Black Mirror: The Waldo Moment

Antes de que se estrenara la tercera temporada de Black Mirror -de la que todavía no tengo visionado ni criterio-, The Waldo Moment era el episodio peor valorado por los seguidores del serial. Sobre la aventura electoral del dibujo animado existía un consenso del cual yo también era partícipe y abajofirmante. Había algo que no encajaba, que se salía del molde perturbador de las otras historias. Hoy que he vuelto a reencontrarme con el osito Waldo, y con su José Luis Moreno en las sombras, he creído comprender las razones del experimento fallido. The Waldo Moment es el único episodio que no va más allá de nuestro tiempo. El único que no es futurista ni distópico, porque su denuncia ya está aquí, instalada entre nosotros, y ya no produce miedo ni inquietud. Aunque sí algo de tristeza.



    El mensaje de Charlie Brooker viene a ser algo así como: "Llegará un día en que el votante será tan superficial, tan ignorante, tan desapegado de los temas que le conciernen, que preferirá votar a un dibujo animado que sólo dice tonterías, y que se saca la pirula para provocar la carcajada, antes que confiar en un político razonable que hable sobre tasas de impuestos, o sobre degradación medioambiental". Pero ese día ya esta aquí. Ya estaba aquí hace tres años, cuando Waldo dio el salto a la pantalla. Ya casi no existen políticos "de carne y hueso" en los que confiar. Ellos sí, verdaderas caricaturas, verdaderos muñecos de guiñol. No tenemos que prevenirnos, ni que prepararnos, para la advertencia sociológica de Charlie Brooker. Waldo no es el asteroide que chocará, ni la máquina que desobedecerá, ni el virus que nos barrerá. Ya vivimos inmersos en esta pelea, en esta desesperación. El votante ya no sabe lo que vota, y se deja seducir por cualquier chiquilicuatre que se cuela en Eurovisión. Los referéndums de este mismo año, en nuestra patria, y en patrias ajenas, son la prueba fehaciente de que Waldo, y los otros Waldos, ya triunfan en las elecciones soltando paridas y proponiendo gilipolleces. Y sacándose la minga de vez en cuando. Viva la democracia. La famosa sentencia de Winston Churchill cada vez tiene menos validez. 



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