Michael Moore in TrumpLand

TrumpLand es Wilmington, Ohio, un villorrio de diez mil habitantes donde Donald Trump, en las elecciones primarias a la Casa Blanca, cuadruplicó el número de votos que obtuvo Hillary Clinton. Wilmington es territorio comanche para Michael Moore, el azote de los conservadores, el paladín del socialismo en Estados Unidos. Pero nuestro gordo tiene un par de cojones, y una gorra de béisbol que le concede un valor temerario, y para su nuevo discurso se ha traído los bártulos al teatro principal de la ciudad, donde se enfrenta cara a cara con los votantes del empresario extemporáneo. Como si el Gran Wyoming se presentara en el centro cívico de La Moraleja para mantener un cara a cara con los peperos que lo tienen por un terrorista bolivariano. Afortunadamente para Michael Moore, ningún gordito socialista fue herido por arma de fuego en el rodaje de este documental. Que no era descartable, en semejante ecosistema.


   
    La misión de Michael Moore, por supuesto, a pocas semanas de las elecciones presidenciales, es convencer a los votantes de Donald Trump de que se lo piensen dos veces, antes de liarla. Moore entiende su frustración de clase media venida a menos. Su enfado contra el sistema económico que se ha llevado las fábricas y los empleos a otro lugar. Él mismo procede de Flint, Michigan, antiguo paraíso de los obreros del automóvil que ahora es una distopía de industrias vacías y casas destartaladas. Michael Moore les grita que de acuerdo, que muy bien, que den rienda suelta a su indignación, pero que de ahí, a votar a un botarate como Trump, media un abismo de responsabilidad. Porque además, Hillary Clinton, lejos de ser la mujer guatemala frente al hombre guatepeor, todavía puede darnos una sorpresa agradable. Quién sabe.



    Moore, muy cómodo en el ala izquierda de Bernie Sanders, confiesa no haber votado a Hillary Clinton en las elecciones primarias. Pero aún guarda un buen recuerdo de ella. Hillary, en su juventud, antes de que la Casa Blanca le amordazara las intenciones, era una mujer valiente y decidida. Fue ella la que hace veinte años quiso implantar un sistema de seguridad social en Estados Unidos, al estilo europeo. Y fueron muy pocos los que la secundaron. Y fueron muchos, en cambio, los que se pitorrearon, y la insultaron, y le llamaron comunista de mierda y cosas todavía peores. Un millón de muertes se podrían haber evitado desde entonces con un sistema de asistencia gratuita y universal. Un millón. Desde entonces, Hillary ya no es la misma. Ya no se mete en berenjenales. Ya no alza la voz. Sonríe a sus antiguos enemigos y les estrecha la mano como una política más del establishment. Pero quién sabe, grita Michael Moore a su público de Wilmington, Ohio, que no sabía lo del millón de muertos y ahora le escucha con mucha atención. Quizá la Hillary Clinton activista, combativa, comprometida con las causas sociales, sigue ahí, escondida, disimulando las intenciones, esperando su oportunidad. No sería la primera vez que alguien toca poder y el primer día se desnuda ante la audiencia. In Hillary we trust. No queda, además, otro remedio. Ni para los americanos, ni para los ciudadanos del mundo.



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