Maelström

Antes de que Denis Villeneuve fuera fichado por los estadounidenses para rodar esas películas tan duras e inquietantes, quien esto escribe, en su rincón de la provincia provinciana, a solas con su cinefilia cultivada en las macetas, ya tenía el gusto de conocer al director canadiense de apellido tan automovilístico. De Incendies, que era un dramón sobre dos hermanos que viajaban al Líbano para rastrear su genealogía bastarda. Y sobre todo, porque uno tiene sus rarezas, y sus obsesiones particulares, de Maelström, una película raruna, casi inencontrable, que yo busqué infatigablemente por los siete mares y por las siete montañas, por los siete desiertos y por los siete páramos del desaliento, buscando el rostro, la presencia -el cuerpo, también, por qué no decirlo- de Marie-Josée Croze, que es la mujer más hermosa que he visto jamás en la virtualidad de las pantallas, o en la carnalidad de la vida cotidiana. Marie-Josée es la campeona de ambos mundos. La defensora de ambos títulos.






    En aquellos tiempos de cinefilia exasperada, y de amor contrariado, tarde varias semanas en dar con una versión subtitulada de Maelström, porque los barcos que arribaban a mi costa sólo traían copias en francés vernáculo, y vernáculo del Quebec además, idioma que yo ni hablo ni entiendo. Ni podría aprender ya, en la senectud de mis neuronas, por mucho que un amor francoparlante me demandara su práctica y uso. Pero un buen día, cuando ya desesperaba de encontrar a Marie-Josée en su papel de mujer reconcomida por la culpa, otro hombre -u otra mujer- enamorado de ella, o un cinéfilo fetén que trataba de reconstruir la filmografía entera de Villeneuve, vertió en la red la película completa, con sus subtítulos, su trama anecdótica, sus tonterías de director primerizo, sus alusiones todavía incomprensibles a ese Maelström que es el vórtice oceánico que destroza barcos y sirenas allá en las islas Lofoten. Porque Maelström, la película, y eso ya lo sabía antes de revisitarla, no tiene gran valor como obra de arte. Pero había que verla para cerrar este ciclo dedicado a Denis Villeneuve. Y así, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, y el San Lorenzo por el Quebec, volver a recrearme en la hermosura inconcebible de esa mujer sin par. De esa actriz descomunal.


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