El juez

La fascinación del hombre convaleciente por la enfermera que lo cuida es un sentimiento universal que trasciende épocas y culturas. Yo he leído teorías para todos los gustos, sobre este impulso irrefrenable. Que son sus uniformes, tan livianos cuando son blancos, y tan amables cuando vienen en tonos pastel, los que entre las luces extrañas de los hospitales, y el aturdimiento inevitable de la enfermedad, hacen que uno, en el ensueño, llegue a pensar que ellas son ángeles del cielo pululando alrededor de la cama, pero ángeles con sexo, no bíblicos, de carne tibia y atributos inequívocos. O que allí expuestos, en el lecho, semidesnudicos y frágiles, sufrimos una regresión infantil que nos hace tomar a las enfermeras por nuestra madre solícita, y que no es, en puridad, un deseo sexual lo que sentimos, sino un complejo de Edipo que regresa tardío y baqueteado por la vida. Quién sabe. Siguiendo estas trochas que abriera el abuelo Sigmund a machetazo limpio, es posible que allí, en la cama del hospital, más cerca de la muerte que cuando caminábamos por la calle, luchen a brazo partido el Tánatos y el Eros: el impulso de abandonarse, de volver a ser inorgánico y estable, enfrentado al deseo de seguir viviendo, a veces más por curiosidad que por otra cosa. Y que en esa refriega de trascendentales consecuencias, ellas, las enfermeras, son como el brazo que se ofrece a sacarnos del agua; como la voz que nos llama para que no avancemos por el túnel. La encarnación del ansia renovada por vivir, que en los hombres, para nuestro ridículo, para nuestra vergüenza de simios sin pelo, siempre se celebra con una erección.



    En El juez, Michel Racine es un ídem de gesto adusto y rituales mecánicos que dicta sentencias muy severas a sus condenados. A Michel, como a uno muy cercano que yo conozco, se le está pasando el arroz de la edad, el sueño del gran amor, y vaga por los tribunales con la esperanza decreciente de recibir un último regalo. No es sólo el pito, que le reclama, ni el orgullo, que lo zahiere. Es que, además, él imparte justicia en crímenes muy horrendos, que dicen muy poco del ser humano, y que lo arrastran a una misantropía que lo tiñe todo en tonos grises. Y para pintar el mundo de colores, como en la canción de la acuarela, necesita una mujer luminosa que lo haga sonreír y confiar.
    Cuando quizá ya desesperaba, y aceptaba resignado su aciago destino, el juez Racine reencontrará, entre los miembros del jurado recién nombrado, a la señorita Ditte Lorensen, una cuarentona de muy buen ver con los ojos tan azules como los mares de Dinamarca. Ditte, en un pasado algo lejano, fue su doctora de guardia en una complicada operación, y aunque ella apenas lo recuerda, porque las enfermeras y doctoras reparten sus gracias entre centenares de pacientes, él, Racine, lleva su imagen en el corazón, grabada a fuego. A partir de ahí, la película dejará de ser un thriller judicial, y un documental encubierto sobre los tribunales franceses, para convertirse en la universal historia del hombre al que ya le importa todo un comino, y sólo piensa en su amada, a la que llama, solicita, requiebra, como un adolescente enamorado. Cosa que no es para menos, con esta actriz llamada Sidse Babett Knudsen, la que un día fuera presidenta de Dinamarca, y luego amante de Tom Hanks en el desierto, y que hace de lesbiana feroz en una película que todavía no he visto, pero que ya ardo en deseos de tal. 



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