Volver

Que nosotros sepamos, fuera de los locos del manicomio y de los feligreses de la iglesia, la facultad de hablar con los muertos sólo la tienen los personajes del realismo mágico, en las novelas sudamericanas, y los personajes de las películas peculiares, que aprovechan la ficción para pedir explicaciones al muerto que se fue, o para darlas ellos mismos, que se habían quedado sin tiempo o sin ganas. La resurrección de la carne -o la carnificación del espíritu, que nos llevaría largo tiempo discutirlo - es un recurso dramático que en las manos de un guionista sensibloide, o de un director golosinero, termina invariablemente en el ridículo, en el bochorno, con músicas celestiales y fulgores beatíficos. La presencia del muerto, para ser creída, tiene que ser espontánea, cotidiana, como si fuera un asunto que en la realidad sucede todos los días, y no necesitara explicación para los personajes ni para los espectadores. Así les sucedía, por ejemplo, a los miembros de la familia Fisher en A dos metros bajo tierra, cuando el padre Nathaniel hacía acto de presencia para aportar la dosis de cinismo que confiere la ultraterrenidad. No había que rezar al santo, ni que jugar a la ouija, para convocarlo: él simplemente estaba allí, en las esquinas, tan muerto que se aparecía cuando le daba la gana.



    Almodóvar, en Volver, ha construido su historia de fantasmas de un modo parecido, y nos creemos al ectoplasma de Carmen Maura desde el primer momento, y a sus hijas patidifusas, cuando la van descubriendo sin apenas estupor. Aunque la Maura hace de fantasma -un fantasma con truco, todo hay que decirlo- aquí el único espectro inverosímil, el único fenómeno extrasensorial que merecería una explicación razonada, y quizá hasta un programa completo de Iker Jiménez, es la presencia de una mujer como Raimunda en un arrabal como ése, perdida entre las chonis más simpáticas pero más cutres de Madrid. Por mucho culo artificial que Almodóvar le ponga, no cuela que una mujer así viva tan arrastrada, tan necesitada, tan rodeada de tipos mediocres, cuando sólo necesitaría chascar los dedos -o silbar como Lauren Bacall en Tener o no tener - para que un hombre lustroso le sacara de la barriada y le pusiera no sólo un piso, sino un chalet con piscina, en el paraíso más cercano que ella señalase. Qué hace una chica como tú en un sitio como éste, que no era de Almodóvar, sino de Fernando Colomo.



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