Moon

La clonación tampoco le va a poner remedio a nuestra maldita mortalidad. No de momento. Que se lo digan a este pobre minero solitario de Moon, que una mala tarde de trabajo, en el almacén secreto de la base lunar, descubre que hay otros cientos de Sam Bells esperando turno para cuando la palme en un accidente laboral, o en un fallo orgánico causado por la baja gravedad. Lejos de sentir el gozo de la inmortalidad, al verse centuplicado y hasta miltiplicado, nuestro amigo Sam se siente más sólo que nunca, porque sabe que con su muerte se irá EL, y quien vivirá será EL OTRO, aunque éste le usurpe el aspecto, la voz, los recuerdos implantados por la empresa.



    La clonación todavía es un arte en pañales, que tardará siglos, o milenios, en solucionarnos la papeleta. De qué nos va a servir fotocopiarnos el cuerpo, duplicarnos el ADN, si nuestra personalidad y nuestros recuerdos se van a perder en la primera muerte como las lágrimas en la lluvia del Nexus 6. Hasta que no se invente la manera de guardar todo esto en un disco duro, y de verterlo en el nuevo cerebro como si aquí no hubiera pasado nada -una extraña resaca, o un sueño confuso- vamos a tener que seguir muriéndonos y extinguiéndonos como todo hijo de vecino, desde que el mundo es mundo. El polvo al polvo, y las memorias a la nada.



    Mientras las ciencias no adelanten que esto sea una barbaridad, como cantaban en La Verbena de la Paloma, la única esperanza de volver a la vida que nos queda a los materialistas recalcitrantes es el Big Crunch que pronostican algunos astrónomos. Dentro de unos cuantos eones, si la materia oscura alcanza una masa crítica, el universo detendrá su expansión y empezará poco a poco a contraerse, impelido por la gravedad. Las galaxias muy lejanas se aproximarán, y el tiempo transcurrirá en sentido contrario. Las consecuencias precederán a las causas, y la mierda nos entrará por el culo. Cuando el calendario alcance el día de nuestra muerte, nos levantaremos de la tumba, o nos reharemos de nuestras cenizas, y resucitaremos como estaba prometido en las Escrituras, pero de un modo peculiar que ningún profeta supo vislumbrar. Transitaremos, como Benjamin Button, de la vejez hacia la infancia, y moriremos, sonrosaditos y amamantados, en el vientre de nuestra madre. Así será nuestra segunda vida, nuestra resurrección de la carne, antes de que el Big Crunch termine en otra nueva singularidad del espacio-tiempo, y todo vuelva a comenzar. Un ciclo sin fin en el que también veré Moon infinitas veces, del derecho y del revés, para gozo de mi cinefilia.


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