La gran belleza

Hoy he vuelto a ver La gran belleza. Sentía añoranza de esa Roma que nunca he visitado. Esta película maravillosa se ha quedado conmigo para siempre, y ya forma parte de mi educación sentimental, que escribiera Flaubert. Aunque todavía no han caído las hojas, ni han llegado las lluvias, ya siento la presencia del otoño, que se superpone al otro otoño de la edad. Y así, atrapado en las tristezas, y en los suspiros lastimeros, he regresado a las andanzas de Jep Gambardella, que en la película también busca el sentido de la vida, y la gran belleza que lo anime a revivir. Y a regresar a la escritura. Mi villorrio es su Roma; mis senderos sus avenidas; mi casa frente a los huertos, su apartamento frente al Coliseo.



    Presiento que el próximo año por estas fechas, cuando el otoño vuelva a instalarse en los calendarios -que ya no en los cielos, pues el verano se ha adueñado de todas las estaciones, y las somete y las flagela- volveré a ver La gran belleza en otra noche de largas horas por rellenar. De  sombrías dudas por resolver. En la próxima ocasión habrá más canas y menos pelo; más preguntas y menos consuelos. Pero el mismo gozo de la contemplación. Y así, poco a poco, en años sucesivos, iré llegando a la edad dorada del propio Gambardella, que no envejecerá preservado en el Bluray, y ya seremos dos jubilados que pasearán atribulados por las orillas del Tíber, asombrados ante la vida y al mismo tiempo decepcionados por ella.  




    La gran belleza será mi película de cada fin de septiembre, del mismo modo que Atrapado en el tiempo es mi película de cada inicio de febrero. O que Plácido es la película irrenunciable cuando llega la Navidad, para tener bien presente la mezquindad de los seres humanos, y no dejarse engañar por las luces de colores, ni los mensajes de oropel. Así debería de ser la vida de un cinéfilo veterano, curtido en mil espectáculos: 365 películas incuestionables, y una bisiesta. Nada más. 365 fiestas con las que quedarse ya para siempre, y encajarlas exactamente en cada día del año, cada una con su motivo y con su grandeza. Del mismo modo que los jacobinos llamaron a los días con el nombre de un fruto o de un animal, un cinéfilo de pro, que ya viviera en la chaladura y en el destierro definitivo del mundo, tendría que llamarlos por el nombre de su película: el día de La gran belleza tengo que ir al dentista, o el día de Annie Hall me voy de vacaciones, que ésta es otra película, Annie Hall, que cae cada año cuando llega la primavera, para recordar que los hombres somos de Marte, y las mujeres de Venus. 


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