Hermanos de sangre

En el primer episodio de Hermanos de sangre, antes de que se inicie la acción bélica con los actores, aparecen los soldados reales que saltaron en paracaídas sobre Normandía. Octogenarios pero lúcidos, los abueletes cuentan la batallita de cómo fueron reclutados por el tío Sam allá en sus granjas de maíz, o en sus barrios periféricos de la ciudad. Ellos no dudaron ni un segundo en alistarse cuando les advirtieron que su país, su democracia, corría serio peligro. Dicen que fue tal el fervor patriótico, el ardor guerrero, que algunos muchachos se suicidaron al ser rechazados por el ejército, avergonzados de tener una miopía, un pie plano, un cerebro disfuncional, y quedar impedidos para combatir junto a sus camaradas en las selvas del Pacífico, o en los bosques de Europa.



    La intención de Hermanos de sangre es, obviamente, que nos estremezcamos de simpatía por estos abueletes del sonotone. Que aplaudamos su arrojo, que admiremos su valor, que nos pongamos en su lugar si algún día los marroquíes invadieran Algeciras, o los norcoreanos bombardeasen Albacete, y tuviéramos que responder a la llamada rojiguáldica de nuestra bandera. ¿Nos invadiría el mismo afán, el mismo calor que hierve la sangre? Yo, en mi caso, que vivo despatriado de la tierra, alérgico al himno nacional, inmune a la arenga y a la soflama, lo dudo mucho. O eso, o que soy, en el fondo, un cobarde que racionaliza su postura. Aunque los veteranos de la Easy Company se han convertido en unos ancianos entrañables y venerables, y uno, acojonadito en el sofá, no tiene más remedio que envidiar su valor en la batalla, y su destreza en el combate,  a mí estos yayos de la II Guerra Mundial me dan un poco de yuyu. Quien coge el fusil alegremente para ir a la guerra sin sopesar los riesgos vitales, sin cagarse por la pata abajo, sin cuestionarse seriamente si la guerra es justa o necesaria, ese fulano, en verdad,  es alguien capaz de hacer cualquier cosa. Lo mejor y lo peor. Un héroe benefactor, o un matarife sin entrañas. Según el talante, o las circunstancias.



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Black Mirror: The Waldo Moment

Antes de que se estrenara la tercera temporada de Black Mirror -de la que todavía no tengo visionado ni criterio-, The Waldo Moment era el episodio peor valorado por los seguidores del serial. Sobre la aventura electoral del dibujo animado existía un consenso del cual yo también era partícipe y abajofirmante. Había algo que no encajaba, que se salía del molde perturbador de las otras historias. Hoy que he vuelto a reencontrarme con el osito Waldo, y con su José Luis Moreno en las sombras, he creído comprender las razones del experimento fallido. The Waldo Moment es el único episodio que no va más allá de nuestro tiempo. El único que no es futurista ni distópico, porque su denuncia ya está aquí, instalada entre nosotros, y ya no produce miedo ni inquietud. Aunque sí algo de tristeza.



    El mensaje de Charlie Brooker viene a ser algo así como: "Llegará un día en que el votante será tan superficial, tan ignorante, tan desapegado de los temas que le conciernen, que preferirá votar a un dibujo animado que sólo dice tonterías, y que se saca la pirula para provocar la carcajada, antes que confiar en un político razonable que hable sobre tasas de impuestos, o sobre degradación medioambiental". Pero ese día ya esta aquí. Ya estaba aquí hace tres años, cuando Waldo dio el salto a la pantalla. Ya casi no existen políticos "de carne y hueso" en los que confiar. Ellos sí, verdaderas caricaturas, verdaderos muñecos de guiñol. No tenemos que prevenirnos, ni que prepararnos, para la advertencia sociológica de Charlie Brooker. Waldo no es el asteroide que chocará, ni la máquina que desobedecerá, ni el virus que nos barrerá. Ya vivimos inmersos en esta pelea, en esta desesperación. El votante ya no sabe lo que vota, y se deja seducir por cualquier chiquilicuatre que se cuela en Eurovisión. Los referéndums de este mismo año, en nuestra patria, y en patrias ajenas, son la prueba fehaciente de que Waldo, y los otros Waldos, ya triunfan en las elecciones soltando paridas y proponiendo gilipolleces. Y sacándose la minga de vez en cuando. Viva la democracia. La famosa sentencia de Winston Churchill cada vez tiene menos validez. 



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El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante

La teoría cinematográfica de Ignatius Farray asegura que una película es buena si cuenta lo mismo que promete en el título, y una mierda si sale por peteneras y se embarca en narraciones divergentes. Según este criterio, Asalto al tren del dinero es una obra maestra porque se centra en el robo de un tren con dinero, mientras que Alguien voló sobre el nido del cuco es un excremento del séptimo arte porque en el manicomio de Jack Nicholson nadie volaba sobre el nido de ningún pajaruelo. Parece una tontería, la ocurrencia de Farray, pero no es más aleatoria, ni más injustificada, que las columnas de algunos críticos muy afamados que también se dejan llevar por silogismos extraños, querencias y extravíos que de poco nos sirven, y de poco nos guían, a los cinéfilos que buscamos la luz.



    Siguiendo al maestro Ignatius, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante debería ser una película cojonuda, canónica, pues ofrece justamente lo que promete: un cocinero que trajina en las entrañas del restaurante, un ladrón que es el dueño vociferante del negocio, una mujer que no aguanta sus peroratas de macho con metralletas, y un amante de la señora que espera su oportunidad desnudico en los retretes. Cuatro personajes que pululan por el teatral escenario acechándose con la mirada, abroncándose con las palabras, amenazándose con terribles venganzas de sanguinolencias y canibalismos. Y sin embargo, para quien esto escribe, que no conoce más teoría del cine que sus bostezos de gañán, o sus entusiasmos infantiles, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante es una película insufrible, indigerible, la "experiencia Greenaway" que me ha quitado las ganas de insistir en este director tan peculiar y extravagante. Porque tengo que confesar -oh, sí- que mi famélica, ridícula, vergonzosa cinefilia, nunca se había cruzado hasta hoy con el artista galés, y mira que llevaba tiempo con la curiosidad, y con la intención, desde los tiempos de Carlos Pumares en Polvo de Estrellas, cuando llamaban los oyentes que habían visto una de sus películas y flipaban en colores, y caminaban desorientados, y pedían consejo al bueno de don Carlos, que tampoco sabía muy bien qué responderles. Cosa que no me extraña, visto lo visto.



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Black Mirror: White Bear

El sufrimiento ajeno fue durante siglos el gran entretenimiento de las clases populares. Y de las otras también. Hasta que los hermanos Lumière no filmaron sus películas, los británicos no inventaron el fútbol, y los italianos no trajeron Tele 5 a los hogares, la gente se aburría mucho cuando llegaba el fin de semana, y para tenerlos contentos, y no darles tiempo a pensar en revoluciones, los garantes del orden social ofrecieron todo tipo de torturas y sacrificios. Los habitantes de Judea eran muy fieles al espectáculo de ladrones crucificados y mujeres lapidadas. En la antigua Roma los circos explotaban de regocijo con los cristianos comidos por los leones y los esclavos convertidos en gladiadores. Aquí mismo, en los reinos de Castilla, raro era el domingo o la fiesta de guardar que los inquisidores no aprovechaban para servir un auto de fe de primer plato y un churrasco de pecador como acompañamiento. Eran tiempos de barbarie. Ahora la pena de muerte -cuando la hay- se ejecuta en la más estricta intimidad de los familiares, y la tortura ha pasado a ser una práctica de intramuros, muy poco edificante, y los sociópatas tienen que conformarse con verla en las películas, o hacer oposiciones para la policía o para el ejército, y esperar a escondidas su propia oportunidad.



    En Black Mirror: White Bear, Charlie Brooker ha imaginado otro mundo futurista en lo tecnológico, pero medieval en usos y costumbres. Si en lo económico estamos regresando al vasallaje y a los siervos de la gleba, no hay motivo para pensar que en otros aspectos vayamos a sufrir un retroceso similar. De todos modos, en el mundo distópico de White Bear algo hemos avanzado. Aquí -y ahora viene un spoiler como una catedral- la tortura física del delincuente sigue estando muy mal vista, pero la psicológica es otro cantar, y sirve para hacer negocio en programas de televisión de máxima audiencia, y en atracciones de circo que reúnen a toda la familia. No hay límites para la humillación, para la vergüenza, para el puteo, para la tortura neurológica, mientras el reo se conserve físicamente intacto. Todo un detalle, y todo un síntoma de urbanidad, como cantaba Serrat. Los padres filman con sus móviles, los niños aplauden divertidos, y el empresario se llena los bolsillos con neosestercios y neodoblones.



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The Duke of Burgundy

De amantes que se alejan del mundanal ruido, se construyen su propio búnker, y se entregan fogosamente hasta que el cuerpo aguante, o hasta que el espíritu desfallezca, está la historia del cine llena. Misántropos vocacionales, o transitorios, que ya no conciben más compañía que su pareja, y quedan ciegos a lo que no sea su cuerpo, y sordos a lo que no sean sus palabras. Algunos de estos enajenados se van literalmente al quinto pino a vivir su arrebato, como Supermán y Lois Lane en la Fortaleza de la Soledad, o Jeremiah Johnson y su mujer india en las Montañas Rocosas.  Otros, como John Wayne y Maureen O´Hara en El hombre tranquilo, construyen su cabaña a la distancia justa de la civilización: ni muy lejos, para bajar a comprar pan los domingos, ni muy cerca, para que no se escuchen los homéricos orgasmos que rasgan la paz de los praderíos. Otros, como Antoine y Mathilde en El marido de la peluquera, instalan su castillo de amor en medio del pueblo, y atienden su negocio con una sonrisa de cordialidad, pero en realidad sólo fingen un interés educado. Ellos nunca ven la hora de despedir al último cliente, echar el cierre, apagar las luces y quedarse a solas entre los afeites y las colonias.



    En The Duke of Burgundy, Cynthia y Evelyn son dos mujeres que viven su loca entrega en una mansión victoriana, en una época indefinida. En una película muy rara que a veces induce al sueño mortal y otras veces regala momentos de absoluta belleza.  Durante el día, porque de algo hay que comer, las dos amantes transitan por el mundo disfrazadas de entomólogas, y acuden a conferencias, y a simposios, y allí disertan sobre las diferencias morfológicas entre la mariposa de tal y la mariposa de cual. Pero luego, por la noche, despojadas de sus disfraces, y revestidas para el amor con ropajes muy sexys, -y hasta muy dominátricos- su único interés científico y romántico es la mujer que susurra, que besa, que se desahoga al otro lado de la almohada. El vínculo que une a estas dos damiselas es un juego muy extraño, difícil de desentrañar para el mirón no iniciado en el misterio. Una fantasía erótica a medio camino entre la dominación y la sumisión, entre la realidad y el teatro. Allá cada cual, con sus placeres. 




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Están vivos

En la Guía ideológica para pervertidos, Slavoj Zizek, nuestro filósofo de guardia, presentaba Ellos viven como una obra maestra del cine rojo americano, tan escaso por aquellas latitudes. Una película que el mismísimo Lenin, de haber llegado hasta nuestros días, habría disfrutado en su dacha con las pantuflas puestas, y con un bol de palomitas recién traídas del koljós. Ellos viven es, en efecto, una película muy revolucionaria, de mensaje que arenga a las masas y pone en la picota a los explotadores, y que protagoniza, además, un obrero de la construcción que vive a una sola chispa de lanzarse contra las tropas del Zar, o contra la policía de Los Ángeles, que viene a ser lo mismo. Un proletario muy similar a los que Marx y Engels eligieron para darle vuelta a la historia, aunque éste de la película lleve tejanos, y el pelo largo, y se parezca más a un anglosajón de Wisconsin que a un ruso de Leningrado.



    En la distopía de Ellos viven, la raza humana vive engañada por la publicidad, y por los medios de comunicación. Detrás de cada artículo de prensa, de cada show en la televisión, de cada anuncio estampado en las revistas, vive escondido un mensaje subliminal que pretende adocenarnos: compra, trabaja, desea, no pienses... Alguno dirá: menudo descubrimiento el de John Carpenter, y menudo vocero, el bloguero éste, que lo repite como si acabara de caerse de un guindo. Vaya par de iluminados, y de mentecatos. Pero tate, queridos lectores, porque aquí, en Ellos viven, la gran novedad es que el mensaje encriptado no hay que deducirlo, ni que repensarlo. Basta con ponerse unas gafas de sol muy especiales para pasear la mirada por el mundo y descubrir, literalmente, los textos y las imágenes que subyacen a lo que vemos.  Los extraterrestres que gobiernan la ficción de John Carpenter son más efectivos que cualquier aparato de propaganda: ellos no pagan a un ejército de articulistas, ni de tertulianos, ni de políticos encorbatados. Ellos conciben sus doctrinas mondas y lirondas, y luego lanzan unas ondas electromagnéticas al espacio para que el cerebro humano traduzca directamente al idioma de los esclavos. Muy sofisticado, o muy básico, según se mire.
    Y allá que va, nuestro obrero de la construcción, acompañado de otros desharrapados de la fortuna, a destruir el centro operacional de la gran engañifa. Pero son muy pocos, los "terroristas", y muy escasos, sus medios de combate, porque ya dijo Mark Twain que es más fácil engañar a la gente, que tratar de convencerlos de que han sido engañados. 


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Un niño grande



Los adultos que han olvidado su niñez suelen tratar a los niños con aires de superioridad. Se creen capacitados para darles lecciones sobre esto y sobre lo otro. Pero su único mérito es haber vivido más años. Y eso ni siquiera es un mérito: sólo hay que levantarse por las mañanas y dejarse llevar, día tras día, hasta acumular calendarios en el trastero. La mayoría de los adultos, si no tienen hijos, si no tienen empleos relacionados con la niñez, pierden la perspectiva de la infancia, de su propia infancia, y se tragan por entero la ilusión de ser entes superiores y distinguidos. Pero todo esto es muy falso. Un malentendido cultural. El adulto solo es un niño grande que ha aprendido a disimular con mayor o menor habilidad. Un chaval al que un mal día se le desbordaron las hormonas, y se le descorchó el cuerpo, y terminado el colegio y los juegos infantiles fue arrojado al mundo de las grandes responsabilidades. El adulto que da el pego de la madurez sólo es un actor consumado, nada más. Esa gran película que es Big nos enseñó que un niño de trece años, transformado en adulto de la noche a la mañana, puede encontrar trabajo y amante en Nueva York sin que nadie se cosque del malentendido.



    Sí queridos amigos, y queridas amigas: todos somos un poco como Hugh Grant en Un niño grande. Al igual que él, hombres y mujeres se entregan al juego de la sofisticación, del pensamiento elaborado, del Monopoly de las haciendas verdaderas. Pero en el fondo nadie ha salido del patio del colegio donde jugábamos el partido de fútbol, o saltábamos a la comba, o nos reíamos de la estupidez del sexo contrario, o cambiábamos cromos como ahora intercambiamos contratos o dineros. Para darse cuenta de esto hay que tener un hijo, o trabajar con niños, o encontrar un chaval por la calle como éste de la película, tan lúcido y clarividente que mete miedo. Todos los niños del mundo son como el niño del cuento: sólo ellos apuntan con el dedo y señalan que el emperador adulto camina desnudo.



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El novato

El libro que cambió mi perspectiva de la función paterna es El mito de la educación, de Judith Rich Harris. Judith es una psicóloga americana que ingresó muy tarde en los círculos más respetables, y eso le dio gran libertad para seguir caminos no trillados, pistas que otros psicólogos más acomodados hubieran desechado por heterodoxas. La teoría de Judith Harris, que yo acepté nada más leerla porque encajaba perfectamente en mis propias intuiciones, es que los padres influimos muy poco, o casi nada, en la personalidad de nuestros hijos. Que ésta viene dada en un cincuenta por ciento por los genes, y que la otra mitad se moldea entre el grupo de iguales, allá en el colegio, en el parque del barrio, en el campo de fútbol. El ambiente influye, sí, pero sólo en el entorno de amigos y compañeros. Lo que los padres decimos, aconsejamos, exhortamos, les entra por un oído y les sale por el otro. Básicamente. La teoría es antiintuitiva, difícil de masticar, y yo mismo la traiciono en alguno de mis comportamientos. Pero creo, sinceramente, que esto es lo que hay.



    Algo deben de saber también, o de sospechar, los responsables de la película El novato. El director y sus guionistas nos cuentan las andanzas de Benoît, un muchacho de provincias que aterriza en un instituto parisino donde el patio ya tiene asignados sus roles y sus grupos. Sólo en la primera escena conocemos a los padres de Benoît, que conversan con él plácidamente a la hora del desayuno. A partir de ahí, el chaval está solo en su lucha ganarse un lugar en el ecosistema. En el clásico recorrido del novato pardillo, Benoît se juntará con la pandilla más gamberra, se enamorará de la chica más solicitada, y se aliará finalmente con el lumpen más marginal del sociograma. En El novato sólo hay chicos y chicas que se cruzan y se acechan. Que se respetan o que se acosan. Ni siquiera los profesores tienen un papel dramático en la película: simplemente están ahí, al fondo de las aulas, al final de los pasillos, asistiendo en silencio a la soterrada refriega por hacerse un buen nombre, y ganarse un espacio. No hay adultos que valgan en estos arreglos. Uno está solo, combate con sus propias armas, y del éxito o del fracaso en estas misiones dependerá que la vida, poco a poco, nos vaya colocando en nuestro sitio.



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El hombre elefante

Todos los animales que he tenido se murieron con una dignidad ejemplar. Heridos de muerte por la enfermedad arrastrada, o por la vejez que tocaba a su fin, se retiraron a su cunita, a su rincón en el sofá, a su lugar entre las mantas, y allí suspiraron por última vez sin que nadie les oyera. Todos se fueron sin molestar. En vida fueron alegres, cariñosos, amigos fieles que jamás se separaron en los juegos o en los paseos. Pero llegado el momento del adiós prefirieron ahorrarse las miradas a los ojos, la conversación silenciosa entre especies que se comprenden. El mal trago de las despedidas. Aprovecharon una ausencia, una película, una modorra en la siesta, para irse como llegaron: un buen día, sin avisar.



    Así es como muere John Merrick en El hombre elefante. En su cama, dormido como un bebé, ahogado por el peso de su propia deformidad. Sin dar noticia de sus intenciones a quienes le cuidaban y sostenían. Al igual que los animalicos que yo tuve, Merrick no quiso darse el pisto de las grandes palabras, ni de las barrocas despedidas. Reconciliado con el mundo, sintió que por fin había encontrado la paz, y que con esa paz quería morirse. Él que tanto había sufrido. Más allá sólo le quedaban un puñado de días buenos: lo demás iba a ser dolor, decadencia, más deformidad todavía, y no quiso pasar el trance de ir muriéndose gemido a gemido, ni que aquellos a los que tanto quería lo pasaran con él. Merrick, en cierto modo, también era un animal desvalido, uno que de joven vivió enjaulado y expuesto a la curiosidad de las gentes, como un cachorro en el escaparate de la tienda. Uno al que un buen día rescató el doctor Treves para hacer de él un objeto de estudio, y más tarde un ser humano con dignidad. Suena el adagio para cuerdas de Samuel Barber y yo no soy capaz de contener una pequeña lágrima que resbala por la mejilla. Otra vez. 


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Rabbit Hole (Los secretos del corazón)

Nadie ha fingido la muerte de un hijo con el talento de Naomi Watts en 21 gramos, la película de González Iñárritu. Cuando aquella mujer recibía la terrible noticia y se le transfiguraba la cara, uno, de pronto, ya no estaba viendo una película, sino mirando por una ventana, y el sofá ya no era el sofá, sino el asiento incómodo de una sala de espera. Y el espectador ya no era tal, sino un hombre que recordaba que seguramente no hay dolor más insoportable en el sinsentido de vivir, mientras esa mujer, a dos pasos de distancia, se moría de llantos, y se retorcía de estupor.



    Como ese momento actoral -actrizal- es insuperable, y ha quedado grabado en la memoria de cualquier cinéfilo sensible, John Cameron Mitchell, el responsable de Rabbit Hole, ha decidido que su película empiece ocho meses después del fatal accidente, y que su pareja de padres consternados no tenga que competir con Naomi Watts en escenas de sufrimiento inconcebible. Y podrían, supongo, porque Nicole Kidman y Aaron Eckhart son dos actores consumados, de amplios registros y honduras profesionales. Pero es que, además, la película tampoco lo necesita. A Rabbit Hole le interesan sus personajes en fases más avanzadas del duelo, entre la tercera y la quinta, según los manuales que uno consulte. El matrimonio Kidman/Eckhart ya ha superado el estado de shock, y la fase de protesta y culpabilización. Ahora transitan un territorio indefinido, de límites difusos, que alterna días sin esperanza con otros en los que palpita el impulso de pasar página y empezar una nueva vida. No olvidar, porque eso es imposible, pero sí hacer como que uno olvida, e ir robándole segundos al reloj, paréntesis de tiempo en los que el hijo muerto ya no está, hoy un segundo, mañana dos... El problema es que él va muchos pasos por delante, y ella varios pasos por detrás, y en esa descoordinación del caminar la cuerda se estira y se tensa. Ellos no tienen la suerte de la fe religiosa, que en estos casos supone un gran alivio para las mentes más simples, con sus cuentos de niños convertidos en ángeles del Señor. Kidman y Eckhart sólo tienen esta vida para agarrarse y no caer despeñados. O muchas vidas, según la teoría de los universos paralelos, que están interconectados por madrigueras de conejos...



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Vida suspendida

Sería mejor, en estos días de vida suspendida, renunciar del todo a la pasión por el cine, pues todo lo que veo transita por mi digestión sin aportar energías ni proteínas. Sobrevuelo las ficciones con la única intención de traer comida a este diario, abandonado en el nido, siempre hambriento y piante. Se me clavan en el alma sus chillidos de bicho desamparado. Me puede más la responsabilidad de alimentarlo que las ganas verdaderas de seguir tecleando mis opiniones y mis cinefilias, que no tienen doctorado ni universidad. Tengo además, un compromiso adquirido con esos cuatro gatos que a veces se dejan caer por aquí, buscando la humorada o el chascarrillo. No puedo defraudarlos. Son pocos y volátiles, pero son los únicos lectores que tengo. Sin ellos estaría escribiendo para los fantasmas, o para los arqueólogos informáticos del futuro. 
    Si escribo, también, es para esconderme tras la tapa del ordenador, y que la vida no me vea, no me detecte, siempre emisaria de nuevas frustraciones. Me escondo de la gente como hacía Charles Bukowski, el escritor maldito, Estoy releyendo El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco.


    “La gente me vacía. Tengo que alejarme para volver a llenarme. Lo mejor para mí soy yo mismo; quedarme aquí encorvado, fumando un cigarro y viendo como aparecen las palabras en esta pantalla. Es raro conocer a una persona inusual o interesante”

    Y cuando aparece, se va. Como si nunca hubiese existido.







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Política, manual de instrucciones

Les sigo. Les voto. Les promociono entre las amistades. A veces mantengo duelos a capa y espada por defender su reputación. Soy su paladín, en este villorrio perdido entre los viñedos. Les leo en la prensa, les sigo en internet, compro incluso alguno de sus libros. Escucho sus tertulias en el ipod cuando salgo a caminar por los montes. Les quiero. Son buena gente, políticos honrados, ciudadanos comprometidos. Tipos muy capaces, y mujeres muy inteligentes. Tienen sus cosas, sus tonterías, sus análisis fallidos. A veces sus pies no pisan el suelo, enajenados por el orgullo, o por la vida universitaria, tan distinta al pan nuestro de cada día. Pero todo esto es peccata minuta. Los podemitas son mi gente. Les esperé durante años de votos erráticos, de incursiones fallidas por garitos de izquierda que no me representaban. Aunque caigan chuzos de punta les voy a seguir votando y alentando. Seguiré defendiendo el Paso Honroso con mi lanza y con mi yelmo. Pero lo voy hacer, ya, sin esperanza. He perdido la fe. Sigo creyendo en las personas, pero no en el proyecto. No existe la crisis. Nunca existió. Hubo un temblor, un titubeo, un momento de duda general. Pero nada más. La masa de votantes famélicos y desahuciados que les iban a llevar en volandas se diluyó por el camino, antes de las elecciones decisivas. Las clases pobres no votan, y las clases medias siguen llenando los hoteles cuando llegan los fines de semana, o los puentes vacacionales. La economía emerge, o se sumerge, pero no deja de fluir, como un Guadiana que nunca se secara, y que siempre llenara los bolsillos. Como dicen nuestros mayores, no existe verdadera necesidad. Y sin verdadera necesidad no se producen las revoluciones, ni los vuelcos electorales. La gente se acomoda, se achanta, se deja engañar por los medios de des-información. Y se pega un tiro en el pie. Y se mea de la risa.



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Política, manual de instrucciones (y 2)

Política, manual de instrucciones, es el documental que Fernando León de Aranoa rodó en las entrañas de Podemos durante dos años, con permiso de sus responsables para entrar en los aquelarres donde se cuecen las estrategias, en los contubernios donde se redactan los argumentarios. En las reuniones ultrasecretas donde Pablo Iglesias e Íñigo Errejón repasan lo que dirán antes de salir al mitin, a la entrevista, al plató de televisión, para ganar votantes o no perder demasiados, según vengan las noticias del día.
    Ahora que he perdido la fe, y que vuelvo a ser un rojo escaldado, un izquierdista relegado al gallinero del Parlamento, veo a los podemitas entusiasmarse en sus primeros logros, cuando hicieron historia con su Blitzkrieg en las encuestas, o cuando conquistaron las alcaldías más simbólicas del país, y me entra como una pena en el alma, como un desconsuelo en las tripas que durante dos años creyeron a pies juntillas, y rezaron las oraciones, y se vieron más pronto que tarde en la Tierra Prometida de una España diferente. Hay un momento, en el documental, en el que Carolina Bescansa repasa junto a su colaborador la encuesta del día, y exclama, con una sonrisa de oreja a oreja: "De seguir así les vamos a dar una paliza que los vamos a machacar" En fin... Sólo han pasado unos meses desde aquellos tiempos tan felices, y Política, manual de instrucciones ya parece un documental en blanco y negro que narrara el auge y caída de León Trotski, de Largo Caballero, de Rosa Luxemburgo. De los hermanos Graco, incluso, que fueron dos tribunos de la plebe que se excedieron mucho en sus prerrogativas, y a los que el Senado de Roma tuvo que poner un fin sangriento para que la chusma no se entusiasmara, y no se subiera a la parra. De los hermanos Graco a Podemos nada ha cambiado. Está la cosa muy mal, como decía Chiquito de la Calzada, si hay que urdir tanto entre bambalinas, como hacen los podemitas en este documental. Deberían de bastar unas líneas, unos mensajes claros, para que cualquier usuario de los servicios públicos los votara al instante, sin tanta estrategia comunicativa, ni tanta germanía demoscópica,  ni tanta hostia bañada en vinagre.  Pero la plebe es estúpida, vaga, conformista. La plebe está alienada, adocenada, secuestrada por los telediarios del mediodía. En la plebe no se puede confiar, y sin la plebe no se pueden ganar las elecciones, y en esa dicotomía, en ese fango irresoluble, Podemos tuvo que bajarse del carro y ensuciarse las manos para seguir caminando. Y encima pa' ná. Es el destino fatal de cualquier izquierda respetable.



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Black Mirror: Ahora mismo vuelvo

En los tiempos antiguos, que van desde la costilla de Adán hasta la invención de las redes sociales, uno se moría y quedaba muy poca cosa a la que agarrarse. Quedaban los retratos encima de la tele, el recuerdo en los seres queridos, el legado de un árbol que se plantó o de un libro que se escribió. Un cuerpo comido por los gusanos o unas cenizas que el viento se llevó. Con estos retales, los hombres del pasado no podían hacer mucho para resucitar a sus seres queridos. Confiar en la alquimia de la materia orgánica, los más brujos. Hablar con los espíritus, los más confiados en el más allá. Aguardar que Jesús pasara por allí como un día pasó por Betania y revivió a su amigo Lázaro, los más creyentes. Pero de Jesús, desde que ascendiera al Reino de los Cielos, los cristianos no han vuelto a tener mucha noticia, y todos los muertos que vinieron después siguen esperando turno en la cola de los milagros.




   En el futuro de Black Mirror: Ahora mismo vuelvo no se promete la resurrección de la carne, ni el aterrizaje del alma, pero sí algo muy parecido. Un premio de consolación para familiares desconsolados. Hoy en día, cuando te mueres, queda por ahí, flotando en la nube, tu experiencia digital: quedan las fotos, los vídeos, la voz grabada, los recibos de compra. Las tonterías –muchas- y sensateces –pocas- que se escribieron buscando pareja, debatiendo sobre política, abriendo el alma a las gentes del ancho mundo. La información es terabítica, complejísima, en el caso de los adictos al teléfono móvil. Pero Charlie Brooker, el genio en la sombra de Black Mirror, sabe que sólo es cuestión de tiempo que un software informático pueda procesarla y devolverla en forma de espíritu retornado. Recrear fielmente  a la persona que saluda, que habla, que responde con coherencia y parece realmente un regresado de la última frontera. Y si además, para rematar la faena, introducimos esa personalidad en un muñeco biológico que es la réplica exacta de su cuerpo y de sus facciones, ya tenemos de vuelta al marido que se estampó con la furgoneta cuando comenzaba el episodio de Black Mirror. Pero ojo, que la tecnología está en sus balbuceos, y los muertos regresan sin ser ellos del todo, como muertos amnésicos, muy poco entrenados en el revivir. El muerto no estaba muerto del todo, sino que estaba de parranda, como decía la canción, y ha regresado como perjudicado, o como medio lelo. 



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True Grit

La madurez es una cualidad del espíritu que viene otorgada por los genes.  Y lo demás son paparruchas. A quien Dios se la dé, la madurez, que San Pedro se la bendiga. Y a quien no, ajo y agua. No hay más. La madurez no se gana, no se alcanza, no se trabaja en el esfuerzo cotidiano de vivir. La mayoría pasamos por la vida sin que la madurez nos impregne, o nos eleve. Nos salen canas, nos surcan arrugas, se nos agrava la voz, pero la responsable de esto es la oxidación celular. Son signos de que pasan los años, pero no de que fructifiquen las edades. Eso que comúnmente llamamos madurez sólo es cálculo, artimaña de animal herido. Mansedumbre y estrategia. Conductas aprendidas que nos ayudan a sobrevivir, pero no impulsos naturales que obedezcan a un buen entender de las cosas, a una posición serena y decidida ante la adversidad. La madurez que exhibimos en el otoño de la edad sólo es cosmética y fingimiento. Por dentro seguimos siendo los mismos impulsivos de siempre, los mismos estúpidos, los mismos cobardes. El funcionamiento de los genes que regulan el lóbulo frontal del cerebro, o el plexo solar de las entrañas, marca una diferencia fundamental, abismal, entre la persona madura y el niño que  morirá de anciano algún día.



    Soy educador. Soy entrenador de fútbol. Tengo contacto frecuente con muchachos y muchachas, y más de una vez he encontrado a personajes tan sorprendentes como el de Mattie Ross en True Grit, esa chavala de ideas preclaras, de valores férreos, de intrepidez desarmante. Una mocosa que es capaz de desmontar los razonamientos varoniles, machorriles, de cualquier veterano del Far West. Yo he conocido jóvenes que demostraron más aplomo, más sabiduría, más perspectiva que uno mismo cuando venían mal dadas, y cuando se suponía que uno estaba allí para tutorar, o para conducir. Chavales y chavalas con el don de la frialdad, y del análisis certero. No es por aquí, señor, es por allá, y lecciones así. A su lado yo me sentía tuerto del ojo, como Jeff Bridges en True Grit, y corto de lengua, como el personaje de Matt Damon, y tan humillado que aprendí lecciones fundamentales sobre lo relativo de la edad, y sobre la confusión general que reina en estos asuntos. 



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Rams (El valle de los carneros)

Que los dos primeros hermanos que existieron sobre la faz de la Tierra, Caín y Abel, se llevaran literalmente a matar, fue el primer aviso de que compartir muchos genes, y vivir bajo el mismo techo, no eran bendiciones que garantizasen una estrecha y fructífera relación. Hay hermanos que se llevan muy bien, hermanos que se llevan muy mal, y otros que simplemente se toleran y se cruzan por la vida con indiferencia. La lotería genética hace que cada uno sea como es, y que cada loco vaya con su tema, como cantaba Serrat. Hay relaciones fraternas para todos los gustos, en la viña del Señor.



    Uno siempre pensó en los islandeses como gentes superiores, civilizadas de verdad, que resolvían sus conflictos en las asambleas junto al fuego, o junto a la calefacción centralizada, mientras afuera nevaba y caía la noche con prontitud. Entre estos tipos pluscuamperfectos que han construido el paraíso de la felicidad, uno no esperaba que de repente, en una película insospechada que ha triunfado en los festivales, aparecieran dos hermanos llamados Cainsson y Abelsson que retomaran el trágico acontecer de sus antepasados mesopotámicos, allá entre el Tigris y el Éufrates. En Islandia no hay maldición bíblica que justifique las locuras, ni sol abrasador que confunda los raciocinios. Se ve que en cuestiones de lindes, y de posesiones agropecuarias, cuecen habas en todos los sitios, y en todas las latitudes. Y en todas las épocas. Ni siquiera los escandinavos modernos están libres del instinto neolítico de la posesión. Y de la envidia. Y cuando hay un rebaño de carneros en juego ya no conocen ni a su padre. Ni a su hermano. Que los dioses nos asistan. El litigio que enfrenta a estos dos hermanos en El valle de los carneros bien podría ser un asunto mediterráneo, meseteño, con sus escopetas de por medio y sus maldiciones tremebundas. Solo que aquí nieva, y hace mucho frío, y el paisaje está descarnado de árboles y de habitantes. Y que en Islandia, además, no se estila mucho la boina. 



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American Crime. Temporada 2

Si la primera temporada de American Crime giraba alrededor del racismo, esta segunda da vueltas en el mundo soterrado de los institutos. Luego hay subtemas, satélites de conflicto que orbitan junto a los planetas principales, y todos juntos, en celeste armonía, pero en terrible pesimismo, conforman el sistema solar de la sociedad americana. Uno, españolito de a pie, habitante de un villorrio donde los adolescentes no llevan armas, los yonquis no fuman crack en las esquinas, y el racismo es una excrecencia que sólo profieren dos tarados del lugar, asiste al espectáculo de American Crime con cierta distancia, interesado, pero no implicado. Atento, pero no conmovido. Los americanos nos interesan, nos fascinan incluso, porque siendo nuestros amos nos reconocemos muy distintos, casi antagónicos, y no terminamos de entender cómo han podido colonizarnos de esta manera, colarse en nuestros hogares sin casi pegar un tiro, el más cercano en Normandía, sólo con la fuerza irresistible de sus producciones para la pantalla.



    Sólo hay un conflicto en American Crime que es igual de problemático en ambas orillas del Atlántico. Tan universal que incluso uno se siente apelado personalmente, y forzado a reflexionar sobre su propia experiencia. Uno sospecha que los guionistas de American Crime han usado todo lo demás como mcguffins, y que lo que a ellos les interesa, en realidad, es hablar de la relación entre padres e hijos. Que en estas ficciones casi siempre es malsana y conflictiva. Éste es el cuerpo calloso que une los dos hemisferios de la serie. En cualquier subtrama de American Crime hay un padre o una madre que no quiere reconocer los defectos de su hijo, y eso que muchas veces son palmarios, y delictivos. Reconocer tamaña imperfección es un acto de voluntad suprema que está al alcance de muy pocos progenitores. Reconocer que uno ha tirado años de educación por la borda, que los genes, o las malas compañías, finalmente han ganado la partida, y que parte de esa imperfección ya venía inscrita en el propio óvulo o en el propio espermatozoide, es una prueba muy dura que sólo los dioses más crueles se atreven a proponer. Y los personajes de American Crime se enfrentan a ella continuamente, y entre el deseo y la realidad estallan luchas brutales que los desgarran por dentro hasta destrozarlos.



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Kiki, el amor se hace

Al cura que nos daba religión en la universidad no le gustaba la expresión "hacer el amor". Él, que impartía una asignatura vacía de contenidos, se entretenía manteniendo charlas doctrinales con nosotros, sus fogosos alumnos, sus fogosas alumnas, que a su parecer íbamos por la vida como vacas sin cencerro. Como Marisa Paredes en La flor de mi secreto. El cura decía que el amor no se hacía: que el amor se daba, se ofrecía, se celebraba. El amor espiritual, claro. Lo otro ni siquiera era amor: sólo un instinto animal, una necesidad biológica que el Señor nos impuso -gozosamente, eso sí- para cumplir el mandato bíblico de multiplicarnos. "Hacer el amor" era, según él, una expresión irrespetuosa, mecanicista, vacía de sentimientos. El amor no se hace como una barra de pan, o como una vasija de barro, decía él muy parabólico. Nosotros, por supuesto, le llevábamos la contraria, y le decíamos que sólo tenía que traducir la expresión al inglés para pillarle el sentido. "Make love" es construir el amor, edificarlo, desde los cimientos del instinto hasta las azoteas del compromiso. En contra de lo que él opinaba, el amor entre un hombre y una mujer -o entre un hombre y un hombre, o entre una mujer y una mujer- se construía desde abajo, desde las entrañas, en tributo a nuestros antepasados del bosque y de la selva, y luego se iba ascendiendo en la escala humana de los valores. Algunos, los más primarios, no pasaban de los cimientos; otros, los más evolucionados, ansiaban tocar las nubes. El cura nos miraba sin entender nada, se rascaba la cabeza y pasaba a otro tema con gesto de rendición. Nos separaban una sotana, dos generaciones y tres experiencias gratificantes.



    He recordado estas conversaciones mientras veía Kiki, el amor se hace, porque sus cinco historias de amor se tambalean por los cimientos del sexo, y son como rascacielos a punto de derrumbarse. Las cinco parejas de la película echan kikis, y "hacen el amor", pero el sexo, más que construir sus afectos, los deconstruye y los dinamita. El jodido cura se cargaría de razones con estos personajes atribulados. Con estas vacas sin cencerro. Pero tate, arcipreste, porque no es desamor todo lo que reluce. Lo que les pasa a estos desgraciados es que el sexo que ellos anhelan, el que ellos sienten como verdadero y estimulante, sigue caminos retorcidos, inusuales, incomprensibles incluso, como la bala mágica que mató a JFK. Ellos, que se creían convencionales, de pronto se descubren heterodoxos y parafílicos, y hasta que no tienen el valor de confesarse, ni la voluntad de confiarse, la cama se vuelve un territorio hostil. Y el sexo, un incidente diplomático que amenaza con declarar la guerra total. Pero Kiki, el amor se hace, es una comedia romántica, no lo olvidemos, y nuestro cura -que dudo mucho que se haya asomado por esta simpática indecencia- saldría otra vez escaldado de la confrontación, vacío y contrariado.



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Captain Fantastic

Sacar a los hijos del sistema escolar y educarlos con criterios propios sobre lo que es válido y superfluo, nutritivo y desechable, es un acto de valentía que aquí en nuestro país, además de no tener encaje legal, tiene muy mala prensa, porque la mayoría de las veces, cuando leemos estos casos en los periódicos, encontramos a fundamentalistas religiosos que no quieren que sus hijos escuchen las prédicas del laicismo, ni las intoxicaciones del socialismo. Uno, que simpatiza con la idea del homeschooling pero nunca tuvo tiempo ni agallas para lanzarse a semejante aventura, admira el gesto desafiante de estos iluminados, sus férreas convicciones, pero al mismo tiempo tiembla al pensar qué escucharán esos chavales en los sermones del hogar. Ellos serán el ejército oscuro que mi hijo habrá de combatir en los años venideros, en las barricadas simbólicas, o en las de verdad, vaya usted a saber.



    En otros países, sin embargo, la práctica del homeschooling también es frecuente en las gentes de bien y de provecho. Allí hay nostálgicos de la naturaleza y del librepensamiento que acomodan a sus retoños, arrancan la furgoneta y ponen una distancia de seguridad con el mundo decadente y contaminado que nos toca vivir. Captain Fantastic cuenta las andanzas de una familia numerosa que vive en las Montañas Rocosas, lejos de la civilización, guiados por un padre que es al mismo tiempo instructor de caza, profesor de literatura y wikipedia andante en un mundo que no conoce la conexión a internet. En esa República Independiente de su Casa no se reconoce más autoridad moral que la de Noam Chomsky, del que incluso se celebra el cumpleaños en cuchipanda familiar, y tal devoción, para este humilde admirador del anciano anarquista, es un acto conmovedor y emocionante. Y así predispuesto, casi con lágrimas en los ojos, soy capaz de ir perdonando uno a uno todos los pecadillos de la película, porque Captain Fantastic es tramposa, esquemática, de trazo grueso y concesiones lacrimales. Pero también atesora momentos de gran verdad: hay conductas ejemplares, discursos certeros, éticas personales que resisten como rocas los contratiempos del mundo. Hay reflexiones muy valiosas sobre donde termina uno y dónde empieza la sociedad, y viceversa. Captain Fantastic tiene demasiada enjundia para emitir un informe negativo.



El padre despide a su hijo mayor en el aeropuerto, antes de que éste emprenda su propia aventura en la vida:
Ben: Cuando tengas sexo con una mujer, sé amable y escúchala. Trátala con respeto y dignidad aunque no la ames.
Bo: Ok
Ben: Di siempre la verdad. Toma siempre el camino correcto
Bo: Lo sé.
Ben: Vive cada día como si fuera el último. Absórbelo. Sé atrevido, sé audaz, pero saboréalo. Esto va muy rápido.
Bo: Lo sé.
Ben: Y no te mueras.
Bo: No lo haré.



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Black Mirror: 15 millones de méritos (y 2)



La otra lectura terrible de 15 millones de méritos es que las personas que luchan por cambiar el sistema terminan siendo fagocitadas por el mismo, y convertidas, a su pesar, en otra distracción para las masas. En hologramas que animan el pedaleo, o entretienen las noches de cansancio. Esto ya lo intuíamos desde que el Che Guevara fuera inscrito en las camisetas, y convertido en icono pop, y comprado por los mismos que decimos admirarlo y tenerle presente en nuestras rojas oraciones. Ahora que llueven ladrones de punta en nuestro país, y que necesitamos sabios que agiten nuestras conciencias, el sistema ha vuelto a reaccionar con contundencia. Los podemitas a los que yo tanto quiero -y a los que tanto critico también- han hecho el viaje completo entre el auge y la caída. Ellos se dieron a conocer en los medios de comunicación, saltaron a nuestras vidas para hacernos ciudadanos responsables, y finalmente, cuando pasaron de ser una curiosidad zoológica a un peligro mayúsculo para la cleptocracia, los mismos intereses que los promocionaron los reabsorbieron, y los reclamaron como suyos, y los encerraron de nuevo en el televisor para animar los magacines matinales, y las tertulias nocturnas, poniéndolos en igualdad moral con esos indeseables que desean lo peor para usted y para mí. El debate político se ha convertido en un circo, en un espectáculo, en un teatrillo de guiñoles que se olvida nada más ir a la cama.



    Las personas de mi generación recordarán que al principio de Supermán, allá en el planeta Krypton, la pena impuesta al general Zod y sus compinches por el delito de rebeldía no es la muerte, ni la cárcel, ni el destierro a otro planeta. Simplemente se les encierra en un cuadrado bidimensional que flota por el espacio para que ya no se oigan sus gritos, ni se escuchen sus advertencias.


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Black Mirror: 15 millones de méritos

En la distopía de Black Mirror: 15 millones de méritos, las clases obreras sólo tienen dos destinos en la vida: pedalear continuamente sobre bicicletas estáticas para producir la electricidad que mueve el mundo, o aparecer en las pantallas que entretienen a esos mismos pedaleantes, cantando, bailando o protagonizando shows de dudoso gusto. En los pabellones donde viven los artistas los alimentos son naturales, las habitaciones más espaciosas, y los paisajes tras las ventanas verdaderos bosques y montañas. Previo pago de quince millones de créditos, que son muchos meses de esfuerzo sobre el sillín, quienes desean escapar del sudor y alcanzar esa vida más digna se presentan al casting de Hot Shot para ser evaluados por un tribunal tan exigente como recoñón, en una parodia de Operación Triunfo que casi no necesita caricatura, ni exageración.


    Parece una distopía terrible, ésta que propone Black Mirror en su segunda entrega, pero en realidad el asunto nos resulta terriblemente familiar. No hay mucha diferencia entre levantarse a las seis de la mañana para servir desayunos, conducir la furgoneta o limpiar los retretes, que es el quehacer cotidiano de nuestras clases humildes, o cabalgar en esas bicicletas generatrices como hacen los infortunados del futuro. En un mundo como el nuestro, que ha convertido la educación en una broma de mal gusto, y le ha quitado cualquier propósito de realización personal, o de mérito para ascender en el escalafón, nuestros vecinos también viven esclavizados por sus trabajos, y embrutecidos por su des-formación, y cuando a las diez de la noche se derrumban ante la tele para soñar con la felicidad, la única alternativa que encuentran es el éxito instantáneo, la fama vacía. Ya no hay caminos intermedios ni honorables. El todo o la nada. El ganador o el perdedor. O entretener a los galeotes, o remar junto a ellos. Los americanos han ganado la guerra, y su Black Mirror, éste muy real y cercano, da mucho más miedo que el británico de la ficción.



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La fiesta de las salchichas

Yo en realidad quería hablar de La vida moderna, que es el programa de radio que tanto me hace reír. Broncano, Quequé y Farray son tres señores que practican un humor mordaz y gamberril que saca lo peor que llevo dentro. Lo más incorrecto e inconfesable. Yo les escucho en el podcast mientras camino por los montes, o mientras hago las faenas del hogar, y menos mal que no hay nadie en los caminos, ni nadie en los pasillos, para no hacer el ridículo mientras me brota la carcajada, o lloro incluso de la risa.  Yo quería hablar de estos tres cómicos impagables, pero los escritos de este blog se ciñen estrictamente al mundo del cine, y de este trío calavera solo Ignatius Farray ha hecho sus pinitos en la farándula de las series televisivas, o de la filmografía nacional.



    Así que he tenido que buscarme otra excusa para confesar que dentro de mí, tan tonto y tan simple como el primer día, sigue viviendo el adolescente que yo fui. En mi camino hacia la ancianidad no he perdido las personalidades que otros sacrifican o metamorfosean. A mí todos los inquilinos se me quedan dentro, de gorrones o de caridad, cada uno con su gusto y con su idiosincrasia, y de vez en cuando tengo que darles cancha para que no se pongan tontos, y no monten un motín el día menos pensado. Es por eso que a veces, para darle satisfacción a mi chico del acné, veo películas como La fiesta de las salchichas, que podría parecer una película porno por el título, o una película infantil por los dibujos animados, y que en realidad no es ni una cosa ni la otra.  Igual que los juguetes de Toy Story cobraban vida en la habitación de Andy cuando éste dormía o partía para el colegio, los alimentos de La fiesta de las salchichas también tienen sus conversaciones, sus dilemas, sus deseos sexuales incluso, cuando las estanterías permanecen cerradas al público.



    En la sección de productos no-dietéticos comparten balda las salchichas y los panecillos -que en este caso son panecillas- y tan estrecha convivencia, envoltorio contra envoltorio, solivianta las pasiones, y enciende los fogones, y las salchichas ya sólo quieren adentrarse en la panecilla, y las panecillas ser completadas en su interior esponjoso. Sí, queridos lectores: es muy burdo, pero muy eficaz. Mi adolescente, al menos, se ha reído como un tonto del haba. Y además esto es sólo el comienzo de la película. Aquí cada alimento tiene su filia, su perversión, su amor secreto, y al final, los Almacenes Shopwell se revelan como una Sodoma y Gomorra de los tiempos modernos. Un laberinto de pasiones como el de Pedro Almodóvar que sirve para entretener la espera hasta que llegan las siete de la mañana, y el encargado abre la puerta, y los dioses del Más Allá entran con sus corceles de cuatro ruedas para elegir los mejores alimentos, y conducirlos al Valhalla de la eternidad...



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Black Mirror: Tu historia completa

Los personajes de Tu historia completa, que caminan sólo dos pasos por delante de nuestra realidad, llevan una memoria externa implantada tras la oreja. Una cápsula conectada al cerebro donde queda registrado todo lo que ven, y todo lo que escuchan. Con un mando a distancia que los usuarios llevan en el bolsillo, las grabaciones se pueden ver en la propia retina, a modo de sesión particular, o pueden proyectarse en una pantalla para enseñar el vídeo de las últimas vacaciones, o mostrarle a la señora como pusimos al jefe en su sitio con una respuesta cortante. Los personajes de Black Mirror, que son usuarios avanzados del dispositivo, ya casi no ven la televisión, ni el Youtube: se acomodan en los sofás, buscan un bonito acontecimiento de sus vidas, sentimental o pornográfico, y se zambullen en la recreación fidedigna de sus experiencias, protagonistas absolutos de sus dramas y comedias.




    La memoria de las neuronas es muy poco fiable cuando los sucesos se alejan en el tiempo. Los sentimientos interfieren en los recuerdos como hacían los historiadores con los hechos antiguos, que los reacomodaban al antojo del vencedor de la batalla, o del gobernante de turno, y distorsionaban genealogías, o suprimían enemigos, o creaban nuevos sucesos que jamás existieron. La biología  de la memoria es frágil y maleable, y por eso, en el futuro tecnológico de Black Mirror, ya nadie pierde el tiempo discutiendo si aquello sucedió de tal modo, o si tú me llamaste no sé qué,  o si tú me dijiste no sé cuantos. Los litigantes desenfundan sus mandos a distancia, buscan el momento exacto en el disco duro de los recuerdos, y uno de ellos, como en los duelos del Oeste, permanece de pie mientras el otro muerde el polvo, traspasado por una bala.
    La memoria externa, como juez que intermedia en las discusiones de pareja, no tiene precio. Lo que antes duraba horas y horas de reproches, ahora se dilucida en un santiamén, y el tiempo ganado puede aprovecharse para seguir construyendo el amor, o para cultivar champiñones en la terraza. Pero, ay, del dispositivo azul, de la memoria puntillosa e inmaculada, si cae en las manos de un marido celoso como el protagonista de Tu historia completa, que se pasa las horas muertas dándole al wind, y al rewind, y al zoom que amplía los detalles, para buscar el desliz verbal, el  gesto delator, la mirada impertinente, en esa esposa ya acojonada que lleva tiempo contándole medias verdades, y medias mentiras...



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El pequeño Quinquin



A los que somos muy de ciudad, y nunca tuvimos una casa en el pueblo, ni un contacto frecuente con el agro, el personaje chanante de El Gañán -que luego conocimos como Marcial Ruiz Escribano- fue durante largo tiempo nuestro corresponsal más fiable en aquellos territorios desconocidos. Un poco como ahora Pedro Lucha, el amigo de David Broncano, que cada semana envía a la radio una crónica descojonada de la vida en la Sierra del Segura, entre olivos y gorrinos. De Marcial Ruiz Escribano, que era un Séneca de alta sabiduría y de recio castellano, aprendimos muchas cosas sobre la sociología profunda de los pueblos. Los usos y costumbres que han resistido durante dos mil años cualquier intento de romanización. Entre otras cosas que hay un tonto exacto en cada villorrio de nuestra geografía, un pobre infeliz que no se mete con nadie pero es el hazmerreír de los más listos y resabiados. En realidad esto ya lo sabíamos desde Amanece que no es poco, donde el tonto incluso se presentaba a las elecciones municipales para ser reelegido en el cargo, pero el amigo Marcial lo recordaba todo con una claridad meridiana, muy ilustrativa para los urbanitas estudiosos del tema.



    Sin embargo, en este pueblo del norte de Francia donde transcurre la acción de El pequeño Quinquin, los tontos no son una singularidad, sino una mayoría casi absoluta, como en el Congreso de Nuestros Diputados, y todos los habitantes parecen traspasados por un pasmo, raptados por una ausencia, sin que quede claro si esto es debido a una tara genética proveniente de la endogamia, o a una contaminación ambiental de los mil búnkeres que allí construyeron los alemanes. Esta serie venía muy recomendada por los críticos que han visto en ella el humor que otros, quizá menos perspicaces, quizá más descolocados con esta inversión numérica de la sociología, no hemos conseguido apreciar. Los decepcionados con El pequeño Quinquin hemos pasado por la idiosincrasia de puntillas y nos hemos quedado embobados con ese paisaje bellísimo a orillas del Atlántico, que ya forma parte de los destinos predilectos del transitar por las pantallas. 



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