos mal que estos días, por esas casualidades de la vida, una anda enfrascado en la lectura de La historia silenciada de los Estados Unidos, un libro co-escrito por Oliver Stone que viene a completar, con mucha documentación, y e intenciones mucho más perversas, este documental tan inocuo, tan archisabido, tan poco arriesgado, que me ha robado la preciosa noche del jueves. 


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Más pena que Gloria

Hay un momento terrible, en la adolescencia, cuando te enamoras por primera vez sin ser correspondido, en el que comprendes con sumo dolor que las mujeres, a la larga, hasta que el impulso sexual se extinga en la senectud, van a traerte más pena que gloria. Que sólo un puñado de escogidos, de tipos muy selectos, que entran en la adolescencia triunfando y ya nunca dejan de ganar, van a vivir el orgullo del deseo casi siempre correspondido, del amor casi siempre reflejado. Que en esto, como en todo, hay clases y castas, y que la mayoría de nosotros, como el David de la película, llevará para siempre el rejonazo de una mala faena. Una herida que nunca curará del todo, y que empezará a doler justo antes de iniciar cada nueva conquista, como un recordatorio de que el fracaso es el resultado más probable de nuestro anhelo tontorrón.



    David, en Más pena que Gloria, está viviendo esa edad puñetera en la que sus compañeras de pronto se vuelven más listas, más maduras, mucho más guapas, y levantan el vuelo para ir a posarse en las ramas superiores donde viven los tíos mayores: los que van en moto, o ya han follado, o te partirían la cara a hostias si te cruzaras en su camino. David, como nos pasaría a cualquier de nosotros, se enamora de Gloria hasta la baba, hasta el arrobo, y durante unos días de risueña ficción cree que tiene posibilidades de conquistarla. Ella le habla, le sonríe, le permite conversaciones y paseos hasta llegar a su portal... Pero es todo una entelequia. Aunque tienen la misma edad, y van al mismo instituto, y comparten los mismos botellones en la plaza del barrio, David y Gloria habitan dos planetas distintos. Cuando le llega la bofetada, tan cruel como inesperada, David se introducirá en la bañera para que las lágrimas se confundan con el agua. Allí jugará con el condón que ya nunca utilizará con Gloria, su amor frustrado e imposible... Pero él es joven, y decidido, y en la siguiente fiesta de estudiantes buscará un clavo más accesible con el que sacar el anterior. Cree que la herida de Gloria cicatrizará muy pronto. Pero no es cierto. David aún no ha comprendido que esa llaga es un tatuaje de sangre indeleble, que le identificará para toda la vida.


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Ronin

Ronin es una película de acción pura y dura, todo músculo, sin hueso. 0% de materia grasa. Tan simple como un pirulí, y tan enredosa como cualquier guión de David Mamet. Unos ex sicarios de las democracias se enfrentan a sus ex colegas del comunismo por la posesión de un maletín que puede contener un código nuclear, un secreto desestabilizador o un trozo de kriptonita caído de los cielos. Ellos no lo saben, y lo mismo les da en realidad, porque su contenido sólo es un mcguffin que anima su codicia y justifica sus tiroteos. El viejo don Alfredo suspiraría de gusto al ver Ronin desde su tumba.



    De estos ronin que se han quedado sin trabajo tras el derrumbe del Muro de Berlín, y que vagan por el mundo sin amo y sin honor, como los samuráis caídos en desgracia, sólo conocemos su destreza con las armas o su pericia con los explosivos. Nada más. Que son implacables, muy hijos de puta, y que por un fajo de billetes se venden a cualquiera que les proponga un buen negocio. Y si ese cualquiera, además, tiene la belleza irresistible de Natascha McElhone, y en el tiempo muerto de las vigilancias al enemigo, o de la espera de instrucciones, se adivina un polvo mayúsculo en lontananza, más todavía. Del resto, de sus vidas personales, de sus traumas del pasado, nada se nos cuenta en la película. Qué nos importa, además, el hijo que juega al béisbol sin que papá lo vea desde la grada, o la ex mujer que se caga en sus muertos porque nunca llega la pensión. Frankenheimer y Mamet decidieron que Ronin fuera una película de tiros y hostias, persecuciones y bombazos. Nada más, y nada menos. Una película de diálogos que van al grano, muy de expertos en la materia asesina. Casi de germanía. Lances verbales entre machos con mucha testosterona que presumen de currículum y de inteligencia, como venados que entrechocaran su cornamenta. Veteranos de la Guerra Fría que ya no creen ni en la democracia ni en el comunismo, pero sí, todavía, en la ideología inquebrantable de sus pelotas. Unos auténticos profesionales, como diría el inolvidable Pazos de Airbag. Y menudas "sumachigúns" que se gastan, además.


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Déjame salir (Get Out)

(Contiene spoilers morrocotudos...)

A Chris, un muchacho tan afable como tímido, le ha tocado en la lotería una novia guapísima, sexy, irresistible. Que ella sea blanca y él negro no es impedimento para que el amor se les desborde en cada mirada y en cada beso. Varios meses después de conocerse, ella le propone ir a conocer a sus padres, que son gente de mucho dinero que vive a orillas de un lago, en una casa de ensueño. Chris, nervioso, mientras su novia conduce a través de los bosques, recuerda aquella película titulada Adivina quién viene esta noche, y la cara contrariada que puso aquel matrimonio al descubrir que el novio de la nenita era un hombre de color, por muchos títulos universitarios que éste pudiera plantarles en los morros. Era otra época, y otro racismo más descarnado, y su novia, además, que se descojona de la risa con sus resquemores, jura y perjura que sus padres son gente 0% grasa en esas cuestiones. Pero Chris no las tiene todas consigo.



    Sin embargo, al llegar a la mansión, todo es afabilidad y buen rollo con sus futuros suegros. Los Armitage son una familia moderna, desprejuiciada, votantes de Barack Obama que lamentan la ley que limita a dos sus mandatos presidenciales. Son tan guays, tan abiertos, tan absolutamente encantadores, que a Chris se le disparan los viejos recelos. Trescientos años de esclavitud han forjado en él una desconfianza innata hacia los hombres blancos que sonríen demasiado. Tanta demostración liberal  le escama más que un recibimiento gélido e incluso hostil. Para esto venía preparado; para lo otro, no. Es como una película de terror en la que todo el mundo esconde sus intenciones tras una máscara sonriente del Joker. Y Get Out, efectivamente, que al principio es una comedia romántica, y luego un remake inquietante de Adivina quién viene esta noche, se convertirá en una película de terror con todas las de la ley. Chris es un muchachote sano que practica deporte, y su cuerpo es la envidia sana o insana de todos los invitados que en la mansión se dan cita. Qué mejor receptáculo que el suyo para iniciar una nueva vida cuando se está al borde de la demencia, de la parálisis, de la invidencia. O de la muerte. En esa casa del terror que oculta un quirófano clandestino todos respetan a los hombre negros. Más aún: los idolatran, y los ansían. Hasta querer ser uno de ellos...


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Donnie Darko

Cuando el motor del avión cayó sobre la cama de Donnie Darko, él, en las altas horas de la madrugada, se encontraba en el campo de golf persiguiendo al conejo salido de su imaginación. Soy el tipo con más suerte del mundo, debió de pensar Donnie cuando regresó al amanecer y se encontró el destrozo absoluto de su habitación. Yo tenía que haber muerto hace unas horas, dormido, o escuchando música,  o pajeándome bajo las sábanas, sin apenas enterarme del impacto, y sin embargo, gracias a las alucinaciones que sufro, sigo aquí, con el regalo de la vida intacto, e incluso renovado.



    Pero Donnie Darko, que aunque sufre de esquizofrenia es un chico muy inteligente, sabe que cuando a un desgraciado le sonríe la fortuna -y el pobre Donnie lleva la desdicha pintada en la cara- lo más sensato es ponerse en guardia, y construir un refugio para soportar la venganza del destino. Porque el destino es un dios malvado, puñetero. Un abusón carcelario, o de patio de colegio, que guarda respeto por unos y persigue a otros con saña incomprensible. Cuando a un desgraciado le sale bien un negocio, un amor, una vida salvada por los pelos, el destino vuelve sobre él para restablecer el equilibrio natural de sus santos cojones.

    Tras salvar la vida de chiripa, Donnie empieza a sufrir extrañas alucinaciones. Más reales que las que antes proyectaba su enfermedad. Extrañamente verosímiles. El anuncio críptico de una desgracia definitiva que el conejo dentudo le transmite con voz de ultratumba. Es como si Donnie, tras salvarse del accidente, viviera una vida ingrávida, soñada. Impostada. El tejido de la realidad se ha vuelto viscoso, menos denso. Donnie ha salvado el pellejo, pero sus seres queridos, en esa vida alucinada, o en esa alucinación vívida, sufren desgracias y pesares. El destino se la tiene jurada, y mientras prepara su venganza, se entrena con ellos. La experiencia única de Donnie Darko es que el destino, fallado el primer golpe, suele agredirnos con otro distinto para que no lo veamos venir. Pero en su caso, como esto es una película, y hay bucles espacio-temporales no muy bien explicados, el destino le coloca exactamente en la misma tesitura, en la misma noche del motor desprendido, para que Donnie sume los pros y los contras de su suerte irrepetible.


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Días de pesca

Nuestros hijos no nos deben nada. Nadie les pidió su opinión para concertar esta cita con la vida. Se encontraron a sí mismos con el hecho ya consumado, sin derecho de réplica. Les hemos concebido porque lo deseábamos, o porque nuestra pareja amenazaba con dejarnos. Porque nos aburríamos mucho en la soledad, o porque tuvimos un desliz en la noche loca del alcohol. Sea como sea, nuestros hijos viven su propia existencia, y son muy dueños de querernos o no, de darnos las gracias o de ignorarnos cuando proceda. La vida que les hemos insuflado puede ser un regalo, pero también una jodienda, y nunca vamos a estar seguros del todo. Así que es mejor no entrometerse en sus querencias. El orgullo de ser padre, o de ser madre, es una tontería, una gilipollez emanada del ego. Somos padres, y punto, y tenemos el imperativo biológico de cuidarlos, de alimentarlos, de protegerlos. De quererlos.  Pero ellos no tienen por qué correspondernos. El amor paternal puede ser no correspondido, como el amor de los amantes, o la pasión enfermiza por una actriz de Hollywood.



    Quizá por eso, porque su amor no viene condicionado, y es libre y voluntario, cuando un hijo expresa su cariño, o su preocupación por nosotros, es como si la vida nos sonriera, y nos sintiéramos infinitamente compensados poe el esfuerzo. En Días de pesca, Marco Tucci es un alcohólico en rehabilitación al que le han recomendado que salga de Buenos Aires para tomar el fresco. Sin rumbo fijo, vagando por la Patagonia, decide ir a ver a su hija Ana, a la que hace dos años que no ve. Entre ellos hay un resquemor, una distancia. Un reproche implícito, y a veces explícito, sobre su conducta bochornosa en los tiempos del alcoholismo. Entre padre e hija hay más que una Patagonia de distancia. Como excusa, para no presentarse ante ella desnudo de intenciones, Marco finge interesarse por la pesca turística del tiburón, que es de lo poco que puede practicarse en aquellos parajes desolados. Eso, o la geología, o la meditación profunda sobre uno mismo, mirando al horizonte infinito, cosa que Marco Tucci no tiene ni puta gana de hacer, avergonzado por su pasado. Él ha ido a pescar a otra cosa: un perdón, un gesto, un acercamiento. Un indicio de que su hija no ha roto amarras del todo. De que los nubarrones del alcoholismo no borraron el tiempo feliz de cuando jugaba con ella de niña, y le cantaba dulces nanas en italiano. Y mientras tanto, mientras la hija mastica su resquemor, Marco Tucci pesca el tiburón en la barca saltarina...



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El dictador

El dictador, aunque vaya dedicada con sumo recochineo al difunto Kim Jong-il, en realidad es la parodia de un déspota africano muy parecido a Muamar el Gadafi. Un retrato parido en la mente demenciada, atrevida, sumamente particular, de Sacha Baron Cohen. Un humorista británico que jamás cultivó el humor inglés. Por su picadora de carne puesta a mil revoluciones pasa el racismo, el machismo, el terrorismo, todos los ismos perseguidos por la fiscalía y denunciados por los colectivos sin sentido del humor. Y sí: yo soy de los que se ríe mucho con sus provocaciones, con sus chistes al filo de lo denunciable, porque soy un hombre a medio civilizar, mitad macaco y mitad literato. Me conmueve hasta la lágrima de risa ese humor tan arcaico y grosero. Son las cosas de haberse criado en un arrabal, entre gente muy poco recomendable. De haber frecuentado malas lecturas y malas películas en los años decisivos de la formación.



    Pero Sacha Baron Cohen, por supuesto, no es un ningún imbécil que desconozca el objetivo último de sus excesos. Lo que en apariencia es una sucesión de sketches desordenados sobre cacas y culos, pedos y pises, al final, todos juntos, conforman un misil de punta afilada -como le gustan al dictador Aladeen- sobre nuestra idea muy equivocada de lo que es una democracia verdadera, y sobre la escasa diferencia que en realidad separa nuestras dictaduras económicas de aquellas dictaduras militares. Cuando Aladeen de Wadiya, en la asamblea de la ONU, rompe en mil pedazos la que iba a ser la primera Constitución de su país, los asistentes, indignados, demócratas bien trajeados de piel blanca y alma impoluta, le abuchean y le hacen puñetas sin disimulo. Pero Aladeen, más chulo que nadie, no se echa atrás en su determinación de seguir manteniendo la satrapía:

   “¡Oh, cállense! ¿Por qué son ustedes tan antidictadores? Imagínense que América fuera una dictadura. Podrían hacer que el 1% de la población tuviese todas las riquezas de la nación... Podrían ayudar a que sus amigos ricos lo fueran aún más reduciendo sus impuestos y sacándoles del apuro cuando apostaran y perdieran. Podrían ignorar las necesidades de los pobres en salud y educación. La prensa parecería libre pero estaría controlada en secreto por una persona y su familia. Podrían pinchar teléfonos, torturar prisioneros extranjeros... Podrían manipular las elecciones, podrían mentir sobre por qué van a una guerra. Podrían llenar sus cárceles de un grupo racial en particular y nadie se quejaría. Podrían usar los medios de comunicación para asustar a la gente y hacer que apoyen las políticas que van en contra de sus intereses. Sé que para los americanos resulta difícil de imaginar, pero por favor, inténtelo”.


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Gravity

Siempre he pensado que los astronautas, o los aspirantes a astronautas, son los grandes misántropos de los tiempos modernos. En los siglos pasados, el misántropo se iba de eremita al desierto, o a las montañas, a poner distancia con el género humano, y no necesitaba irse tan lejos, ni utilizar vehículos tan caros. Le bastaba con echar a caminar para sustituir las voces, la estupidez incesante, por el susurro de los árboles y el canto de los pájaros. Luego vino la civilización, la superpoblación, el aprovechamiento industrial de cualquier remoto ecosistema, y el silencio se fue convirtiendo en un artículo de lujo, en una aspiración reservada para los más ricos o los más refinados. En la Inglaterra industrial del siglo XIX, los caballeros más exquisitos, hartos del bullicio de las calles, del estrépito de las fábricas, del parloteo de los opinantes, se refugiaban en el Club Diógenes que inventara sir Arthur Conan Doyle para leer la prensa sin ser molestados y poder abandonarse a sus propios pensamientos. Hoy mismo, en las rutas del AVE, muchos usuarios optan por viajar en el "vagón del silencio" para disfrutar del paisaje, de la lectura, del sopor del traqueteo, sin que ningún merluzo o merluza relate en voz el alta el estado de su intestino o el dolor de su desamor.



    El silencio se ha convertido en un afán casi imposible en este mundo superpoblado de gente, de radios, de teléfonos móviles. Vas al Everest y te encuentras una cordada de millonarios; navegas por el Ártico y te cruzas una expedición que sondea bolsas de petróleo; te pierdes en el Amazonas y te topas con un etnólogo que busca el rastro perdido de El Dorado. Quedan muy pocos refugios para encontrar el silencio soñado, y uno de ellos es el espacio exterior. El sanctasanctórum del vacío absoluto al que sólo pueden acceder superhombres y supermujeres muy inteligentes, sanísimos, resistentes a casi todo, verdaderos semidioses que nos contemplan desde lo alto. Lo dicen al principio de Gravity, sus dos personajes ingrávidos que flotan alrededor del telescopio Hubble para repararlo: desde ahí arriba las vistas son maravillosas, y la sensación de ingravidez tiene algo de lisérgico, de drogadictivo. Pero lo más bello, lo más estimable, lo primero que echarán de menos nada más regresar a la Tierra -el que llegue, claro- es el silencio. La majestuosidad muda del espacio infinito. Hasta que un pesado de Houston vuelve a soltar instrucciones por las ubicuas ondas hertzianas.



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Ghost Dog, el camino del samurái


Hasta 1999, los mafiosos que conocíamos por las películas eran los gángsters de Chicago armados con la ametralladora Thompson, o los italianos de Nueva York que rendían pleitesía al padrino nacido en Corleone. Sólo Scorsese, en los últimos tiempos, nos había presentado a otros italianos que medraban en los bajos fondos de la ciudad, o que habían emigrado a Nevada para hacer fortuna dirigiendo casinos y prostíbulos. Sin embargo, de los mafiosos que chanchullaban en New Jersey, nadie se había ocupado hasta que un domingo por la noche, después del fútbol en Canal +, vimos a un tipo que conducía por las autopistas que dejaban atrás la Gran Manzana y se adentraban en los suburbios industriales del estado vecino. El tipo estaba gordo, se fumaba un puro como un señor en el fútbol, y llevaba una sintonía en el radiocasete que se nos ha quedado grabada para siempre. Tony Soprano nos introdujo a los gángsters con menos glamour de la historia televisiva, italianos fofos, decadentes, que sólo se alimentaban de espaguetis y de bocadillos de pastrami. Que subían una cuesta y se sofocaban, que echaban un polvo y desfallecían, que mantenían su pequeño imperio delictivo sólo porque eran unos psicópatas sin escrúpulos que no dudaban un segundo en ajusticiarte.



    1999 debió de ser el Año Internacional del Mafioso Neojerseíta, porque Jim Jarmusch, en Ghost Dog, también eligió a estos tipos morcillones para convertirlos en los enemigos de un samurái de raza negra tan pasado de kilos como ellos. Una lucha justa, de igual a igual, de grasa a grasa. Porque Ghost Dog, el fulano, es un asesino a sueldo bastante hábil, ducho con las pistolas, certero con el rifle, pero allá en su ático, rodeado de cagadas de palomas mensajeras, la única gimnasia que practica es el taichí oriental que da los buenos días al sol naciente. Poca cosa para un tipo que debería estar en plena forma, huyendo de los peligros cotidianos. Supongo que en esos códigos samuráis que Ghost Dog lee a todas horas, entresacando sabidurías para la recta vida del guerrero, en algún apartado deben constar recomendaciones sobre la mens sana in corpore sano. Algo relacionado con la salud, con el vigor, con la flexibilidad de los músculos, porque el samurái que tan fielmente ha de servir a su señor no puede abandonarse a la molicie del sofá, a la gula del tragaldabas. Ghost Dog, la película, no es que esté rodada con ritmo cansino y reflexivo: es que sus gladiadores -los mafiosos y el samurái- no pueden moverse a mayor velocidad.


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Turistas en mi playa XX

Primero desertaron los aficionados al cine clásico, que yo casi nunca abordo en estos escritos. Luego los cinéfilos de la cosa moderna, porque yo casi nunca sigo los estrenos, y porque además, perdido en los cerros de Úbeda, al final nunca digo si la película me pareció buena o me pareció mala, y la gente lo que busca en estos lugares es una opinión, una guía, y no esta literatura barata de mis entretelas. En este blog arriesgado, personalísimo, infumable como pocos, las películas sólo son la mecha que encienden mi reflexión, mi neura, mi desahogo cotidiano.

    Luego, poco a poco, casi de uno en uno, para disimular su número y su vergüenza -aunque yo les entiendo de sobra-, se fueron yendo las amistades, que al principio me leían por curiosidad, luego por obligación, y ya finalmente de Pascuas a Ramos, en los tiempos muertos de la consulta del dentista, o de la espera eterna en el aeropuerto, cuando el aburrimiento es tan denso, tan voraz, que a uno le vale cualquier cosa para entretenerse, y lo mismo es capaz de ojear una revista del Colegio de Odontólogos que echarle un vistazo al blog de aquel amigo que escribía.



    Así las cosas, con el paso de los años, me he quedado son un único lector más o menos habitual, cuatro compadres de Iberoamérica, una madre que piensa que soy el nuevo Carlos Boyero, tres chalados que buscan rarezas cinematográficas por internet y una exnovia guadianesca que busca argumentos para recordar que soy un gilipollas. Ni siquiera los pornógrafos, que antes eran legión, o al menos cohorte, sustentan ya mis pobres estadísticas. Una vez, en los albores del blog, llamé al protagonista masculino de El estudiante "pichaloca", y el registro de visitas empezó a subir como la espuma. ¡Es el reconocimiento tardío!, pensé entusiasmado. El punto de inflexión. Me ha quedado una entrada tan niquelada, tan acertada, tan de puta madre, que a partir de hoy me lloverán las visitas y los comentarios, las felicitaciones y quizá hasta los ligues con interesantes señoritas. Viví feliz durante unos días hasta que descubrí que existía una página pornográfica llamada pichaloca.com que al parecer tenía mucho predicamento entre el colectivo gay, y que eran ellos, y no los cinéfilos, ni los lectores exquisitos, ni las mujeres arrobadas, los que llamaban a mi puerta confundidos y excitados. Yo les escribí varias misivas para sacarles de su error, tan mal escritor como buen ciudadano, y desde entonces sólo algún despistado recalcitrante pincha alguna vez en aquella entrada ya mítica. En todo este verano, uno solo. El soldado japonés que allá en la isla del Pacífico todavía no se ha enterado de que Hirohito ya se rindió. Arigato, querido amigo, pero las pichas locas están en otro lugar.


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La reconquista

En La reconquista, Manuela y Olmo son dos treintañeros que se reencuentran en la noche de Madrid tras quince años sin verse. De adolescentes fueron novios, o novietes, y caminaban de la mano por los parques del barrio, alelados y felices. Cuando no podían estar juntos, en la soledad de sus habitaciones, se juraban amor eterno en cartas de papel cuadriculado que escribían con el boli de cuatro colores. Pero la eternidad, ay, duró lo que Manuela decidió que durara, ansiosa por conocer otros chicos, otras vidas, otros mundos que no constriñeran su curiosidad. Ella vive ahora en Buenos Aires, en el exilio laboral, y aprovechando unos días de asueto ha regresado a Madrid para ajustar cuentas sexuales con su pasado. Pero Olmo es un chico algo parado, con cara de panoli, que acude a la cita más curioso que excitado, y terminará convirtiendo lo que iba a ser un lance erótico en un repaso melancólico del amor que compartieron.




    Mis ojos resbalan por La reconquista sin comprenderla del todo. El guión es críptico, la realización austera, los personajes hieráticos y sosainas. Se supone que un volcán interior está a punto de reventarlos mientras guardan las formas y se ponen filosóficos y medio tontos, pero yo no soy capaz de sentir su ímpetu, su calor. El mismo título tiene algo de equívoco, porque aquí nadie trata de reconquistar a nadie: sólo echar un polvo, como mucho, si la noche se vuelve loca, y recordar luego, recostados en la cama, los momentos que marcaron su amor primerizo y despistado. Manuela vive al otro lado del charco, y Olmo vive comprometido con su pareja, y la supuesta reconquista, como mucho, se va a quedar en una batalla fugaz en la cueva de Covadonga. Me falta perspicacia e interés para seguir sus devaneos. Y sobre todo, me falta esa experiencia del amor adolescente que nunca tuve. Entre los curas, las gafas y la timidez, se me pasó el arroz de aquella paella tan sustanciosa. Quiero ponerme en la piel de Olmo y Manuela pero no puedo. Les entiendo, pero no les siento. Aquí dentro tengo un boquete, un déficit, un buen mordisco perdido en el calendario. La reconquista es una película que no termino de entender, pero que me ha puesto muy triste, al borde del llanto. Son malos tiempos para la lírica.


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