Jason Bourne

Según la teoría de Ignatius Farray, que compara los títulos de las películas con los avatares que ocurren en ella, y a mayor coincidencia entre ambos otorga mayor estima y admiración, Jason Bourne debería ser una obra maestra porque ofrece exactamente lo que promete: Jason Bourne. Y no porque el bueno de Matt Damon salga en todas las escenas, chupando cámara, que ya sabemos que los malos de la saga Bourne, que tienen tanto caché y tanta significancia, se comen mucho metraje planificando sus maldades en despachos acristalados, o rastreando los pedos de Jason en salas superinformatizadas con acceso a satélites geoestacionarios. Cuando digo que Jason Bourne es puro Jason Bourne me refiero a que la película es más de lo mismo: el ex agente que busca su pasado, cuatro hijos de puta en Langley que tratan de ocultárselo, y un sicario muy eficiente que lo persigue por varios escenarios del mundo -sañudo, concienzudo, hipervitaminado- hasta llegar a la pelea final. Si alguien buscaba otra fórmula, otro derrotero, iba dado con la experiencia. Las películas de Jason Bourne, sobre todo si las dirige Paul Greengrass, se hacen con un molde que es al mismo tiempo muy eficaz y muy previsible: tiros, hostias, persecuciones, montaje frenético, muertos que se lo buscan y muertos que pasaban por allí; y entre medias, como un contenido transversal que articula toda la saga, un poco de filosofía existencial sobre la naturaleza asesina o no de Jason Bourne.



    Cuatro películas llevamos ya con el asunto y la duda no tiene pinta de resolverse. Jason dice que no, que él no es un matarife. Que entre uno que lo reclutó, uno que lo lió, y otro que le lavó el cerebro con malas artes, él ha matado sin un afán verdadero de matar, y que quiere retirarse del oficio para vivir en una isla desierta. Los malos de cada película, sin embargo, que van cambiando de rostros a medida que Bourne se los va cargando, o los va dimitiendo con sus cagadas, sostienen que Jason es un asesino fetén, un verdadero "nasío pa matá", y que mejor haría en aceptar su naturaleza, volver al redil de la CIA, y dejar de vagar por esos mundos buscándose sin encontrarse. Yo, la verdad, en este asunto de la identidad profunda de Bourne, estoy más de acuerdo con los malosos de Langley que con el héroe de la función, pero prefiero, por el bien de la saga, para que siga produciendo entretenimientos cada cierto tiempo, que Bourne siga caminando por ahí como alma en pena, creyéndose un trozo de mazapán torturado. 


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