Master and Commander


🌟🌟🌟🌟🌟

Hoy en día los neuróticos ya no podemos ir al cine. Sólo en sesiones muy escogidas, casi clandestinas, como de ambiente de cine porno. Horarios de gente que busca el silencio y la concentración. Que ansía un comportamiento de melómanos en la platea. De cartujos en los maitines ¿Por qué la gente guarda las formas en una ópera de Mozart y no en una película de Scorsese? Es el misterio que atormentó mis años de espectador habitual. ¿Por qué está gentuza que mastica las patatas, rebusca las palomitas, sorbe la cocacola, habla sin rubor, corretea por los pasillos, juega con el móvil, suelta chistes, golpea los respaldos, se ríe a destiempo, se mete mano entre jadeos, por qué, por qué, cuando van a otros espectáculos de más alta etiqueta se callan como hijos de puta, y se comportan como seres humanos civilizados, y no como los gremlins que veían Blancanieves en aquel cine rural tomado al asalto?



    Hoy he visto Master and Commander en el televisor del salón, y aunque el DVD no está rayado, y la tele es de muchas pulgadas, y mi predisposición como espectador es de entrega absoluta, porque la película es cojonuda, y yo no sabría ponerle un pero ni quitarle un segundo -la historia tan simple pero tan compleja de dos barcos que se persiguen por medio mundo lanzándose cañonazos-, la experiencia me ha dejado un regusto de melancolía. Hace quince años vi Master and Commander en la pantalla enorme del Teatro Emperador, allá en León, en otra vida que ya me parece lejanísima, de otro tipo que estaba más joven y más gordo, más risueño y más perdido. Salí de aquel cine con un colocón de sales marinas y pólvoras remojadas. Master and Commander me pareció la puta película de todos los tiempos, en aquel pantallón que era como el mismo mar que surcaban la Surprise y el Acheron. Éramos cuatro gatos en aquella sesión marginal, cuatro cinéfilos desconfiados, recelosos, que nos vigilábamos las manos como cowboys a punto de entrar en duelo, a ver si alguien sacaba la puta bolsa de patatas o el puto móvil de los cojones. Pero no hubo caso, y en apenas unos segundos ya éramos todos marineros a bordo de la Surprise, acojonados por el miedo pero excitados por la aventura. La pantalla del cine ocupaba todo nuestro horizonte, y el rumor del mar, y el temblar de las velas, y el cañonazo del enemigo, nos cogía de improviso por cualquier lado. Estas experiencias ya no regresarán jamás... Los cines se han vuelto hostiles, y yo me he vuelto majara por completo. Hoy, en el sofá de casa, una moto anacrónica de las guerras napoleónicas se ha dado varios paseos bajo la ventana. El vecino de arriba se ha puesto a jugar con unas canicas de acero. Ladraron los perros. Saltó el whatsapp. Me entraron ganas de mear. Picoteamos unas gominolas. Hablamos en los silencios para dárnoslas de cinéfilos. Recordé que no había pan para mañana. No éramos como los gremlins de la película, pero no estábamos dando ningún ejemplo de saber estar. Era Master and Commander, sí, pero ya era otra cosa.



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Lost in translation

🌟🌟🌟🌟🌟

Bob y Charlotte andan perdidos por Japón, pero también andan perdidos por la vida. Japón, en Lost in translation, sólo es una metáfora geográfica de su perplejidad. Desde las habitaciones de su hotel, a muchos metros de altitud, Tokio es una ciudad indescifrable, enigmática, y bien podría ser la imagen urbana de sus propias incertidumbres. Ellos vagan por sus aceras y por sus templos como turistas asombrados, boquiabiertos, pero en realidad no comprenden gran cosa de lo que ven. Japón, como ahora sus conciencias, es un lugar confuso, contradictorio, tan familiar y a veces tan extraño que a veces se sienten como en casa y a veces habitantes de un planeta muy lejano.



Japón,
mia que está leho Japón...

cantaban los No me pises que llevo chanclas, y allí, a tomar por el culo, en las islas del Sol Naciente, náufragos de su propio crucero, Bob y Charlotte se pierden en las traducciones como se pierden en la traducción de sus propios pensamientos. No aciertan a expresar con palabras lo que bulle en sus mentes atribuladas. Deberían de ser felices, pero no lo son. La sombra de estar viviendo una mentira, un matrimonio sin futuro, una vocación sin satisfacciones, les marchita la sonrisa, y les nubla la mirada. Charlotte es una mariposa que empieza a revolotear por el mundo, pero sospecha que en la primera flor ha cometido un gran error inaugural. Cuando su marido aparece por la puerta, el corazón, todavía enamorado, late con fuerza, pero las entrañas le susurran algo muy diferente. Y las entrañas, esas hijas de puta resabiadas, nunca se equivocan. El plexo solar sabe más de la vida que el corazón, que es ciego, y que la cabeza, que es idiota del culo.

    Charlotte sospecha que todo ha terminado casi sin comenzar, pero es un pensamiento demasiado grave, demasiado maduro, para asumirlo de sopetón. Así que una noche, en el bar del hotel, cuando conozca a Bob, creerá encontrar en él al confidente que siendo treinta años mayor que ella, con toda una vida recorrida, con toda una historia en la mirada, podría servirle de guía. Pero Bob es otro turista que perdió su mapa en Japón, y no está preparado para ayudar a nadie. Sólo para hacer compañía, y para ser solidario en la tribulación. A los cincuenta y tantos años todavía no ha conseguido traducirse. Y a esas edades ya es muy difícil aprender. 


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10, la mujer perfecta

🌟🌟🌟🌟

Ponce de León nunca encontró la Fuente de la Eterna Juventud en las tierras de Florida. Los indios, que no tenían armaduras, ni armas de fuego, pero sí un sentido del humor que hacía estragos entre los invasores, se rieron una vez más del europeo que ansiaba glorias y riquezas, aunque en este caso, para ser justos, el bueno de Ponce buscara algo más elevado que el vil metal. Con 53 años de entonces, que son como los 93 de ahora, Ponce ya había sido terrateniente, gobernador, potentado en Puerto Rico, y de riquezas materiales andaba más que sobrado. Era tiempo, vida, recorrido, lo que él buscaba en su loca expedición. O, quizá, simplemente, un remedio milagroso que le ayudara a mantener la energía conquistadora, el vigor físico, la potencia sexual de quien seguramente se trajinó a varias indígenas en sus andaduras por el Caribe y ahora ya no podía ni levantar el sable simbólico de su hispánica hombría.



    Para desgracia de George Weber en 10, la mujer perfecta, si Ponce de León hubiera buscado la Fuente de la Edad en California tampoco la hubiese encontrado. En caso contrario, cuatro siglos después, ante los primeros síntomas de su pitopausia -que son la cana en el testículo, la desgana en la cama y la obsesión por las jovencitas- George Weber sólo tendría que haber ido a la Fuente con un botijo para recuperar la alegría de vivir y regresar como un toro a su madura relación con la buena de Samantha, su coetánea de los cuarenta y tantos años que soporta todas sus rarezas y todos sus devaneos. Pero como tal Fuente no existe, y el botijo además no se estila entre la beautiful people del show business, George sigue consumiéndose en la angustia de quien ya se ve al otro lado del ecuador, en la otra mitad del calendario, en la edad deprimente que multiplicada por dos ya casi no da para vivir.

    Y así, incapaz de asumir la realidad, enajenado de su edad mental y de su fisiología celular, un buen día se enamora de la jovencita perfecta que viaja en limusina camino del altar. Algo así como una aparición mariana. Como un espejismo nacido de su sed en el desierto. Y emprende la aventura loca de rondarla, de conquistarla, de perseguirla hasta las playas de México, haciendo el ridículo como sólo un hombre obsesionado con una mujer es capaz de hacer. Quizá el espectáculo menos edificante de toda la Naturaleza, aunque de mucho juego en las comedias y en las habladurías de los pueblos. Mientras tanto, al otro lado de la frontera geopolítica, en el país de las señoras maduras pero de muy buen ver que George Weber desprecia como un merluzo, Samantha, su pareja, su santa, que podría mandarlo con toda la razón a tomar por el culo, aguarda pacientemente su fracaso. Como Penélope esperó a Ulises, pero con algo menos de paciencia, y algo más de recochineo.


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Wonder Woman

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Confío mucho en la opinión de los críticos cinematográficos. Soy así de inseguro y de confiado, qué le vamos a hacer. Aunque lleve veinte años de cinefilia en cada una de mis posaderas, y no suela equivocarme con lo que me gusta y con lo que no, a veces tengo que recurrir a ellos para decidir si una película de la que no tengo referencias, porque es el último hito de la cinematografía paraguaya, o la opera prima de un jovenzuelo desconocido de Arkansas, merece el esfuerzo de pagar una entrada o de programar una grabación. O de fletar un barco que intercepte la mercancía en las rutas comerciales que nunca llegan a provincias.
    Si Quentin Tarantino, por poner un ejemplo, estrena nueva película, leo las críticas para saber qué voy a encontrarme en su nueva chifladura, pero nunca para decidir si voy a verla o no. Lo mismo me sucede, aunque al revés, cuando se estrenan las obras maestras de los coreanos impronunciables, o de los viejos maestros que gozan de bula pontificia O, como en el caso de Wonder Woman, con las adaptaciones de los superhéroes del cómic, que me pillaron ya muy mayor, medio sordo a los estruendos, medio ciego a las pirotecnias, quisquilloso con las incoherencias y con las sobradas.



    Hace unos cuantos meses, cuando se hablaba del estreno de Wonder Woman, ni siquiera me tomé la molestia de leer las sinopsis. Hostias y ruidos. Buenos de mazapán y malos de pacotilla. Y una actriz de evidente belleza...  Un cómic, por definición, como tantos otros, para la chavalada del centro comercial. Así que me olvidé por completo de la película hasta que hace unas semanas, en la revista de cine, con motivo de su lanzamiento en DVD, leí que la crítica sesuda y barbuda, ilustrada y veterana, curtida en mil y un festivales del ancho mundo, había aplaudido esta película con adjetivos muy bonitos y altisonantes. Y yo, que tan poco caso me hago, que me dejo llevar por la primera contradicción de cualquiera, el Zelig que se mimetiza con el paisanaje de la cinefilia, me desdije de mi renuncia y me planté en el sofá para descubrir el tesoro oculto de una adaptación que decían atrevida y diferente. Han pasado dos días desde que vi la película y todavía lo estoy buscando...


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Dunkerque

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    A la guerra van tres tipos de personas: los héroes, los profesionales y los mandados.

    Los héroes, a los que en Dunkerque representa el personaje de Mark Rylance, el valeroso que se lanza al mar con su barco de recreo para cruzar el Canal y rescatar un puñado de soldados, son hombres muy evolucionados que han trascendido la biología, la dictadura del gen y el mandato de la supervivencia, y son capaces de jugarse el pellejo para defender unas banderas, unos ideales y unas fronteras sagradas, que no son más que, por este orden, unos trapos de colores, unos discursos de la clase dominante, y unas líneas imaginarias dibujadas en el mapa. Los simbolismos... El problema de los héroes, desde que los griegos empezaran a reírles sus hazañas, es que arrastran a los demás en su tontuna bélica, en sus sueños de transcendencia, y provocan grandes penalidades en los inocentes que les siguen como Sancho Panza montado en su burro. Que se lo digan al pobre chico que acompaña a Mark Rylance en su quijotesca aventura de los mares...



    Luego están los profesionales, claro, los que se ganan la vida en el negocio militar a veces por vocación y a veces porque no quedaba otra para comer. Peritos de la guerra como el piloto que encarna Tom Hardy en Dunkerque, un tipo que realmente preferiría no estar allí, suspendido en el aire con su Spitfire, pre-muerto en su ataúd de metal, jugándose la vida al cincuenta por ciento en cada lance con el enemigo, pero que encara su tarea con el aire funcionarial de quien se levanta una mañana, le ordenan que haga una jornada matinal de varias horas sentado en la carlinga, y va despachando a los Messerschmitts y a los Stukas como quien va poniendo sellos en los formularios o archivando documentos en las carpetas.



    Y finalmente, para que la guerra sea realmente multitudinaria y pase a los libros de historia, la carne de cañón: el recluta, el mandado, el chico que vivía tan feliz en su granja o en su suburbio, tonteando con las chavalas y haciendo cafradas con sus amigotes, y que un día, sin tener ni puta idea de por dónde van los tiros de la alta política o de los intereses industriales, se ve reclamado por el gobierno, vestido de recluta, estrujado en un transporte, confinado en un barracón, enfrentando al amanecer con una ametralladora enemiga que escupe muerte o gangrena en cada siseo. Una puta locura que transcurre en apenas unos días. De estos chicos en Dunkerque los hay a miles, a cientos de miles en realidad, que son todos los soldados británicos y franceses que se quedaron varados en aquella playa, a la espalda los alemanes, delante el mar bravío. Vienen los barcos a rescatarlos, sí, pero también los submarinos a torpedearlos, y los aviones a bombardearlos, y todo es un sálvese quien pueda muy poco heroico, muy poco profesional, en el que sólo sobreviven los más listos o los más afortunados. Hagan juego, señores.


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I am not your negro

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En el documental I'm not your negro, James Baldwin, en una conferencia impartida en los años sesenta, soñaba con que algún día, a la sociedad norteamericana, ya no la iba a conocer ni la madre que la parió, ni siquiera los padres fundadores que eyacularon en su vientre, y que en cuarenta o cincuenta años Estados Unidos tendría un presidente de raza negra que sería como el Mesías que vendría a clausurar el pasado de violencia racial, y todos los acontecimientos que empezaron con Rosa Parks negándose a ceder su asiento en el autobús, y siguieron con el asesinato de los líderes que pusieron en jaque al sistema de segregación, serían el último coletazo de las convulsiones y vómitos, diarreas y malas digestiones, que fueron conformando ese país de historia tan corta como violenta.



    Los que ya vivimos en la era post-Obama sonreímos cuando escuchamos los sueños despiertos de James Baldwin. El protagonista de este documental, el novelista que vivía exiliado en París y regresó a Estados Unidos para arrimar el hombro en la lucha por los derechos civiles, acertó de pleno con su profecía. Lo del presidente negro en la Casa Blanca era un asunto que todavía producía incredulidad en 1998, treinta años después de sus palabras, cuando vimos a Morgan Freeman gestionar desde el Despacho Oval la llegada del meteorito que iba a extinguirnos a todos, negros y blancos, chinos y polinesios, racistas y biempensantes. Y sin embargo, sólo diez años después, Barack Obama cumplió el sueño profético de James Baldwin dentro del calendario previsto, y fueron muchos los que se pellizcaron, los que se arrancaron pelillos de la nariz, los que se dieron de tortas para saber que seguían despiertos y no flipaban en colores.

    Sin embargo, la sociedad norteamericana que James Baldwin había conocido, y padecido, seguía más o menos como estaba. Con más corrección política, eso sí, más concienciación entre la juventud, quizá, con discriminación positiva y actores negros en la gala de los Oscar, pero por debajo de todo esto, en el subterráneo, en la fontanería de la civilización, la misma desconfianza y el mismo racismo. Lo de Barack Obama sólo fue una victoria simbólica. Con él no se abrió ningún Nuevo Testamento.


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Detroit

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La teoría cinematográfica de Ignatius Farray es una solemne tontería. Las películas no son mejores o peores porque se ajusten literalmente a lo descrito en el título. Alguien voló sobre el nido del cuco es una gran película aunque no salga ningún cuco en ningún nido, y El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante es una experiencia insufrible aunque ofrezca justo lo que promete. Ignatius lo sabe, y sus fans lo sabemos, pero por el camino nos echamos unas risas de la hostia jugando a las correspondencias entre los títulos y los contenidos.

    Según esta disparatada sandez que provocaría soponcios entre los fundadores de la Nouvelle Vague, Detroit iba a ser una obra maestra del copón, porque se suponía que la película iba de eso, de Detroit, de la Motown, de la pujanza industrial,  de la violencia callejera, y, por supuesto, como tema central, una vez explicado el contexto anterior, de su problemática racial, que en el fondo es una problemática clasista de trabajadores que cobran cuatro duros en las fábricas y se ven condenados a la miseria de los arrabales, a la sanidad precaria, a la casa ruinosa, al futuro sin perspectivas, de tal suerte que una mala tarde de las que hablaba Chiquito de la Calzada, un par de exaltados apedrean un escaparate, arrojan un cóctel molotov, se enfrentan a cara de perro con la policía, y prenden la mecha de una revuelta  que en 1967 tuvo en jaque a toda la ciudad, y obligó incluso a la movilización de la Guardia Nacional. Cuarenta y tres muertos dejó aquella guerra casi civil que Kathryn Bigelow iba a plasmar en la pantalla porque estaba inspirada, asqueada, perturbada, por la brutalidad policial que retomaba las calles cincuenta años después para dar nueva caza al negro.




    El problema es que Detroit, lo que se dice Detroit, no sale mucho en Detroit. Y eso, en el Cahiers de Cinema de Ignatius Farray, es castigado con una solitaria estrella de las cinco posibles. Dos, a lo sumo, si la factura es buena, y los actores se lo curran. La decisión de Kathryn Bigelow es centrarse en los sangrientos sucesos del Motel Algiers y olvidarse del resto. Sabemos que la ciudad está ahí fuera, respirando, sangrando, pero se nos cuenta muy poco de ella. Cuatro pinceladas de las que ya veníamos informados. Nos falta la explicación, la referencia, el contexto histórico. Detroit termina siendo una película de psicópatas que entran en una casa y siembran el terror y la muerte entre sus habitantes, como una familia Manson cualquiera, o como aquellos hijos de puta sonrientes de Funny Games, la película de Haneke. Pensábamos que veníamos a una clase de historia y nos hemos quedado en un psicothriller de policías muy malotes.


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La suerte de los Logan

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Los chicos de Ocean's eleven eran unos ladrones muy profesionales que no necesitaban el dinero para vivir. A George Clooney y a su pandilla les gustaba vestir bien, rodearse de bellas mujeres, alojarse en hoteles de nueve estrellas de quitar el sentío, como decía nuestro añorado Chiquito de la Calzada, pero ellos, realmente, eran unos artistas del butrón, unos estilistas del cambiazo, y disfrutaban más con el acto del robo que con lo robado en sí.



    En cambio, en La suerte de los Logan, que es la nueva película de atracos del retornado Steven Soderbergh, los hermanos ya tal no se parecen una mierda a George Clooney ni a Brad Pitt. Los Logan no son ladrones de guante blanco carismáticos y resultones, si no white trash que habita los parajes industriales de la Virginia Occidental, esa especie de Asturias a la americana a la que cantaba John Denver en su canción inmortal. Los Logan, al contrario que los Ocean, sí necesitan el dinero para vivir mejor, pero tienen el inconveniente de no ser unos ladrones profesionales. El tullido regenta un bar poco frecuentado en el quinto pino de los parajes; el forzudo acaba de ser despedido de su trabajo bien pagado en la constructora; y la hermana, que es como una choni de los Apalaches, gana sus cuartos ayudando en una peluquería de muy poco glamour. Los Logan, que han puesto sus ojos en la recaudación del circuito de Charlotte, son unos delincuentes muy poco prometedores que arrastran, además, una especie de maldición familiar que siempre los aboca al fracaso y a la decepción.

    Pero la white trash, en Estados Unidos, anda muy desesperada, muy depauperada, y votar en masa a Donald Trump no les ha servido para salir de su pobreza secular. Y ya se sabe que la necesidad, y el orgullo, agudizan el ingenio. Aunque todo sería más fácil para ellos no tuvieran que contar con la ayuda de Joe Bang, el experto en explosivos que parece sacado de un tebeo de Mortadelo y Filemón, y que todavía cumple condena de varios meses en la prisión del Estado...


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Madre!

Alrededor de una cagada depositada sobre la acera se reúnen varias personas haciendo corrillo. Mientras unas sonríen divertidas y otras gruñen escandalizadas, las hay que aprovechan para sacar punta a su espíritu científico, deductivo, sherlockholmesiano. Analizando la textura, el fraccionamiento, el olor inconfundible, son varios los que aseguran que el mojón es una cagada de perro. La plasta es de tamaño medio, de marrón indefinible, de textura a medio cocer. Los que tienen perro opinan con más didactismo; los que no, tiran de su larga experiencia en la ciudad sorteando cagadas parecidas a ésa. Aunque a decir verdad, boñigas tan sugestivas se han visto pocas en los últimos tiempos. La deposición es amorfa y original. Como un manchurrón abstracto que disparara la imaginación interpretativa. Suscita el debate abierto y el intercambio de ideas. Es como una provocación del ayuntamiento, como una ocurrencia genial del intestino. Casi una obra de arte urbano, radical, transgresora, quién sabe si la gamberrada inaugural de un nuevo Banksy que trabajara otros materiales y otras ideas.




    Al otro lado del mojón, sin embargo, para contradecir las versiones de los animalistas, y los desvaríos de los pedantes, varios transeúntes sostienen que los excrementos tienen un origen humano inconfundible, y que allí -porque este barrio es zona de copas por la noche, y entre las idas y las venidas abunda el vandalismo y la indecencia- ha defecado algún gracioso con el esfínter aflojado por el alcohol. Hay quien cree adivinar, incluso, entre los intersticios de la mierda, restos de comida inequívocamente humana, lentejas, o pellejos de garbanzo, o hasta pepitas de sandía, y disertan sobre la última cena del caganet como quien practicara una autopsia en la morgue, o desvelase los secretos alimenticios de la última momia hallada en Egipto. Los animalistas gruñen poco satisfechos con la explicación, y hablan del carácter omnívoro de los perros, y de su costumbre de hociquear entre los restos de basura. Los seguidores de la vía artística insisten en la aparición de un nuevo genio en la ciudad, y en este batiburrillo de discrepancias se van agotando los minutos y los argumentos hasta que finalmente llega el barrendero municipal, recoge la mierda con sus utensilios, y la introduce sin decir una palabra en el cubo de la basura. La mierda, y el debate, terminan de repente. 

    Madre! es una cagada; los viandantes, sus confusos espectadores. Aronofsky un perro verde o un gamberro urbano. O un gilipollas integral. Los que aseguran que esto es arte, unos farsantes intelectuales. El barrendero y su recogedor, yo mismo que me harté de leer tanta chorrada, tanta interpretación contradictoria. Mierda es mierda. Y punto. El cubo de la basura es mi papelera de reciclaje. La Lawrence está muy rica. La Pfeiffer retuvo porque tuvo. Lo de Bardem no lo entiendo. En realidad no he entendido nada de la película. Y no me considero el más idiota del reino. O sí... Madre! es una patraña, un onanismo, una melopea de las tres de la mañana. En eso tenían razón los viandantes enervados de la alegoría: hay mucho vándalo suelto por las noches, armando ruido en los televisores. 




Calificación:


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Liar

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Aunque en las barras de los bares donde se bebe el vinazo y se pelan las gambas se opine todo lo contrario, y los parroquianos aseguren que las mujeres son todas unas putas, y unas liantas, y unas calientabraguetas, y que la mayoría de las veces ellas dicen que sí aunque jueguen a la resistencia ancestral de quien dice que no, en realidad sólo hay que abrir un periódico de vez en cuando  -uno que no sea deportivo, claro- para saber que el porcentaje de denuncias falsas por violación es casi ridículo. Por cada mujer que sólo buscaba una venganza o una llamada de atención, hay otras mil que presentan su denuncia con toda la verdad de su cuerpo violentado. Iba a decir que hay una oveja negra por cada mil ovejas blancas, pero qué culpa tienen, de todo esto, las pobres ovejitas negras.





    Es por eso que cuando Laura Nielson, en el primer episodio de Liar, se presenta en comisaría denunciando que ha sido violada la noche anterior, la policía está casi segura de que dice la verdad, y decide abrir una investigación rigurosa e inmediata. Pero las pruebas, ay, brillan por su ausencia: la cita era consentida, y no hay señales de fuerza que griten en su cuerpo. El acusado, además, es un miembro respetable de la comunidad, un apuesto cirujano que se rifa a las mujeres a pares, o a tríos, desde que su mujer se suicidó y se quedó supuestamente desconsolado. La policía, con las estadísticas en la mano, quiere creer a la pobre Laura, pero de momento no puede, y Laura solloza, y se desespera, y empieza a sospechar que sus confusos recuerdos de aquella noche -que tampoco ayudan gran cosa a encarrilar la investigación- no responden al alcohol ingerido, sino al uso de algún narcótico que el señor médico podría conseguir fácilmente en su trabajo. Así empieza Liar, que no es una gran serie, la verdad, más parecida a la sobremesa de Antena 3 que al prime time de la televisión de pago, pero que al menos tiene la habilidad de descolocar al espectador en sus primeros episodios -no ya en los últimos- y de marearle entre tanta mentira y tanto mentiroso. O mentirosa, claro, porque los adjetivos en inglés carecen de género...


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Felices sueños

🌟🌟

Me aburro terriblemente mientras veo Felices sueños, la película de Marco Bellocchio que venía tan recomendada por la crítica, con muchas estrellas y muchos puntos verdes en los comentarios entusiastas: que si el veterano director, que si el sabio cineasta, que si el artesano infatigable...  De Bellocchio llevo oyendo hablar toda la vida cuando leo las crónicas de los festivales, o las páginas serias de las revistas, pero sus películas raramente llegan a estas cinefilias de provincias a no ser que uno flete el barco pirata y las intercepte a medio camino de las rutas comerciales. Repaso su filmografía completa antes de enfrentarme a Dulces sueños y descubro, avergonzado, que jamás he visto una película suya. No parece constar ninguna obra maestra en ese catálogo interminable de obras ignotas -la mayoría, sospechosamente, de títulos no traducidos al castellano- pero hay algo que no funciona bien, desde luego, en esta cinefilia mía que tiene más agujeros que un queso gruyere del supermercado más barato.




    Por un momento estoy a punto de desfallecer en el intento, y de enviar Dulces sueños a la papelera de reciclaje, resignado a esta cinefilia mía de tres el cuarto, tan poco aficionada a los directores italianos que ya peinan canas, a no ser Nanni Moretti, que de momento sólo las tiene en la barba, o Paolo Sorrentino, que le van quedando muy creativas e interesantes en su cabello felliniano. Sólo la prometida presencia de Bérénice Bejo, que es una actriz demasiado hermosa para ser desdeñada, pesa más que el aburrimiento presentido de una película que además dura más de dos horas, porque los ancianos, ya se sabe, cuando se ponen a dar la turra, pierden la noción de la elipsis y de la síntesis. Y así, con una fe muy poco fervorosa, le doy al play en la lluviosa tarde del invierno provincial, y mientras el niño Massimo quiere mucho a su madre, y la pierde trágicamente con sólo nueve años de edad, y busca su fantasma en las clases de religión y en los confesionarios de las iglesias, yo, a la hora larga de metraje, engañado por la publicidad fraudulenta que la colocaba en la primera línea del reparto, me pregunto cuándo coño va a salir el personaje de Bérénice Bejo para ayudar al Massimo adulto, que ya muy crecidito sigue echando de menos el "felices sueños" que su madre le decía todas las noches antes de dormir.

    Mucho rato después de yo tanto añorarla, aparecerá, finalmente, la dulce Bérénice disfrazada de doctora del cuerpo y de terapeuta del alma, pero ya será demasiado tarde para levantar esta bruma soporífera que invade una película extraña, errática, pretendidamente poética y decididamente prescindible. 


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El secreto de sus ojos

🌟🌟🌟🌟

No mires a los ojos de la gente, me dan miedo, mienten siempre, cantaba Germán Coppini con aquella voz suya de trovador gallego. Y aunque la canción es cojonuda, y forma parte de mi repertorio sentimental, y a veces me descubro tarareándola tras un encuentro misántropo con la realidad, lo cierto es que su premisa argumental es falsa. Porque los ojos de la gente nunca mienten. Son las ventanas del alma, que dijo el poeta, y son tan sinceros, tan transparentes, que la evolución, siempre tan sabia, tuvo que desarrollar el lenguaje para que pudiéramos mentirnos con las palabras. Sólo los amantes enamorados, cuando el amor es todavía de verdad, se atreven a sondear esos abismos que nunca engañan. Todos los demás vamos y venimos con los ojos al cielo, al suelo, a los alrededores, buscando la mosca o la gaviota, porque cualquier conversación tiene algo de postureo, de mentira, de verdad no confesada, y no queremos que el otro nos descubra el juego atrapándonos la mirada. Ni nosotros, por decoro, muchas veces, descubrir el suyo.



    Termino de ver El secreto de sus ojos y no me queda muy claro, la verdad, a qué personaje pertenecen los ojos del título. Supongo que son los de Soledad Villamil, tan bonitos, tan expresivos, que viven enamorados del personaje de Ricardo Darín pero no pueden entregarle su amor porque ella es una Menéndez-Hastings de toda la vida, destinada a casarse con otro portador de apellido compuesto, y no con un Expósito descendiente del tío nadie pariente ninguno. No hay ningún secreto en ellos: sólo la tristeza del amor amargado, amordazado. Tampoco hay ningún secreto en los ojos del señor Expósito, que aman a la Hastings con la fiereza y el candor de un gato doméstico. Los ojos del asesino son vacíos, de cristal negro, como los de un tiburón que sale a cazar, salvo cuando ve el fútbol en la grada del estadio y se transfigura de pronto en un ser humano con sentimientos. No hay secretos en los ojos del viudo, que oscilan entre la nostalgia del amor y la venganza calculada, ni en los ojos de la asesinada, la pobre, que se quedaron fijos, vidriosos, incapaces de fingir que estaban muertos y que, si una vez tuvieron secretos, éstos se habían ido en el último suspiro.



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George Best: All by Himself

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George Best no se apellidaba Futbólez, ni Balompédez, como esos futbolistas de Mortadelo y Filemón que llevaban su oficio grabado en el nombre, y que no solían ser precisamente un dechado de virtudes. Nuestro personaje nació apellidándose Best por esos azares de la patronímica irlandesa, que es como si aquí hubiera descendido de los Cojonudo o de los Superior. Y Best, como en los tebeos de Ibáñez, cumplió sobradamente con su destino. En los años dorados de los Rolling Stones y de los Beatles, George Best -que fue apodado El quinto Beatle por su pelo largo, su aire pop y su vida vamos a llamar "desenfadada"- fue el mejor jugador de Europa defendiendo la camiseta del Manchester United en los éxitos y la de Irlanda del Norte en los fracasos, porque sus compatriotas futbolistas, que éstos sí podían haberse apellidado Tuercebótez o Fallónez, no daban para más en las clasificaciones imposibles para los mundiales.  



    En las imágenes de archivo, que es lo único que conocemos de él los futboleros de la siguiente generación, Best es un jugador eléctrico, habilidoso, que soporta con estoicismo las patadas brutales de la época. Los que le vieron jugar en directo afirman que él fue el Leo Messi de su época, y que si hubiera jugado en campos mejores, con rivales menos asesinos, y no se hubiera despeñado por los abismos laterales de su carrera -como hizo años después otro argentino ilustre-, hubiera optado al galardón de mejor jugador de todos los tiempos. Pero Best, que tuvo la fortuna del apellido, tuvo la desgracia del alcoholismo, y si en los tiempos de su plenitud futbolística mantuvo el vicio a raya, y sólo se desgastaba con las innúmeras mujeres que lo pretendían por su belleza, alcanzado el sueño de ganar la Copa de Europa decidió que el fútbol ya le había dado sus mayores alegrías, y que ya era hora de gastar todo su dinero en más mujeres, alcohol a mansalva y automóviles que desgarraran la carretera. El resto, como él mismo dijo, simplemente lo malgastó. Como su talento, que se fue por el mismo retrete. 


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Pozos de ambición

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Durante los primeros decenios de su existencia, Estados Unidos fue un sandwich de dos rebanadas de pan sin nada por el medio. Entre las dos costas oceánicas se extendían las llanuras improductivas, los desiertos casi africanos, las moles infranqueables de las montañas. Lugares inhóspitos o peligrosos donde los indios vivían en armonía con la naturaleza. El reclamo ideal para los solitarios, para los lunáticos, para los aventureros que buscaban nuevas emociones.  Ellos fueron abriendo los caminos y sembrando los campos. Matando a los oriundos y exterminando a los bisontes. La epopeya de los colonos... Detrás de estos depredadores que amansaban las tierras llegaban los empresarios a extraer el beneficio, los obreros a ganar el pan, los pastores a cuidar las almas, los camareros a servir el whisky, las lumis a bailar el cancán, los cowboys a medirse las pistolas, y por último, para proteger tal paisanaje, la mística del sheriff con la estrella y el Séptimo de Caballería que siempre aparecía en el último instante. La civilización...



    Eso que ahora llamamos la América Profunda la construyeron tipo -o tipejos- como este Daniel Plainview de Pozos de Ambición, hombres de pasta dura, espíritu inquebrantable, escrúpulos indetectables al microscopio. A principios del siglo XX, con las grandes llanuras ya limpias de molestias, los hombres como Daniel buscaban el petróleo guiados por el olfato, o por la suerte, o a veces, incluso, por algún geólogo con cierta idea del asunto. Horadaban por aquí y por allá hasta que daban con un surtidor de oro negro y se convertían en auténticos capitalistas que se compraban un traje caro, una leontina de oro y hasta un sombrero de copa para las grandes ocasiones. Leo en internet que Oil!, la novela originaria de Upton Sinclair, enfrentaba al magnate del petróleo y a su hijo de afinidades socialistas. Un drama griego -aunque entonces no existieran petroleros ni socialistas- que prometía grandes emociones para la película, pero del que Paul Thomas Anderson decidió prescindir para centrarse sólo en la figura del emprendedor, un hombre que desconoce el amor y desdeña las amistades porque su ego le sobra y le basta para vivir satisfecho. Pero el ego, no lo olvidemos, es un bicho carnívoro que crece en las entrañas y acaba devorando al ególatra que le dio de comer. No conoce la gratitud ni la clemencia. Y acaba convirtiendo a su portador en una cáscara vacía. 


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Todo sobre el asado

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"Para los gordos, para los flacos, para los altos, para los bajos, para los optimistas, para los pesimistas..." Así recitaba la voz del argentino juvenil y jovial que nos vendía la  Coca-Cola en aquel anuncio inolvidable. No había target comercial ni segmentos de público ni gaitas en vinagre. Todo el mundo bebe Coca-Cola en Argentina, y en el mundo entero, y aquel anuncio se limitaba a recordar tal evidencia con una imaginación desbordante. La iglesia universal de los adictos. Quince años después, en Todo sobre el asado, que es un documental inefable de Mariano Cohn y Gastón Duprat, otra voz en off, también argentina, pero esta vez más madura y oronda, como de comilón que se echa un discursito a la hora de la siesta, nos enseña a los que nos somos de allí que en Argentina el asado también es un asunto universal para los gordos y para los flacos, para los altos y para los bajos, para los optimistas y para los pesimistas... Otra religión nacional como el fútbol que legaron los británicos o la literatura que escribieron sus maestros de la tierra.




    Si la vaca, en la India, es un animal sagrado que nadie osa herir o matar, en Argentina, el vacuno es un dios al que se honra devorándolo en cualquier festividad de la familia o del compañerismo laboral. O incluso del onanismo particular, para celebrar un subidón de la moral o capear un mal pensamiento que enturbia el alma. El asado es una eucaristía pagana donde la carne de vacuno, por obra y milagro del aparato digestivo, de los jugos y de las bacterias, se transustancia en carne humana que rodea los huesos y rellena las formas. Y conforma, de alguna manera, la idiosincrasia singular de los argentinos, aunque bien pudiera ser justo al revés. Un dilema de gallina-huevo (en este caso de argentino-asado) que queda ahí, flotando en el aire, mientras desfilan los muchos personajes de la película, unos asando en la parrilla, otros disertando sobre el filete otros comiéndolo con regocijo, otros, los menos, verdaderos apóstatas de este canto a la pasión nacional, perorando sobre el grave pecado de matar animales para ser consumidos, o sobre lo insano de una dieta sostenida básicamente sobre la carne. Ellos son los malos ceñudos y mal afeitados de esta película que transcurre en el Far West de la Pampa. 


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Billy Elliot

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Para que Billy Elliot salga del condado de Durham y triunfe en la Royal Ballet School de Londres, muchos otros han tenido que llevar una vida de trabajos brutales y sueños abandonados. Dejarse el lomo en la mina, la paciencia en el colegio, la ambición en el culo... Los talentosos se yerguen sobre una montaña de mediocres que somos su masa crítica necesaria. Sin nosotros, que fracasamos las 999 veces imprescindibles, ellos no podrían ascender a la cima escalando sobre nuestros hombros. Tiene que haber mil vidas desperdiciadas para que una talentosa salga del légamo y produzca algo hermoso que nos conmueva: un baile, una canción, una película, un pase de cuarenta metros hacia el extremo derecho que se desmarcaba... Esa mierda positivista, voluntarista, que afirma que dentro de todos hay un talento único, insospechado, del que no tenemos noticia porque andamos ciegos, o bobos, o no hemos hecho la introspección adecuada, es eso: mierda. Crecepelo para los calvos. Pastilla para los gordos. Autoestima para los fracasados. Negocio para los traficantes de psicologías. El talento es una piedra preciosa, una flor exótica, una trufa escondida entre las setas insípidas del bosque. Una excepción de la naturaleza. La mayoría de nosotros somos filfa, morralla, clase de tropa. En último término, trabajadores prescindibles. Los talentosos no. Los Umpa-Lumpas hemos venido a este mundo para satisfacer sus necesidades: proporcionales alimentos, enseñarles el alfabeto, construirles las carreteras...  Con el sudor de nuestra frente nos ganamos el pan, y el pan de nuestra prole, pero eso sólo son los objetivos secundarios. En realidad trabajamos para que el talentoso no se pierda por el camino, y dignifique nuestra vida de homínidos que se afanan en la subsistencia. Sin la música, sin el cine, sin el arte, sin el deporte de élite que nos deja boquiabiertos, nuestra vida sería indistinguible del chimpancé que nace, crece, se reproduce y se muere sin conocer la belleza ni la exaltación del asombro. 



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Tarde para la ira

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Si la venganza es un plato que ha de servirse frío para conquistar los paladares más exigentes, el ajuste de cuentas que prepara Antonio de la Torre en Tarde para la ira es un producto que dejará satisfechos a los gourmets de morro muy fino. Una delicatessen confeccionada con extracto de bilis, reducción de rencor y mala hostia caramelizada que precisa ocho años de cocción a fuego muy lento, en los infiernos del alma. Mientras llega el día del despiporre y de la última descojonación, Antonio de la Torre, el ángel vengador, mata los días jugando a las cartas, tonteando en internet, cuidando a su padre postrado en la cama del hospital. Haciéndose el tonto, el cliente, el parroquiano fiel, en el bar donde algún día se topará con el objeto hijoputesco de su odio, y dará rienda suelta a los bajos instintos de su lupara, que también lleva ocho años macerándose en un aliño escabechado de aceite y  de pólvora.



    Con la vida resuelta, la novia que no llega, y los hijos no nacidos en el limbo, nuestro ángel justiciero no tiene más que cabras que ordeñar que sentarse en la terracita del bar -o en el taburete de la barra si hace mucho frío- y  esperar a que el Ministerio de Justicia, o el Ministerio del Interior, o el de su puta madre que lo parió, mueva ficha y rompa la calma chicha de esta venganza que nunca termina de concretarse. Antonio de la Torre vive la no-vida de quien en realidad inverna como un oso en su madriguera, y aunque parece un hombre normal que tiene los ojos abiertos y los oídos atentos, su mente está en dos sitios muy alejados del presente. Uno en el pasado, donde nuestro protagonista rememora continuamente el momento traumático, luctuoso, que acabó con su vida de tipo normal y corriente; otro en el futuro, donde anticipa con regocijo ese día en el que se disfrazará de mosquetero de Puerto Urraco para dictar la única sentencia válida y razonable. Lo demás es un tránsito, una sala de espera, un espacio vacío. Y una película cojonuda. 



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Operación Pacífico

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Pocos días después del ataque a Pearl Harbor, a los valientes marineros del Sea Tiger, destinados en las aguas del Pacífico, el ardor guerrero les quema en el pecho. El alto mando, sin embargo, ha determinado que su submarino, que hace aguas por los cuatro costados, sea convertido en chatarra para mejor aprovechamiento de su metalamen, y estos hombres, que ya soñaban con hundir barcos llenos de amarillos, se han visto reducidos a meros espectadores de la gran guerra que comienza. La película terminaría justo ahí, a los 2 minutos de empezar, si no fuera porque su comandante rezuma carisma por todos los poros, y porque se parece mucho a un actor de Hollywood llamado Cary Grant. El comandante Sherman, tirando de labia y de presencia, conseguirá que sus superiores autoricen la reparación de su sumergible, aunque uno sospecha que los gerifaltes -en absoluto secreto, of course- han condescendido porque anhelan que un Zero lo hunda de un bombazo y les ahorre los costes del desguace.



    Sea como sea, el Sea Tiger se hace a la mar y emprende sus aventuras bélicas más bien poco lustrosas, porque los japoneses andan ocupados invadiendo otros atolones, y la verdadera guerra, cotidiana e infatigable, consiste en mantener la tartana a flote -o a subflote, según las circunstancias- robando repuestos por aquí y por allá. Todo es hombría a bordo del Sea Tiger -herramientas y grasa, hacinamiento y cartas de novias, algún porculamiento clandestino en los recovecos de la maquinaria- hasta que un buen día, haciendo escala en la isla del Quinto Pino, la marinería recoge a unas miembras del ejército que habían quedado abandonadas. Las damas -porque esto es una película de Hollywood- son todas de rompe y rasga, rubísimas y esbeltas, y aunque la que menos tiene el grado de sargento, y podría hacer uso de sus galones, a la hora de la verdad -porque esto sigue siendo una película de Hollywood, recordemos-, cualquier marinero raso puede piropearlas o frotarles la cebolleta en el pasillo angosto sin ser castigado a pelar patatas, o a fregar los suelos con el cepillo de dientes.

    Desguazada la disciplina militar, los otrora aguerridos marineros se convierten en una banda de rijosos que se matan a pajas por los rincones, descuidan el mantenimiento elemental de la maquinaria, yerran disparos como niños con una escopeta de feria y ya finalmente, en el paroxismo del sexo reprimido, pintan el Sea Tiger de color rosa para hazmerreír de toda la flota del Pacífico, e indignación mayúscula de los gerifaltes anteriormente mencionados, que ahora sí, fingiendo confundirlo con un submarino japonés, deciden aplazar la guerra por un rato y dedicar todos los recursos disponibles para hundir ese cachondeo flotante que se ha convertido en Priscilla, la reina de los mares.


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Negociador

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Los crímenes de ETA acapararon durante años las portadas de los periódicos, y las aperturas de los telediarios, y eso fue así, como quien dice, hasta ayer mismo. Todos los que hemos nacido sin un teléfono móvil en las manos recordamos aquel goteo incesante de muertos en las calles. Sin embargo, por alguna extraña razón, aquellos terrores nos parecen lejanísimos, como asuntos en blanco y negro que narrara Victoria Prego en un documental de la Transición con imágenes descoloridas y voces de gramófono. Un día nos levantamos de la cama y ETA, tras un baile de máscaras, había dejado de existir. Casi con un chasquido de dedos, después de tanto dolor, tanta negociación fallida, tanto Movimiento Vasco de Liberación Nacional que dijo José María Ánsar  el mismo día que proclamó que a él nadie le contaba los vinos que podía tomar antes de coger el volante. El tsunami de la crisis económica nos devolvió a todos -asesinos de ETA incluidos- a la dura realidad de llegar a fin de mes, como en los tiempos anteriores a Sabino Arana. Los antiguos batasunos se habían convertido en políticos corrientes y molientes que gestionaban hasta el último céntimo de los presupuestos municipales, y la lucha armada, en ese escenario tan pedestre y tan poco romántico, había dejado de tener sentido.



    A los chavalucos de dieciocho años les hablas ahora de ETA y es como si les contaras una aventura de bandoleros en Sierra Morena, en los tiempos de Curro Jiménez. A Euskadi, como dijo el otro, ya no la conoce ni la padre que la parió, y Cobeaga, que es un tipo muy listo, y muy ingenioso, y que conoce la fórmula de Comedia= Tragedia + Tiempo que enunciara Alan Alda en Delitos y Faltas, ha comprendido que es el momento de empezar a reírse de aquellos tiempos negrísimos. No a carcajadas, ni a trazo grueso, sino a su modo irónico, muy fino, en el equilibrio exacto del respeto y el descojono.

    Negociador hace una versión muy libre de lo que sucedió en aquellas negociaciones -¡qué digo, diálogos!- que entabló Jesús Eguiguren primero con Josu Tornera, y luego con el exaltado de Thierry, en la trastienda francesa del año 2005. Cuenta qué hacían aquellos interlocutores cuando se levantaban de la mesa y lidiaban con el vacío de las horas muertas en el hotel. Porque, al fin y al cabo, ellos eran seres humanos con sus necesidades alimenticias y sexuales, sus teléfonos móviles sin cobertura y sus dineros contados para los gastos de intendencia. En la mesa que supervisaban los mediadores internacionales todo eran indirectas y desacuerdos, puyas y contradicciones, pero luego, en el hotel compartido, a la hora del desayuno, el encierro de los días les animaba a charlar sobre las cosas tontas de la vida: que si vaya día que hace, que si viste la película de ayer, que si cómo quedó el Athletic de Bilbao... Y son estas banalidades, no lo olvidemos, las que terminan uniendo a la gente. Quizá no lleguen a forzar amistades o simpatías, pero sí, desde luego, quitan las ganas de matar. O de odiar. Y eso ya es mucho. 



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Verano 1993

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Hubo un tiempo en que los niños vagábamos alegremente durante el verano, en pandillas de amigos, o nosotros solos, cazando los gamusinos de nuestra imaginación. Los que nos quedábamos en la ciudad por falta de posibles salíamos a los parques, a jugar al fútbol, o a descalabrarnos en los columpios, o caminábamos por las calles jugando al pilla-pilla, o al esconderite, o a hacer simplemente el gilipollas, que es la tarea fundamental de cualquier niño sano antes de que la vida le pegue un grito y lo cuadre en su sitio, como un sargento chusquero. Los que tenían la fortuna de veranear en el campo, en casa de los abuelos, o en la playa, en al apartamento alquilado, hacían nuevas amistades  en el  exilio y rápidamente se lanzaban a explorar los alrededores, escalando montículos, jugando en la arena, adentrándose en las selvas impenetrables de los bosques cercanos. Los niños de entonces éramos de otra pasta, y nos criaban de otra manera. Fue antes de que la niña Madeleine fuera secuestrada en Portugal y la psicosis se extendiera como un virus entre la progenitura acojonada. Antes de que los cacharricos digitales nos volvieran a todos imbéciles y ermitañescos.



    Los veranos de los niños eran como este que pasa la niña Frida en Verano 1993: al aire libre, al descuido permisivo de los mayores, perdiendo el tiempo, tomando el sol, enredando con cualquier cosa. Sin guión. Casi como el sin-guión de la película, que en apariencia sólo es una sucesión de retazos estivales, con la niña en primer plano y los adultos casi siempre en segundo, un poco como en Verano Azul, solo que aquí la niña sólo tiene una prima pequeña para jugar, y en el Ampurdán no hay barcos de Chanquete a no ser que Fitzcarraldo los arrastre por las montañas. Lo que se ve en la película es una absoluta banalidad. Un pequeño coñazo, si me permiten. Lo importante es lo que no se ve, lo que sólo se intuye tras las puertas cerradas, tras las ventanas corridas. Los silencios de los adultos que guardan el secreto. Y el fantasma de una madre que no está, y que recorre todo el metraje ululando su silencio. 


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La pantera rosa

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La pantera rosa iba a ser un vehículo de lucimiento para David Niven, que era un galán muy cotizado de la época, y un refrendo internacional para Claudia Cardinale, que era la actriz italiana más deseada de 1963 (y mira que había, por aquel entonces, actrices italianas que elevaban la moral del respetable). Ocurrió, sin embargo, que David Niven ya no estaba para hacer el saltimbanqui por las cornisas, disfrazado de ladrón con antifaz de golfo apandador, ni estaba, tampoco, para seducir a actrices bellísimas que casi podrían ser sus nietas. A la Cardinale, por su lado, le tocó lidiar con las escenas más aburridas del guión, sin un mal escotazo que pusiera el solaz en nuestra mirada, así que fueron dos personajes secundarios, el inspector Clouseau y la propia Pantera Rosa, los que aprovecharon la inanidad de los principales para comerse la película, tanto que la usurparon, y la trascendieron, y lanzaron dos spin-offs muy rentables que pasaron a la cultura popular de la comedia.



    El personaje del inspector Clouseau iba a ser el secundario encargado de hacer el merluzo, de meter la pata, de llevarse los golpes idiotas y las caídas tontorronas. Pero Peter Sellers, que en cualquiera de sus películas atraía la atención como un niño mimado, creó a un personaje salido de Mortadelo y Filemón que todavía nos hace reír con sus gansadas básicas, de slapstick tontuno, pero tan bien trabajadas que da gusto verlo. Su inspector Clouseau, junto al  dibujo animado de la Pantera Rosa, que pasó de ser un defecto cristalográfico a un maestro de ceremonias, amenizaron muchas aburridas tardes de mi infancia, que se volvían más joviales cuando Blake Edwards estrenaba una nueva secuela en las pantallas de cine, o cuando en la tele de nuestro salón, los sábados por la tarde, aparecía un coche futurista conducido por un niño del que salía la Pantera Rosa por una puerta de apertura vertical. En nuestro televisor en blanco y negro, el bólido de color rosa parecía de color gris, aburrido y desvaído, pero los pastelitos de la Pantera Rosa que comprábamos en el kiosco para amenizar la función sí eran de un color indudable, brillante, casi diamantino. Esos pasteles de sabor indescifrable y adictivo, cargados de malos nutrientes hasta la última miga de su ser industrial, fueron otro goloso spin-off que surgió de la película de Blake Edwards. 


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Noches de sol

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La suerte que tuvieron los españoles de 1898, cuando entraron en guerra con los americanos -o más bien cuando los americanos entraron en guerra con ellos-, fue que el cine aún no había salido de los cafés parisinos donde los hermanos Lumière proyectaban sus documentales y George Méliès hacía magia con sus fotogramas.

    De haber existido la maquinaria de Hollywood en la guerra de Cuba, los españoles habrían salido tan mal parados como los rusos en las películas de la Guerra Fría. En los retratos más amables, los ruskis eran tipos indolentes, chapuceros, funcionarios con lamparones en las chaquetas que agarrados a la botella de vodka dirigían un país en el que nada funcionaba, la gente se moría de frío, y las ojivas nucleares sólo eran supositorios de cartón piedra que asustaban a las viejas de Wisconsin. En los retratos más hirientes, los bolcheviques eran unos comunistas de tomo y lomo que llevaban la psicopatía inscrita en el ADN, porque quien no descendía de los hunos descendía de los mongoles, o de los vikingos varegos, todos ellos pueblos sin civilizar que te sacaban el hacha -como ahora la hoz y el martillo- por un quítame allá esas pajas en las negociaciones.




    O un idiota, o un asesino: ningún ruso se escapaba de estos clichés que tanto rédito dieron en las taquillas. O el embajador que hacía el imbécil por la Sala de Guerra en Teléfono Rojo, o el Iván Drago de Rocky IV que no contento con ir ganando la pelea quería matar a golpes al bueno de Balboa. Bueno, sí, rectifico: había unos rusos respetables, encomiables, trufas escasísimas entre tantas setas venenosas o de escaso valor nutritivo, que eran aquellos que tenían el valor de desertar del Imperio del Mal -como el bailarían Nikolai Rodchenko de Noches de sol, que es un autohomenaje masturbatorio perpetrado por Mijail Baryshnikov- y que aprovechaban una gira del Bolshoi, o un amistoso del Spartak de Moscú, para acogerse a la beneficencia capitalista del Imperio del Bien, donde los perros se ataban con longaniza, los medios de comunicación no soltaban las mentiras del Pravda, y las ojivas nucleares llevaban plutonio verdadero, cien por cien explosivo, científicamente testado sobre dos ciudades casi olvidadas del Japón. 


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The Artist

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The Artist, que nació siendo un ejercicio de estilo, un divertimento entre amigos que llevaban mucho tiempo trabajando juntos -e incluso dos de ellos compartiendo cama- terminó ganando los grandes premios de los americanos aun siendo una película muda, rodada en blanco y negro, perpetrada por una trupé de gabachos desconocidos que apenas habían salido de su terruño.
    A medida que The Artist ganaba premios por los festivales de medio mundo, y las radios, y las revistas, y los blogs de los enterados, se iban llenando de alabanzas antes de su estreno, nosotros, los cinéfilos de la oreja estirada, teníamos la mosca detrás de la misma, porque una película así, por muy cojonuda que fuera, no dejaba de tener el inconveniente de la mudez anacrónica, y todos sabemos que las películas mudas, cuando son comedias, han resistido el paso del tiempo, y uno se entrega a ellas con una sonrisa permanente en la boca, admirado de sus ocurrencias o de sus acrobacias, pero cuando las películas silentes son dramáticas, o de trasfondo social, el bostezo irreprimible, el aburrimiento inconfesable, asoma incluso en la boca del cinéfilo más contumaz.



    Cuando The Artist llegó a las pantallas de nuestras provincias, a los cinéfilos provincianos se nos cayeron los prejuicios al suelo, y disfrutamos de una película original, bien hecha, charmant, a falta de un adjetivo en castellano que ahora no me sale, y en afrancesado homenaje. The Artist llegó incluso a emocionarnos, en la escena del suicidio que recorría la música de Vértigo, y salimos del cine imitando los pasos de baile de la Bejo y del Dujardin, que además son guapos de cojones, los muy jodíos, que parecen tal cual actores de los años veinte, estilosos y pluscuamperfectos, y fueron muchos, también, los que habiendo jurado no tener jamás un perrete, porque hay que darle de comer, y sacarle de paseo todos los días, se lo iban pensando camino de casa, seducidos por las tontacas tan graciosas que hacía Uggie, el Milú inseparable de George Valentin.




    The Artist nos gustó, nos encandiló incluso, pero la olvidamos rápidamente. Casi siete años después la he rescatado de una olvidada caja de DVDs, haciendo la mudanza de mis bártulos. En aquel año del Señor de 2011, en el último esplendor de mis días en la hierba, había una película impecable que sólo me gustó a mí, y al vecino del quinto: se llamaba Moneyball, la escribía Aaron Sorkin, la dirigía Bennett Miller y la protagonizaba Brad Pitt. Iba de un entrenador de béisbol que aplicaba un algoritmo matemático para renovar su plantilla de veteranos perdedores. Era una puta obra maestra. Yo le hubiera dado el Oscar sin remordimientos. Ya nadie la recuerda. Soy un cinéfilo lamentable, atravesado y conservador. Un esbirro del Imperio Americano. Un abducido.


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