Corazón gigante

Fúsi es un hombretón islandés tan grande como los volcanes de su tierra. Entre que los genes del metabolismo no parecen servirle de gran ayuda, y que su anciana madre, con la que sigue viviendo sin muchas ganas de independizarse, le prepara sustanciosos platos muy altos en calorías, Fúsi se ha convertido en un gigante que apenas cabe por las puertas de su casa, y que apenas entra en el carricoche del aeropuerto donde trabaja acarreando maletas.



    Para sustentar tamaño corpachón, y regarlo de sangre caliente hasta las puntas de los dedos, en dura pugna con ese clima de Islandia que para mí es el paraíso terrenal, el corazón de Fúsi ha crecido hasta expandirse por todo su pecho. Y así, usurpando territorios a los órganos colindantes, se ha convertido en un cacique que no sólo marca el compás de las tareas vegetativas, sino que, además, dicta las reglas morales por las que Fúsi se conduce. A saber: vive a tu rollo, con tus juguetes, tus coches teledirigidos, tus maquetas de la II Guerra Mundial, y al que se ría, o se burle, que le den mucho por el culo; no mires a los ojos de la gente, que lo cantaba un poeta de Vigo y tenía mucha razón el fulano; si te enamoras, trabaja por tu amor, pero no te hagas muchas ilusiones, porque la belleza interior jamás va a compensar tu otra belleza maldita; y si los tontos del barrio, o los colegas del trabajo, se meten contigo, y te dicen mira qué gordo o mira qué torpe o mira qué virginidad más recalcitrante, pon la otra mejilla que ya se aburrirán. Así le habla el corazón gigante a su dueño gigantesco. Y le aconseja, además, para curarse en salud y prevenir males mayores: haz muchos favores. Tú que lo mismo arreglas un motor que reparas un grifo, sé prodigo con tus habilidades. El altruismo no existe, ni siquiera en Islandia, pero está muy bien visto fingirlo en sociedad. Cúrratelo, querido Fúsi. Aunque te llamen tonto, inocente, buenazo de mazapán. Insiste en tu desprendimiento. No tienes otro recurso. Eres un niño sin maldad, un inmaduro sin remedio, y sin el arma de tu bonhomía estás perdido en esta selva de las nieves perpetuas, y de los hierbajos sin crecer. Ábrete camino y espera tu oportunidad. Para el amor, para la amistad, para la vida en general. Y más ahora, que llega la Navidad, y los barbudos gordinflones que vivís en el Círculo Polar gozáis de un carisma extraordinario. De todo un pedigrí.



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