Zootrópolis

Yo, que nunca fui un niño demasiado espabilado, tuve que hacerme mayor, vergonzosamente mayor, para comprender que detrás de las películas de dibujos animados había tipos con barba en la cara y pelos en los huevos que aprovechaban la fábula y el jolgorio para endilgarte un poco de su ideología particular, o de su empresa pagadora. Con esta nueva luz, hasta la más inocente película de Walt Disney -porque cuando yo era niño todas las animaciones eran de Walt Disney- escondía una enseñanza secreta, moralizante, siempre ajustada, por supuesto, al modo de pensar norteamericano, con la retórica de los ganadores y los perdedores, el my way y el american way of life.



    Poco después de este descubrimiento, que alcanzó con su onda expansiva a otros dibujos de mi infancia, los superhéroes de la Marvel o los monigotes de la editorial Bruguera, empecé a ver las películas animadas en compañía de mi retoño, allá en los cines atestados de mocosos, o en el más tranquilo salón de nuestro alquiler. Mientras él, pobrecico, se quedaba con la fachada de los colorines, yo, con mis pocas luces de adulto, me adentraba en la estructura de la tramoya, y aplaudía o me indignaba como si asistiera a una clase de filosofía o de política, y no a una película de bichos que se enzarzaban y se perseguían. Luego el retoño se hizo mayor, perdió el gusto por las películas, y yo dejé estos ejercicios para otra paternidad indefinidamente pospuesta. Alguna vez, sin embargo, cuando la película viene muy alabada por la crítica, todavía me entretengo en diseccionar estos asuntos.



    Zootrópolis es una película de factura perfecta, asombrosa, tecnológicamente impecable. Te ríes mucho, con las ocurrencias y las tontunas, y en las escenas más intimistas hasta sientes que alguna lágrima trata de escapar para avergonzarte.  Pero Zootrópolis, más allá de sus formas, es una película de moraleja muy cuestionable. Su mensaje es que los instintos no importan, que los genes no mandan, que la naturaleza no pinta nada en el modo de ser de cada uno. Que los antropomorfos de la película -y por ende, los humanos que la vemos- somos una tábula rasa donde la educación y la concordia pueden escribirnos desde cero, diseñarnos desde abajo, para hacernos ciudadanos ejemplares y devotos de las leyes. Zootrópolis quiere ser una advertencia contra el sexismo, contra el racismo, contra el prejuicio en general, y en eso ha de ser aplaudida y bienvenida. Pero de ahí, a hacernos creer que los lobos y las ovejas pueden viajar en el mismo tranvía sin que nada suceda, sólo porque la educación y la civilización son herramientas todopoderosas, media un abismo muy difícil de saltar. La ciudad de Zootrópolis pretende ser la capital del buen rollo y yo no dejo de mirarla con ojos más bien aterrados. Más distópica que utópica, más inquietante que modélica. 



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