Nunca pasa nada

En 1963, las extranjeras del cabello rubio y la falda corta ya habían desembarcado en las costas de Levante para tostar sus pieles blanquecinas, y menear el body animadas con lingotazos de sangría. Los pueblerinos que hasta entonces vivían tan católicos con sus huertas y sus barcos de pesca, se acostumbraron rápidamente al nuevo y políglota paisanaje. Ellas eran unas guarras, y sus novios -porque algunas parejas ni casadas estaban- unos indecentes, pero todos dejaban su dinero en los chiringuitos y en las pensiones, y la hinchada local, después de mucho santiguarse y mucho confesarse con el cura, hizo su pequeña fortuna gracias a que la inmoralidad que venía de Europa encontró allí el sol y el cachondeo que revitalizaba las alegrías.  


    Estas cosas no pasaban en los pueblos interiores como Medina del Zarzal, que es el nombre ficticio que en Nunca pasa nada esconde el atraso socio-cultural de Aranda de Duero. Por no decir el paletismo desdentado, y la beatería gazmoña. A los pueblos castellanos también llegaban algunas extranjeras, por supuesto, pero siempre muy tapadas por culpa del frío, mujeres licenciadas - que no licenciosas- que venían a estudiar el románico del Camino Francés, o el pasado histórico del Cid Campeador. Un turismo cultural muy alejado del desenfreno bailongo y descocado de las costas rumbosas, a casi un día de tortuosas carreteras. Es por eso que cuando una rubia liberal caía por accidente en el secano, es como si estallara la bomba atómica en la Plaza Mayor, y en cuestión de segundos la temperatura se elevaba, los cuerpos se derretían, y la radioactividad del sexo reprimido envenenaba los espíritus que hasta entonces vivían felices en su ignorancia.
    Cuando en Medina del Zarzal aparece Jacqueline, la cabaretera que sufre un ataque de apendicitis camino de Santander, los hombres se vuelven locos de deseo, las mujeres se hacen cruces hasta hacerse agujeros en el pecho, y los adolescentes, que en invierno sólo conocían los tobillos de sus amadas -las rodillas y los hombros en las prodigalidades del verano- comienzan a practicarse unas pajas históricas, descomunales, como nunca antes las habían soñado. Gracias a la memoria de Jacqueline, a quien todos llevan estampada en el reverso de los párpados como un póster clavado en la puerta del dormitorio, los chavales descubren que en el fondo son muchachos tan europeos como los demás, con los mismos anhelos de libertad, y los mismos picores en los huevos. Así fue como empezó la historia de nuestra Transición. Nunca pasa nada es el capítulo 0 que nunca nos contó Victoria Prego.



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