El turismo es un gran invento

En El turismo es un gran invento, Benito Requejo, que es el alcalde de Valdemorillo del Moncayo, has a dream durante una noche de pesada digestión, y a la mañana siguiente, iluminado como Juana de Arco por un rayo divino, convoca al vecindario para exponer su plan de desarrollo: convertir el pueblo en un gran centro turístico. Sólo así, argumenta, podrán evitar que los mozos se marchen a Barcelona a trabajar en las fábricas, y que las mozas los sigan detrás para servir como chachas. Al señor alcalde no sólo le mueve la preocupación por la demografía que se desploma. La vida en la gran ciudad es disoluta, perniciosa, con boîtes de luces coloreadas y bailes agarrados en la oscuridad, y los jóvenes valdemorillenses, que han sido criados en el temor de Dios y en el respeto de las costumbres, son carne de cañón para los maleantes sin escrúpulos, para los tejemanejes de la tentación. La cruzada de don Benito es económica, pero también moral, en esa España vigilante que aún resiste el azote del fornicio, y de la desvergüenza.



    Los vecinos de Valdemorillo reciben sus propuestas con escepticismo de paletos, pero don Benito, que es un pesado convincente que nunca se calla, argumenta que si los pueblos de Levante eran hasta poco villorrios de pescadores, y ahora nadan en la abundancia gracias a que las suecas nadan en sus playas, por qué ellos, que también viven del sector agropecuario, y tienen los mismos cojones que cualquiera -y uno más escondido en el rabo de la boina- no van a desarrollar también su propia industria del turismo. Cierto es que en el Moncayo no hay playa, pero qué es una playa -con su arena incómoda, su basura flotando, sus niños dando por el culo- comparada con ese pasaje inigualable de los montecicos y los vallecicos. Con las plantaciones de malacatones, y la ermita milenaria de la Virgen.
    Con estos argumentos irrebatibles, los vecinos tragan, las ilusiones se disparan, y en lo que ahora es un crowfunding que antes se llamaba suscripción popular, todos ponen un dinero para que don Benito y el botarate del secretario se vayan a la costa a estudiar las cosas del turismo. O lo que es lo mismo: alojarse en hoteles de muchas pesetas por noche, tostarse los callos y las seseras en las piscinas reservadas, y sobre todo, por encima de cualquier estudio de mercado, departir mucho con las extranjeras que por allí se exhiben, tan distintas a las cejijuntas y bigotudas que se han quedado en Valdemorillo rezando los rosarios y bailando las jotas. Don Benito y su secretario, que habían venido en misión espiritual, en cruzada aragonesa para salvar a sus compatriotas de la perdición, descubren que el turismo, al final, consiste en venderle el alma al diablo, y llenar la Plaza Mayor de rubias con poca ropa que provoquen el sofocón en las parientas, el infarto en el señor cura, y la masturbación compulsiva en los catetos que jamás vieron otra cosa en la vida, salvo los ángeles en las pinturas. 


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