El pregón

Andreu Buenafuente y Berto Romero se ganan la vida entre Madrid y Barcelona, recorriendo un puente que ya es más ferroviario que aéreo, mientras que yo, atado por las circunstancias, nunca salgo de este cuadrante noroeste por donde suelen llegar las borrascas. Nunca hemos sido presentados, y nunca hemos coincidido en los contextos. Sin embargo, yo les considero dos amistades consolidadas, ya veteranas, que llevan años entrando en mi casa con su late night pletórico de gilipolleces, y ahora también con su programa de radio, donde improvisan sus filosofías y desgranan sus vivécdotas, o sus anencias, según tengan el día. Cuando les veo, o cuando les escucho, siento que encajo estupendamente en su mundo de filias y fobias, de referencias y recochineos. Por debajo de sus tonterías, fluye un cinismo simpático, un vitriolo azucarado, que siento muy próximo a mis propias descojonaciones, y daría un huevo y la yema del otro -ahora que ya me he reproducido, y que ninguna damisela quiere escalfarlos de nuevo-, por formar un trío cómico con ellos, y recorrer los platós y los estudios en una juerga de risas perpetuas y trabajo concienzudo.



    Sólo por ellos he desoído las muchas advertencias que desaconsejaban ver El pregón, algunas de ellas muy respetables. Aunque la película fuera una mierda -que no sería para tanto- yo quería verles actuar juntos, a ver qué tal se les daba el empeño. A Berto ya le conocía de Anacleto, y de Ocho apellidos catalanes, donde se curraba los personajes con mucho desparpajo, pero a Buenafuente sólo le había visto de cameísta en algunos Torrentes, que es poca cosa, y mala plaza. En El pregón, ellos son los hermanos Osorio, dos viejas glorias del techno-pop que ahora las pasan canutas para llegar a fin de mes, y que se prestan, por cuatro duros, a dar el pregón en las fiestas de  Proverzo, un pueblo de costumbres ancestrales donde se celebran romerías de la Virgen y se lanzan cabras desde el campanario. El típico desencuentro entre urbanitas y paletos que tantos réditos le proporcionó a la cinematografía nacional, pero que ahora, en pleno siglo XXI, es un recurso que ya queda muy rancio y algo ridículo. El pregón lleva a Berto y a Andreu por los caminos trillados de la comedia, por los chistes facilones del gran público, y estos dos tipos, encorsetados, no dan ni la mitad de sí mismos. Ni la cuarta parte. Ellos necesitan su mundillo, su improvisación, su buen rollete ajeno a las normas. El pregón es el intento fallido de domesticarlos, de someterlos a una historia que además, para más inri, no tiene ni un ápice de gracia. Sólo cuando Jorge Sanz -que para hacer de chulo y de facha no tiene competidor- se entromete en sus escenas para comérselos vivos. Las cosas del oficio.



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